El ego, asesino de la razón
Érase una vez una pequeña isla en medio del océano habitada por alimañas y aves curiosas. Al cabo de millones de años, unos primates se adueñaron del lugar. Seres muy inteligentes que descubrieron la ciencia, con aplicación práctica en una herramienta a la que bautizaron como tecnología.
La isla tenía una sola palmera con los frutos necesarios que los primates necesitaban. Pero consideraron que el número de dátiles era insuficiente y pensaron cómo podría solucionar la tecnología aquel asunto. Un primate llegó a proponer arrancar la palmera del suelo para controlar, a través del agua que sus raíces absorbían, el número de dátiles semanales. La economía de los primates crecería al ritmo adecuado.
Algunos primates no lo vieron claro. ¡Arrancar la palmera de la tierra! ¿Y si moría? ¡Era la única fuente de comida! Pero los más inteligentes los tranquilizaron. Si la palmera enfermaba, la tecnología podía proporcionar la solución. La palmera murió a las pocas semanas. No había solución tecnológica para nada que no surgiese de las propias leyes de la naturaleza. Los primates habían olvidado esa premisa tan esencial. Murieron todos y se extinguieron.
En su fulgurante carrera por adueñarse del mundo, el hombre está olvidando sus orígenes. La tecnología no es más que una reproducción, a pequeña escala, de las leyes naturales. Nuestros hitos han sido tan formidables que nos creemos capaces de todo. No importa si hay menos agua, si el planeta se calienta, si la deforestación será irreversible. Porque la tecnología, cuando llegue el momento, encontrará una solución.
Como cantó Luis Eduardo Aute, la ciencia es una estrategia, es una forma de atar la verdad. Pero no es la verdad en sí misma. Los científicos reconocen que cualquier teoría es válida solamente en el contexto de lo conocido. Y que toda teoría científica será reemplazada por otra que, a su vez, también caducará. La ciencia jamás alcanzará la verdad.
Hoy veneramos los productos de la razón. Y la razón, el cerebro, como observó Schopenhauer, es una forma de expresión de la voluntad del mundo, quizá la más avanzada, pero expresión al fin y al cabo. La razón no es más que un síntoma de la vida. Pero el ego es el cáncer de la razón. Tiene su foco en la exaltación de la misma a través de la tecnología. Nuestro pecado es olvidar que todo empieza y acaba en las leyes de la naturaleza. Por ejemplo, la economía se concentra hoy en la productividad, la inflación? La palabra economía proviene del griego ?"los asuntos de casa"?. El PIB de nuestra isla de primates no ha hecho sino crecer, pero al final ellos se extinguieron porque el PIB se medía en número de dátiles e ignoraba la salud de la palmera.
En algún punto de nuestra historia hemos perdido la perspectiva global. Los árboles talados no nos dejan ver el bosque, como dice el adagio. El ego es una enfermedad lenta. Como el cáncer, que te ha destruido cuando es demasiado tarde. Quizá fue en el utilitarismo cuando se perdió la conciencia. La economía persigue, entre otras cosas, la utilidad. Y útil no es lo que sirve durante cierto tiempo, sino lo que sirve y perdura. ¿Qué estamos haciendo, pues, con nuestra fuente de riqueza?
Últimamente se habla mucho de sostenibilidad. El término es ya de por sí un error. La naturaleza y sus reglas son sostenibles en sí mismas. Lo que las hace insostenibles es la falta de visión sistémica de los primates que vivimos en esta isla que, en realidad, no nos necesita. No, no nos necesita para nada.
Pero estamos a tiempo. Sólo una cosa puede impedir que rectifiquemos: la fe ciega en nuestra tecnología. O lo que es lo mismo: el ego de la razón.
Fernando Trías de Bes es profesor de Esade, conferenciante y escritor.
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