Reportaje:IV CONGRESO DE LA LENGUA

Paisajes del idioma

En la esquina de mi calle, la 107 con Broadway, se reúne casi cada día, salvo en lo más duro del invierno, una tertulia de jubilados cubanos. Desaparecen durante las semanas de viento helado y de nieve, pero apenas dura un poco el sol y se entibia el aire allí están de nuevo, con gorros, orejeras y chaquetones en invierno, con guayaberas y calcetines blancos en verano: por el modo en que se sientan en una silla en el filo de la acera, por la gesticulación de sus manos, se sabe que no son de aquí al verlos de lejos: pero nada más acercarse uno ya le llega el sonido del habla cubana, y con él la madeja de las diatribas eternas sobre asuntos nimios, las rememoraciones de La Habana en los años cincuenta y de Fidel Castro, que no se muere nunca, chico, y también de esa casa de comidas cubana que cerró hace unos meses en el vecindario por culpa de la subida de los alquileres. Se llamaba La Rosita, y su dueño era un español que había emigrado a Cuba después de la guerra, y luego emigró aquí, como tantos. Un poco al sur está La Flor de Mayo, que ofrece comida china y criolla: los camareros veteranos son de Perú, los repartidores y los pinches son de México, igual que los encargados de cortar y vender las flores en los ultramarinos coreanos. En el supermercado de la esquina de enfrente, las locuaces cajeras, que se peinan todas con el pelo brillante muy tenso, a la manera de Jennifer Lopez, se mueven con perfecta desenvoltura entre el español de Santo Domingo y de Puerto Rico y el inglés expeditivo de Nueva York: a los clientes les hablan en inglés, pero entre ellas mantienen un cacareo sabroso en español sobre novios y citas, sobre regímenes para perder peso y novelas televisivas, mexicanas y colombianas, emitidas por los canales de Miami. Saltan elásticamente de un idioma a otro, pero a veces se les cruzan: "You guys take a look at the moreno chaparrito".

En el mundo hispánico hay una tendencia inmemorial al encierro en el interior de las propias fronteras

A una distancia hacia el norte de unas cuantas estaciones de metro me puedo sumergir en el populoso vecindario dominicano de Washington Heights: muy cerca, en la avenida de Amsterdam, hay una carnicería mexicana que se llama enternecedoramente Los Dos Cuñados, Meat Market, y si cruzo el parque me encontraré en el Spanish Harlem, el Barrio, donde el habla que se escucha es el de Puerto Rico, con su música caribeña y sus eles boricuas: Puelto Rico, Puelco, Niuyol.

En Miami, en una sola tarde, en compañía de un editor y librero colombiano que vino de Bogotá a los 14 años y ahora es perfectamente bilingüe, voy de radio Caracol, masivamente colombiana, a un programa de televisión dirigido por el cubano Ricardo Brown, y esa noche me encuentro en otro estudio con el peruano Jaime Bayly, que dice sus monólogos mirando a la cámara con una serenidad entre limeña y budista, con la sorna sutil que tanto facilita su acento. Miami, que hasta hace poco era una extensión de Cuba, ahora acoge a una multitud de recién llegados de toda América Latina, de modo que también se escuchan los acentos del Río de la Plata, de Venezuela, de Bolivia, de Chile. En Nueva York se puede escuchar incluso la más rara, la más antigua de las hablas españolas, el judeoespañol que algunos hijos y nietos -nietos sobre todo- de emigrantes llegados del antiguo imperio otomano quisieran nostálgicamente recobrar. Un conocido me da a leer el manuscrito de un libro en el que ha recogido los refranes que les oía a sus abuelos, y a los que nadie en la familia hacía ningún caso, porque les parecían residuos de una cultura desacreditada y anacrónica, el bagaje del antiguo mundo del que los hijos de los emigrantes se quieren desprender: "Al amigo que no es sierto, con un ojo cerrado y el otro avierto"; "eskupe en su cara, piensa que está lloviendo"; "para palabra y palabra su moko savrozo".

Y no olvido al portero de mi casa, David Jiménez, que vino de Guatemala hace veintitantos años, huyendo de la guerra civil, y ahora está tan orgulloso de la hija que se le fue "al College"; o del doctor Valentín Fuster, que habla español con una mezcla extraordinaria de acentos, catalán e inglés, inglés y catalán, o del doctor Miguel Trujillo, que mantiene intacta al cabo de más de treinta años el habla de Sevilla.

Paradójicamente, la mejor atala

ya para entender la lengua española está ahora mismo en Estados Unidos, en ciudades como Nueva York, Miami o Los Ángeles, donde confluyen todos los ríos del idioma, todos los acentos, y donde el oído se afina para distinguir y apreciar sus músicas diversas al mismo tiempo que la inteligencia se asombra ante su espléndida unidad. Todas las variantes son inmediatamente inteligibles para cualquiera que hable la lengua: en vez de limitarla, la enriquecen, porque nos enseñan formas de nombrar las cosas que son distintas de las nuestras y sin embargo nunca nos niegan su significado, con sólo prestar un poco de atención. Muchos de nosotros leíamos de pequeños los tebeos de Supermán traducidos en México por la editorial Novaro, en los que los malos eran los pillos y los coches se llamaban carros y no tenían maletero sino cajuela. De adolescentes, al mismo tiempo que ingresábamos de lleno en la literatura de América Latina, leíamos las historietas de Mafalda, y su lenguaje porteño jamás fue una dificultad, sino un aliciente. Nuestros hijos se morían de risa con El Chavo del Ocho y El Chapulín Colorado, igual que nosotros nos habíamos reído con Cantinflas. Y quien se dejó embriagar por la fiesta verbal de Betty la Fea ahora tiene la ocasión de repetir el regocijo con otra telenovela de la que yo había oído hablar mucho en Bogotá, y que me traje completa de Miami: Sin tetas no hay paraíso.

No hago triunfalismo español, me apresuro a advertir, estando las cosas como están en mi país: tan sólo constato una realidad que le hace a uno respirar más hondo, darse cuenta de que le corresponde la ciudadanía de un mundo más ancho y más abierto que los mezquinos espacios nacionales, o comarcales, o locales. No hago triunfalismo, entre otras cosas, porque en ese mundo España no es la capital, sino una provincia, por detrás no sólo de México, sino también de Estados Unidos, donde ya hay unos 44 millones de hablantes que tienen el español como lengua materna. Tenemos la suerte de compartir ese espacio de palabras, pero eso no garantiza nada, desde luego: en el mundo hispánico hay una tendencia inmemorial al encierro en el interior de las propias fronteras, físicas y mentales, y la extensión y la universalidad de nuestro idioma se corresponden, llamativamente, con una acusada fragmentación cultural. Tendemos a vivir encerrados en las habitaciones más pequeñas y con menos ventilación de una casa muy grande. Incluso acertamos a encerrarnos en armarios o altillos de cada una de nuestras habitaciones respectivas. Los libros circulan poco entre unos países y otros, no sólo entre España y América, sino en el interior de la América misma. No hay más de unos cuantos nombres que tengan una presencia sostenida, ninguna revista que de verdad sea un punto de encuentro sin fronteras. Granta, la New York Review of Books, el Times Literary Supplement son referencias aceptadas en cualquier ámbito de la cultura en inglés. La Revista de Occidente y Sur, en otros tiempos, después Vuelta y ahora Letras Libres han perseguido con rigor y valentía ese propósito, pero quizás nos faltan fuerzas empresariales y amplitud de miras para cumplirlo, igual que nos falta un público amplio como para sostenerlo.

Personalmente, el descubri

miento de la universal práctica y tangible del español ha sido uno de los grandes regalos de mi vida, como aficionado a la literatura y como ciudadano. Creo que es un antídoto contra las sofocantes escaramuzas españolas, contra la patriotería verbal en la que quisieron maleducarnos de niños y contra las pasiones balcánicas de ahora. El español no está en peligro, entre otras cosas porque su porvenir no depende de los avatares mediocres de nuestra política, ni de las insensateces de nuestro sistema educativo. El español es la lengua de los colonizadores y también la de los que se rebelaron contra ellos, la de los primeros libros que se imprimieron en el continente americano y la de algunas de las novelas más hermosas que se están escribiendo ahora. Lo hablan los que emigraron por hambre y los que huyeron de la persecución política, los disidentes y los ortodoxos, y ahora mismo es la lengua del emigrante recién llegado que se pone a fregar platos y también la del licenciado en Físicas que viene a doctorarse a Estados Unidos, y la del banquero que ha de atender en español a algunos de sus clientes ricos, y la del médico de urgencias que ha de aprender la lengua para entenderse con el enfermo que acaban de llevarle. El español es un país que le permite circular a uno por una variedad ilimitada de paisajes sin que lo detengan en ninguna frontera, una identidad fluida y flexible que nos permite ser de muchos lugares y de uno solo.

Ahora que, entre los unos y los otros, parecen empeñados en dejarme sin país, con la energía y el fervor demente de Groucho Marx cuando desguazaba un tren lanzado a toda velocidad para alimentar la locomotora, tengo al menos la tranquilidad de que no voy a quedarme sin mi idioma.

Antonio Muñoz Molina, escritor español y miembro de la RAE, será uno de los que inaugurará el IV Congreso. Es autor de El jinete polaco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 23 de marzo de 2007.

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