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Columna
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Sombras de bohemia

El último bohemio... Pedro Beltrán ya sabía que ése iba a ser su epitafio en los periódicos y también que había hecho todo lo posible, y sobre todo lo imposible, para merecerlo; y así, indefectiblemente, tituló Diego Galán su entrañable y sentida nota necrológica en este periódico. Su condición de último representante de una especie en vías de extinción parecía imponerse a sus variados oficios de guionista, autor, actor y poeta, festivo. Perico Beltrán fue un gran conversador, versado en los más variados e inútiles saberes, que derrochó su ingenioso verbo entre los veladores del Café Gijón, noctámbulo impenitente que se veía cada noche encerrado en las calles cuando todos los demás se iban a casa. Murió Pedro Beltrán, cartagenero recriado en un Madrid en el que la bohemia daba sus últimos coletazos, asfixiada por el enrarecimiento de las libertades que traía consigo el franquismo. En los años cincuenta corrían malos tiempos para poetas festivos y parleros, en los cafés estaba prohibido cantar, bailar y hablar de política, tres cosas que Perico sabía y solía hacer, de forma estentórea y sin reparar riesgos, solo ante el peligro, gritando verdades en un tiempo de susurros y jaculatorias.

Pedro Beltrán era un hombre brillante, ilusorio y desorbitado, le cuadran estas palabras que Rubén Darío dedicó al escritor Alejandro Sawa en un prólogo. Alejandro Sawa, que murió ciego, delirante y paupérrimo, había llevado hasta su muerte en 1909 el título crepuscular de último bohemio, inspirador del Max Estrella de Luces de bohemia, de Valle-Inclán. Después de una noche lúgubre y terrible, Max muere de madrugada en el umbral de su puerta y el implacable don Ramón acota: "Cruza la costanilla un perro golfo que corre en zigzag, en el centro encoge la pata y orina: el ojo legañoso, como un poeta, levantado al azul de la última estrella". Valle-Inclán mata al último bohemio con el cuchillo destripador del esperpento que el propio Estrella ha desenfundado ante los espejos cóncavos del callejón del Gato: "... Deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España".

En una entrevista reciente, Pedro Beltrán se ponía apocalíptico y auguraba el advenimiento de tiempos de barbarie, no ha querido quedarse a esperarlos. Unos días antes se había ido José Luis Coll, compañero de farándulas, tertulias y cafés, por el mismo camino. Coll era un humorista muy serio y un escritor cáustico que destripaba palabras y luego las mezclaba con perversidad y alevosía en diccionarios monstruosos: "Ahogafetear: abofetear al que se está ahogando", un vicio nacional al que nadie le había puesto nombre hasta entonces. Forzados por la censura a practicar un humor inocuo y descolorido, ni verde, ni rojo sino todo lo contrario, los buenos humoristas y ellos dos lo eran, hicieron negro el humor blanco y convirtieron, en la estela de Valle, la tragedia en esperpento nacional.

Leo en la necrología de un periódico de su tierra que Beltrán "no atravesaba últimamente un buen momento económico", se agradece el pudor pero a Perico le hubiera hecho muchísima gracia la coletilla. Escribir en España no es llorar, es pasar hambre y necesidad, condiciones imprescindibles para vivir la bohemia, por eso los escritores prudentes se hacen ingenieros, funcionarios, o periodistas, nunca cómicos, ni de la legua, ni de la lengua. Perico Beltrán murió en una pensión a la que ocasionalmente no tenía más remedio que recurrir cuando todas las calles estaban cerradas y el azul de la última estrella se despedía.

Dentro de unos días, los amigos de Valle-Inclán y del esperpento celebrarán otra vez La noche de Max Estrella peregrinando por los rincones, zahúrdas y tabernas que contemplaron los últimos y vacilantes pasos del último bohemio. Una comitiva de luces y sombras a la que como en un ritual galaico y valleinclanesco se sumarán este año dos nuevos espectros que fueron cráneos privilegiados y ya se han mudado a los fantasmales "palacios desalquilados del callejón del Gato". Se anuncian tiempos bárbaros, se vislumbran en las calles de Madrid visiones esperpénticas y se escuchan gritos desaforados y feroces. Pero no hay que ponerse trágicos, hay que escuchar a Max Estrella, la tragedia nuestra no es tragedia, nuestra tragedia es el esperpento.

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