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Reportaje:

Vidas milongueras

Dos porteños recorren durante una semana la ruta de los locales de tango de Madrid

En el centro de la pista de la sala Trinidad, la conversación dura un instante. El tiempo que transcurre entre el final de un tango y el inicio del siguiente. Aquí se viene a bailar. Cecilia Berra, una joven porteña que todas las semanas asiste a varias de las 12 milongas que actualmente se celebran en Madrid, abraza a Lucas Gatti con delicadeza, cierra los ojos y se deja llevar. Suena La Cumparsita. Gancho, barrida, sacada y boleo. Cuatro lances del tango que Cecilia ejecuta con destreza. Como si fuera sencillo. "Mi profesor decía que si sabes caminar, sabes bailar".

El circuito del tango en Madrid descansa lunes y miércoles. Aunque ha habido épocas en que los siete días de la semana tenían adjudicada su milonga. Todas con nombre propio. La sala Trinidad (calle de Tutor, 14) se convierte en el Gomina Tango Club los martes por la noche. Un argentino de 41 años, Julio Luque, organiza el evento. Se gana la vida dando clases de tango y cobrando el 30% de la entrada a su milonga -que cuesta ocho euros-. "El resto es para el propietario de la sala. Pero mira la pista", requiere. Cecilia y Lucas bailan ahora Corazón de oro, de Francisco Canaro. "Son dos vidas latiendo al mismo compás. Ella puede ser economista y él médico, pueden tener mil problemas ahí fuera y no conocerse de nada. Pero cuando llegan aquí y se abrazan, todo se olvida. En el tango, uno más uno es uno".

"Ella es economista, y él, médico. Cuando llegan aquí y se abrazan, todo se olvida"

"Esto es más barato que el psiquiatra y más divertido", apostilla un alumno

Cecilia no es economista ni Lucas médico. Y se conocen porque hace años que comparten la adicción al tango. Ella es profesional del baile a sus 24 años. Toma clases de capoeira y danza africana. Y exhibe su agilidad tanguera dos veces por semana en un restaurante uruguayo del centro. Él trabaja en una constructora. Casado y con dos hijos, Lucas nació hace 28 años en Buenos Aires y hace casi dos que se estableció en Madrid. Es hijo de Hugo Orlando Gatti, El loco, afamado portero de Boca Juniors en los 80, que ostenta el récord de penaltis atajados en toda una carrera deportiva. Como su padre, Lucas se inició en el fútbol, pero aparcó dicha afición cuando conoció el tango. También podría apodarse el loco. Pero más por las milongas que por los penaltis.

Son dos de los 300 bailarines, entre aprendices y expertos, que conforman la comunidad tanguera de Madrid, según datos de Tangoneón (www.tangoneon.com), la única asociación de la capital. "El nombre viene de tango y de bandoneón, el instrumento característico del tango", explica uno de los socios. En su logotipo aparece el oso bailando con el madroño. Nació hace 12 años con la intención de dar a conocer el tango en Madrid, "y actualmente estamos inscritos unos 150 aficionados de distintas edades y nacionalidades", apunta.

El único día que Lucas no bailó la pasada semana fue el jueves. La milonga para todos, en la sala Cha-3 (plaza de San Pol de Mar, s/n), que desde el pasado noviembre organiza Nélida Miglione, lleva un tiempo de capa caída. "No sé por qué la gente dejó de venir con el anterior responsable. Ahora intento remontar el vuelo", dice esperanzada. Cha-3 tiene unos 100 metros cuadrados de parqué. Es una las mejores pistas del circuito milonguero madrileño. Hace más de 10 años que es uno de los puntos neurálgicos de la movida tanguera. Marcos lo sabe, un arquitecto sexagenario que hoy apura las últimas horas de la noche bailando. "La arquitectura es un modo de vida. Lo que late aquí es el tango", asegura golpeándose el pecho. Suena Fruta amarga, de Hugo Gutiérrez, y Marcos tararea la letra ensimismado apurando un güisqui. Después, con típica verborrea bonaerense, se atreve a dar una definición: "El tango es un romance que dura tres minutos. El hombre tiene la responsabilidad y la mujer ejerce de árbitro supremo. Es la comunión perfecta de danza, música y poesía". Cecilia Berra baila sin descanso hasta las tres de la madrugada, la hora de cierre.

Lucas acude los viernes a la milonga Bien Porteña, situada en la Casa de Guadalajara (plaza de Santa Ana, 15). Cecilia no puede asistir. Hoy tiene que ganarse el pan bailando para turistas en un restaurante uruguayo. Organiza Quique Fernández, 35 años, originario de Mar del Plata, que saluda a los asistentes conforme van entrando en la sala. Once de la noche. Las parejas toman asiento y sacan su par de zapatos tangueros para pasar la velada. En todas las milongas se respira ambiente de cordialidad. Saludos. Besos. Todos se abrazan con todos, como integrantes de esta especie de hermandad. Se reúnen en pequeñas charlas, que se disuelven cuando empiezan a sonar los primeros acordes del bandoneón. Todo delicado. Lucas es más prosaico. "Hoy, neumáticos de seco", exclama mientras extrae de una pequeña mochila sus mocasines albicelestes. No hay parqué en la Casa de Guadalajara, pero Quique asegura que las milongas en Argentina comulgan más con este estilo: pequeños salones alargados con cortinas de terciopelo rojo, algo ostentosos, que rezuman cierta elegancia.

La Miláctica es todo lo contrario. Se celebra en El Navegatorio (avenida de Pedro Díez), una especie de nave industrial que hace las veces de bar, almacén, gimnasio y pista de baile. Un todo revuelto donde los responsables de la sala imparten clase de tango los sábados hasta las once de la noche. Después, la milonga. "Esto es más barato que el psiquiatra y más divertido", apostilla un alumno. Manuel, cirujano madrileño, ronda los 60 años. "No, perdona. Yo me dedico a bailar tango, y en mis ratos libres transplanto riñones", dice entre risas. "En el hospital, en las horas muertas, practico en una salita con una enfermera aficionada".

La dinámica musical en las milongas es siempre parecida Una tanda de tres o cuatro tangos. Cortina. Otra de tres o cuatro milongas. Cortina. Tres o cuatro valses. Cortina. Y así sucesivamente. Sólo varía el orden. Las cortinas son temas que se alejan del tango y sirven para tomarse un respiro, o una copa. Pero Cecilia baila hasta con las cortinas. Y con Lucas, que hoy ha traído tres camisas y las piensa sudar todas sin considerar las normas protocolarias del tango: si una pareja comparte más de tres tandas, hay algo más que baile. Suena Desde el alma, un vals de Osvaldo Pugliese.

No contento con los colores de su patria en los zapatos de baile, Lucas llega en esta ocasión con un termo de agua caliente y chupando mate. Muy argentino. Entra dando voces. Enérgico. Hoy, domingo, le van a faltar camisas en El Conventiyo (calle del Roble, 22). Es la corrala del tango en Madrid. De ahí su nombre. "Los conventillos son las corralas que pueblan el barrio de La Boca, en Buenos Aires", explica su responsable, Pablo Ojeda, en un insondable acento porteño.

Unos 160 metros cuadrados de pista. ¿Corrala? Podría decirse que es la catedral del tango. Una amplia escuela de baile donde los organizadores se encargan de convertir cuatro horas de milonga en una fiesta. "Justo en el ecuador del evento se baila una chacarera", explica Pablo. Es folklore argentino y nadie pierde la oportunidad de salir a la pista. Escandalosamente divertido. El Conventiyo tiene la desventaja de ser la milonga más alejada del centro de Madrid, pero Pablo sabe distinguirla del resto aferrándose a la tradición, que obliga a danzar esta música popular del siglo XIX, justo en mitad de la celebración.

Doce de la noche. Fin de la fiesta. A descansar. Mañana no hay milonga, porque es lunes. Besos y abrazos. Todos con todos. Como cuando han llegado. Hay que respetar el protocolo. Seguramente, Cecilia Berra y Lucas Gatti seguirán la ronda la próxima semana. Y el resto del año... Quizás, toda su vida.

Quique, el taxi tango

Quique Fernández, de Mar del Plata, vive por y para el tango a los 35 años. Con su apariencia de joven conquistador, presume de haber encontrado a sus dos últimas novias en las pistas de baile. "Creo que ya no podría estar con una chica a la que no le gustara el tango". Todavía no tiene una milonga propia, pero los viernes organiza la Bien Porteña en la Casa de Guadalajara cuando sus habituales responsables están ausentes. "Simplemente delegan en mí para manejar todo esto". Pero donde hace negocio cada semana es en el Gomina Tango Club. Quique es lo que en el mundillo milonguero se conoce como un taxi-tango. Acude todos los martes a la sala Trinidad, aparentemente, para bailar con unas chicas y otras. Pero no. "Hay cuatro mujeres, algo mayores, que están aprendiendo a bailar en el Gomina con Julio Luque. Tras las clases, acuden a la milonga. Por vergüenza y por no ser muy duchas en el baile, se prodigan poco en la pista. Y soy yo el que tiene que sacarlas a tanguear durante toda la noche", afirma entre risas. Todos los martes tiene apalabrados tres tangos con cada una, por los que cobra 15 euros. "Me pagan siempre al final de la milonga bajo mesa, con lo que todo parece mucho más sospechoso. Yo no tendría problema en hacerlo todo de forma más natural, pero ellas lo prefieren así". Y Quique hace cuentas: "Tres tangos a 15 euros por cuatro mujeres son 60 euros cada martes".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de marzo de 2007

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