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Crítica:CLÁSICA

Dos maestros (jóvenes)

Uno nació en Siberia: el violinista Repin; otro en Moscú: el pianista Luganski. Los dos son producto de la formidable cantera rusa. Jóvenes -nacieron en la década de los setenta-, con un talento desbordante, visitaron el ciclo de grandes intérpretes organizado por la Fundación Scherzo y patrocinado por este periódico. Repin acudía por primera vez a estas convocatorias, en medio de la expectación general. No defraudaron. Trajeron un programa exigente y lo resolvieron con maestría.

Con una sonoridad de una transparencia y misterio fuera de serie desde el violín, y con una vitalidad y un toque permanente de espontaneidad desde el piano, dominaron una velada en que la magia saltó no tanto por la herencia de la escuela rusa que representan, sino sobre todo por la poética creación de atmósferas. En especial, en las obras de Leos Janácek y César Franck. La sonata número 7 de Beethoven fue impecable de realización pero más previsible en el concepto.

Ciclo de grandes intérpretes

Vadim Repin ( violín) y Nicolai Lugansky( piano). Sonatas para violín y piano de Leos Janácek, Ludwig van Beethoven y Cesar Franck. Organizado por Fundación Scherzo y patrocinado por El País. Auditorio Nacional, 21 de febrero.

Sin embargo, en Janácek o Franck, las resonancias ambientales y hasta extramusicales adquirieron un papel determinante. Con un pie en una melancolía que se desprendía de la ópera - y en particular de Katia Kabanova- la primera. Con una evocación de la literatura - en concreto de Proust y su En busca del tiempo perdido, en la sonata de Cesar Franck, que en una lectura como la de Repin y Lugansky se revalida como una de las páginas más hermosas de la música de cámara de todos lo tiempos.

El impulso juvenil de la pareja rusa se complementaba con unas versiones no por muy estudiadas menos frescas. La combinación de madurez en la comprensión y lozanía en la ejecución fue perfecta. Y así el concierto alcanzó por momentos cotas sublimes y, en general, gozó de una coherencia y un poder de fascinación en el límite de lo excepcional.

No es fácil que esto suceda, al menos con un nivel de calidad y encantamiento semejantes. Pero estas cosas suceden de cuando en cuando. Y esta vez fue una de ellas. En cualquier caso, y por encima, si cabe, de los méritos del violinista hay que destacar la compenetración de la pareja. Es en estas ocasiones cuando la música sale reivindicada al máximo y lo que queda en la memoria con carácter preferencial son los compositores. Vadim Repin y Nicolai Luganski dieron toda una lección de vitalidad, humildad y musicalidad. Han entrado, aún con su corta edad, en la categoría de maestros. Es un privilegio poderlos escuchar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de febrero de 2007