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COLUMNA

Sobre arte

La esencia de la pintura moderna consiste en que su energía se expande más allá del marco por la pared donde está colgada; desde la pared se apodera del espacio, impregna todo el aire y a través de la piel penetra en el alma del espectador apasionado para convertirlo también a él en una parte de esa obra de arte. Visto así, la pintura moderna exige que su amante esté a la altura todas las horas del día porque su energía no se agota al final de una inauguración o de la visita a un museo o al formalizar la compra de una obra en cualquier galería o subasta. Una vez colocada en casa la pintura moderna exige a su dueño que se comporte como tal y lleve una vida estética. El cuadro emite una onda magnética que no debe quebrarse. No se puede tener en la pared un lienzo de piscinas californianas, con cuerpos solares entre hamacas y refrescos frutales, del pintor David Hockney y meterse en su presencia entre pecho y espalda un cocido con garbanzos, tocino, chorizo y morcilla. Aunque el arte moderno parezca frívolo, ingenioso e inane, muchas veces lleno de impostura, no obstante, es profundamente ascético hasta llegar al sadismo. Si quieres vivir de acorde al fluido que emite la Modern Tate Gallery de Londres o el MOMA de Nueva York deberás llevar un botellín de agua mineral en una mano y en la otra una manzana para roerla como una ardilla en el parque. Todos los años, en la inauguración de la feria de ARCO me fijo en la expresión del rostro del rey Juan Carlos ante una escultura vanguardista, un montaje cibernético o una instalación. Aquella cara que al principio ponía de incredulidad o de tomadura de pelo a un punto de la carcajada se ha ido atemperando a la sensibilidad de los tiempos hasta acomodar su rostro a la descarga que recibe. Cuando uno sale de MOMA o de la Modern Tate Gallery, de la feria de Basilea o la FIAC de París descubre que la energía concentrada en esos espacios continúa en la calle donde la gente también vive la modernidad de forma natural. En cambio, en los primeros años, al abandonar el recinto de ARCO, uno se encontraba con un barranco insalvable. Pasabas directamente de una materia de Tapies a la Violetera de Álvarez del Manzano, del refinamiento morboso de Francis Bacon a unas calles de Madrid llenas de excrementos de perro. Ya no se puede decir lo mismo. Al fin de cuentas el arte de hoy es un calzador que te obliga a meter el pie lleno de callos y juanetes en la sensibilidad de la vida moderna. Arte de vanguardia es el que haría ahora con ordenador Velázquez si viviera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de febrero de 2007