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Reportaje:FUERA DE RUTA

Sonora, euforia en el desierto

Al volante de un Chevrolet de alquiler por las carreteras de Arizona y California

Enormes cactus solitarios, un baño liberador en el río Colorado, la Ruta 66, gasolineras abandonadas y el viento templado del Pacífico. Viaje al triángulo norteamericano de Yuma Phoenix y el Gran Cañón.

En el desierto no hay distracciones. Uno percibe lo esencial de la naturaleza: el aire, la tierra, el color del cielo. Lo que se mueve cobra en el desierto un interés desorbitado, pues su estado natural es la inmovilidad. Si uno permanece un buen rato quieto y sereno, es capaz de notar cómo se mueve una sombra, por ejemplo la de un cactus, o nuestra propia sombra. En Arizona el sol no puede mirarse de frente, o sólo cuando apenas se ve su halo, su sombra. Y la sombra es lo más preciado aquí hasta que llega la noche y el desierto despierta.

Desierto de Sonora es el nombre con el que se conoce la vasta superficie árida que cubre el sureste de California, gran parte de Arizona, así como los Estados de Baja California y Sonora, en México. La zona estadounidense se encuentra dentro del triángulo formado por Yuma, Phoenix y el Gran Cañón del Colorado. Hay ciertas cosas que distinguen el de Sonora de otros desiertos, como los vientos templados del Pacífico y el especial régimen de lluvias, pero la más extraordinaria son esos cuerpos esquemáticos, erectos, a veces irónicamente gesticulantes, sólidas columnas que aguantan el aire. Hay enormes cactus solitarios, los saguaro, monumentos del individualismo vegetal, y también hay cactus en sociedad que parecen los tubos de un órgano de catedral desaparecida. Inquilinos imperturbables del desierto, los cactus parecen implorar atención o exigir que quien se atreve a pasar por sus dominios detenga el auto y les haga una visita, les hable. Gigantes que luchan contra la lepra del tiempo, son capaces de albergar búhos en sus oquedades, de desplegar flores inesperadas como la flor de trapo que brota de la pistola de un payaso. A los pocos días de viajar por el desierto, uno empieza a ver el bosque entre esos árboles de espinas celosos de su espacio. Y espejismos eróticos o macabros, así como lo que llaman "islas celestes", en las partes más húmedas de las montañas, restos de un ecosistema prehistórico.

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El verdadero desierto empieza en Yuma. Al entrar en Yuma, el calor es el de un horno, pero resulta agradable siempre que el termómetro no escale mucho los 40 grados y no haya viento, pues la humedad es muy baja. Se dice que es la ciudad más calurosa de Estados Unidos. En un tiempo, éstas eran las tierras de los quechuans, una tribu pacífica y primitiva, comedores de raíces y roedores. Los misioneros españoles intentaron convertirlos y todo fue bien hasta que un día explotaron, matando al padre Garcés para luego incendiar la misión. Yuma, pasada la fiebre del oro, tuvo el mayor presidio de la zona. ¿A quién se le pudo ocurrir la idea de hacinar tres mil personas en un horno semejante?

Por suerte, un río fluye cerca: el Colorado. Bañarse en sus aguas verdes y frescas es la sublimación placentera de la asfixia del calor. Tras el baño, uno está dispuesto a atravesar todos los desiertos, a abrazar todos los cactus. Ahora bien, hay que tener dos precauciones, tanto si se decide ir al norte, a la boca del cañón, como si uno se inclina por ahondar en la aridez, en dirección a Phoenix y Tucson. La primera precaución es llenar el depósito de combustible, y la segunda, llevar bebida y provisiones. En el mapa aparecen nombres en la ruta que a veces sólo son una techumbre abandonada, un Bagdad Café del siglo pasado. La histórica Ruta 66, que Steinbeck llamó "la carretera madre" porque trajo miles de americanos en pos de la libertad y el sol del Oeste desde Chicago, cruza una sección desolada entre Topock y Holbroock, donde aún se puede beber una cerveza en Two Guns y ver jugar al billar a tipos que jamás se quitan el sombrero.

El carburante y sus dudas

Fue cerca de un lugar llamado Quartzsite donde vi que el indicador de carburante marcaba algo más de un cuarto. La petrol station en la que paré llevaba años cerrada, y allí, a la sombra, nos reunimos tres viajeros sudorosos compartiendo las dudas de si volver atrás o seguir adelante. Ellos volvieron atrás, yo seguí adelante y llegué a Hope. Haciendo honor a su nombre, en Hope (que significa esperanza) pude repostar hasta que salía gasolina de todos los poros del Chevrolet. Es entonces cuando uno siente la libertad del desierto, la euforia del hombre solo unido a una máquina en medio de lo inmenso. Es entonces cuando uno ama las rojas colinas roídas que se ven a lo lejos, las lagunas de sal, la carretera voraz, insaciable, y ese viento abrasador que se cuela por la ventanilla, si uno es capaz de soportarlo. Kafka definió esa sensación poderosa como "el deseo de ser piel roja".

De las reservas indias no hay mucho que decir. Quedan pocos indios y casi todos son pintores de murales, algunos muy buenos. De las tribus que los misioneros españoles evangelizaron no sobrevivió ninguno. Ya en 1850 se habían extinguido. En torno a Phoenix vi varias reservas de los apaches: Salt River, Fort McDowell, Gila River. Más allá de Río Verde, me atrajo un nombre en el cruce de caminos: Tonto National Forest. Allí parece acabar el desierto, porque se ven cañones tapizados de verde y árboles normales, no esos tristes joshua trees y los turgentes cactus. Entonces uno siente el deseo de volver sobre sus pasos. El deseo de entrar en Nevada por Bullhead City, probar suerte una noche en la ruleta, y luego ahondar en el desierto californiano hasta Palm Springs. Quizá en ese punto uno empieza a desear que el desierto, esa pradera rasa kafkiana para la que no hacen falta ni espuelas ni riendas, no se acabe nunca, y si ha de acabar que sea en el océano. Por eso entré en México por Nogales y me dije que no descansaría hasta tocar la última roca pelada de la península de California, que en el quinto libro de Amadís de Gaula se describe avant-la-lettre como una isla habitada por amazonas robustas y valerosas.

José Luis de Juan es autor de Campos de Flandes (Alba Editorial, 2004).

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos- Prefijo telefónico: 001. - El desierto de Sonora se extiende en EE UU entre los Estados de Arizona y California, y en México, entre la Baja California y el mismo Estado de Sonora. Se puede visitar Arizona en cualquier época del año, pero las áreas desérticas tienen mejor clima de octubre a abrilCómo llegar- US Airways (914 44 47 00; www.usarways.com) vuela desde Madrid, con una escala, a Phoenix, desde 469,25 euros, todo incluido.- La mayorista Catai (www.catai.es; en agencias) ofrece una escapada de 16 días a California y el desierto de Arizona a partir de 1.812 euros. La tarifa incluye los vuelos, alojamiento y reserva de coche (sin gasolina). Etapas en Los Ángeles, Phoenix, Las Vegas, el Gran Cañón...Información- Embajada de Estados Unidos en España (915 87 22 00; www.embusa.es).- Turismo de Arizona (www.arizonaguide.com).- Turismo de California (www.gocalif.ca.gov/state/tourism).- Turismo de Colorado (www.colorado.com).- Información práctica sobre el desierto de Sonora (www.desertusa.com/du_sonoran).- Museo del desierto de Sonora en Tucson (www.desertmuseum.org).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de enero de 2007

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