Columna
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Asignaturas turcas

El gran valor inicial del gesto de Ankara de anunciar la apertura de un puerto y un aeropuerto al tráfico con Chipre está ante todo en el reconocimiento de que las condiciones para el ingreso de un nuevo miembro en un club las pone la dirección del mismo, y no el aspirante a pisar moqueta. Y la bola negra, el veto, solo lo puede ejercer un miembro, y nunca el candidato a serlo. En este sentido, el paso dado por el Gobierno del primer ministro Recep Tayyip Erdogan es importante, aunque insuficiente y por tanto inútil si no le siguen otros. Pero mal harían los Veinticinco en escenificar ahora una gran gresca. Postergar dramas allende horizontes electorales, europeos y turco, como parece ser la intención del nuevo paquete de condiciones decidido ayer por los ministros de Exteriores de la UE, no es malo. Pero tampoco suficiente para desactivar lo que puede ser una grave crisis.

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Es discutible que Chipre, como parvenu con su política unilateralista y antiturca, tenga crédito como miembro de la UE para condicionar la política de Bruselas respecto a un gran país y una inmensa opción política, económica y geoestratégica como son Turquía y su hipotético ingreso. Pero el mayor elemento de distorsión, y factor clave para el histerismo actual en las relaciones, está en la irrisoria percepción de que las negociaciones tienen visos de ser cortas y que si no se interrumpen pronto el ingreso turco amenaza cual inminente caída de la Espada de Damocles. Este malentendido perjudica a todos. Proyectos de esta magnitud pueden descarrilar y quedar como fracasos en la historia durante generaciones o de forma definitiva. Pero si nadie sensato debe exigir un calendario para el ingreso de Turquía en la próxima década, tampoco puede demandar un rechazo perpetuo.

Tras exponer las condiciones básicas a Turquía, lo que Europa debe hacer es dejar que los turcos asuman el esfuerzo de las asignaturas pendientes, con la esperanza de que las aprueben con la solidez e incluso brillantez con que lo hicieron con anteriores más difíciles si cabe, y que se tiende a olvidar. Bajo el recién enterrado Bülent Ecevit se dieron pasos antes inimaginables en Turquía -con un Ejército menos relajado que hoy- en derechos humanos, garantías jurídicas, libertad económica y de opinión. Si el islamismo en Turquía está crecido es también por la falta de apoyo que reciben las opciones radicales de libertad. No solo allí. Las manifestaciones habidas en Irán durante estos días en contra del fanático presidente islamista Ahmadineyad habrían tenido más apoyos si en Occidente se hubiera respaldado con decisión un llamamiento a acabar con el miedo y el régimen de terror y a favor de una opción plural, democrática y laica allí en vez de organizar fastos de confraternización con supuestas civilizaciones que no son sino fanatismo bárbaro clerical, como hicieron los jefes de Gobierno español y turco en Estambul hace semanas.

Esbozados los retos estratégicos, para nada insuperables a medio plazo, queda por hablar de esa asignatura pendiente turca, difícil para un pueblo que fue imperio: la historia. Ni del mejor embajador que hoy tiene este país de siglos de diplomacia virtuosa y excelsa, que es el escritor Orhan Pamuk, toleran los turcos la dura verdad del pasado. El reto de la modernidad exige honestidad en este gran salto hacia la mirada limpia. Muchos han fracasado. La tragedia rusa del retorno de la Lubianka bajo Vladimir Putin demuestra lo que se juega un pueblo si no reúne en la transición el coraje de enfrentarse a sus sombras. La mirada limpia hacia la propia historia dignifica y fortifica presente y futuro. La mentira y la revancha los emponzoñan. No solo en Turquía falta esa mirada limpia. Los que más celebran la muerte física -claman venganza post mortem- de un dictador asesino y ladrón como Augusto Pinochet, afortunadamente pasado para sus compatriotas desde hace tres lustros, comprenden, apoyan o toleran a un Fidel Castro que en años de dictadura asesina, ejecuciones, desapariciones y obcecación en el crimen ideológico ha superado con creces al chileno. ¡Cómo habrían sido las hagiografías de Castro, cuando muera, si hubiera convocado un referéndum para abandonar el poder 17 años después de conquistarlo a sangre y fuego! Escribía Félix de Azúa en estas páginas de Hitler y Stalin hace unos días. Se pueden recordar miles de fosas comunes, con millones de abuelos, bisabuelos y padres. Y hermanos e hijos en Srebrenica. Pero para Turquía, la asignatura es imponerse la mirada limpia para asumir que el millón y medio de muertos armenios son parte de su historia. Como los centenares de miles de turcos muertos en los Balcanes y Oriente Medio en la caída del imperio. Cuando Pamuk, Premio Nobel, consiga convencer al pueblo turco de que los asesinados en su nombre son tan dignos de ser recordados como los héroes propios, Turquía habrá dado un paso definitivo hacia la paz consigo misma. Puede que ésta sea la asignatura más importante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 11 de diciembre de 2006.

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