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Eurófobos

Es bastante habitual, fuera de la literatura política especializada, confundir los términos euroescepticismo y eurofobia pues tienden a hacerse sinónimos, cuando en realidad indican criterios no del todo coincidentes. Los euroescépticos suelen aceptar una Unión Europea puramente economicista e intergubernamental y sólo se oponen -de modo frontal, eso sí- a una eventual federalización política de la misma. Se da en ellos un puro cálculo instrumental que puede hacer aceptable una UE como estricto gran mercado en la medida en que resulte interesante para hacer negocios o recibir fondos. Por el contrario, los eurófobos se oponen a la UE por lo que es y por lo que podría llegar a ser si el proceso de integración avanza. En consecuencia, desde esa perspectiva se preconiza el abandono nacional singular de la UE y, mejor todavía, su disolución general.

Para aclarar mejor la diferencia pueden señalarse ejemplos: los tories británicos son euroescépticos no porque quieran abandonar y menos desintegrar la UE, sino porque consideran que ha ido demasiado lejos. Con bloquear cualquier perspectiva de federalización política y con algunas renacionalizaciones de sectores comunitarizados, los conservadores británicos aceptan que una UE limitada no sería lesiva para los intereses nacionales. En cambio, la mayor parte de los partidos de extrema derecha (sobre todo en los países más desarrollados) preconizan lisa y llanamente acabar con la UE.

La nueva extrema derecha está en ascenso electoral en varios países europeos al atizar la xenofobia contra los inmigrantes extracomunitarios, exaltar el chovinismo nacional frente a una Unión Europea que encarnaría una suerte de "conspiración mundialista" y dar rienda suelta al populismo antiestablishment. La UE es presentada como "culpable" del desempleo, la inseguridad ciudadana, la crisis de las identidades tradicionales o la corrupción política y la extrema derecha se beneficia de la parálisis comunitaria y del hastío "antipolítico" de significativos sectores de las opiniones públicas nacionales.

Tres ejemplos inequívocos de eurofobia los proporcionan el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) de Roger Knapman, el Frente Nacional (FN) de Jean-Marie Le Pen y el Interés Flamenco (VB) de Filip Dewinter. Para UKIP -que presenta una singularidad específica en su rechazo a la UE al no basarse en criterios xenófobos- estar en la UE es un negocio ruinoso para los británicos que, además, no dejarían de perder soberanía. Para esta formación, la UE se encamina hacia un sistema federal, lo que exigiría el abandono inmediato del Reino Unido. Con tonos aún más apocalípticos, para Le Pen la UE se encaminaría hacia una federación mundialista que supondría el fin de Francia como nación soberana. Con una astuta técnica gradualista, los eurócratas estarían secuestrando la verdadera voluntad popular de los franceses y si tal proceso no es detenido se impondrán "poderes ocultos" (sic). Por tanto, Francia debe abandonar cuanto antes la UE pues para el FN es irreformable y peligrosísima para poder preservar la identidad nacional tradicional. Le Pen espera que la UE acabe como la URSS, en el cementerio de los imperios desaparecidos.

Para el VB flamenco, la UE favorece una "mezcla unitaria que sólo puede conducir al centralismo europeo, al jacobinismo y a un atentado contra los pueblos". Para este partido, las claves son preservar la identidad nacional e impedir que la UE pueda intervenir en este ámbito. Para Dewinter, el gran leitmotiv debe ser "nuestro pueblo primero", de ahí su rechazo de los extracomunitarios, la sociedad multicultural y el federalismo europeo.

Con ciertas dosis de ambigüedad calculada, a caballo entre el euroescepticismo y la eurofobia, se manifiestan la Liga Norte (LN) de Umberto Bossi y la Liga de las Familias Polacas (LPR) de Roman Giertych pues -en el fondo- ambos son conscientes de que pedir abiertamente la salida de Italia y Polonia de la UE no es aceptado por la gran mayoría de sus connacionales. La LN se manifiesta contra la Europa del "proyecto global" y del "pensamiento único" financiado y guiado por intereses mundialistas. La UE sería un artificio virtual que negaría la historia de los verdaderos pueblos soberanos. En suma, sería un artefacto tecnocrático y elitista sólo útil a políticos irresponsables y corruptos que pretenderían imponer modelos contrarios a los valores tradicionales. Por su parte, la LPR se ha mostrado favorable a suspender la contribución polaca a la UE como elemento de presión y, en su momento, estuvo en contra del ingreso de Polonia en la misma.

En suma, creo que este conjunto de posiciones reaccionarias, que lamentablemente están en auge, refleja el grado de desconcierto popular y de incapacidad de las élites políticas europeístas de dar por fin un nuevo impulso audaz en el vacilante proceso de integración europea.

A mi juicio, el primer ministro belga, Guy de Verhofstadt, acierta cuando señala que tal vez el principal obstáculo para avanzar sea hoy el de la regla de la unanimidad en "áreas sensibles" para los Estados: mientras no se acabe con ella, no se profundizará y ello objetivamente favorecerá a euroescépticos y eurófobos.

Cesáreo R. Aguilera es catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 30 de noviembre de 2006.

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