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Crítica:

Juguemos en el bosque

La edición española de Kafka en la orilla podría considerarse un compendio de "grandes éxitos" de Murakami. Publicada hace cuatro años en Japón, la novela contribuyó a aumentar el prestigio del autor de títulos como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Esta vez, el escritor japonés narra la odisea edípica de un joven cuya historia genera una sucesión de personajes y episodios prodigiosos y obsesiones típicas de Murakami.

En la introducción a su reciente colección de cuentos Blind Willow, Sleeping Woman (Harvill, 2006), el escritor japonés Haruki Murakami explica que, para él, la escritura de relatos es "como plantar un jardín", mientras que la construcción de novelas equivale a "plantar un bosque". Siguiendo este enunciado, puede afirmarse que las flores de los jardines de Murakami tienden a ser únicas y de perfumes imprevisibles (ya viene siendo hora que el lector en castellano conozca esta faceta, sus amplias ficciones breves, acaso la más personal y creativa de este jardinero nacido en Tokio en 1949); mientras que la topografía de sus bosques (siempre habitados por lobos más o menos feroces y donde siempre resulta un aventurero placer el extraviarse) obedece indefectiblemente a dos tipos muy diferentes. Por un lado están los bosques de senderos claramente trazados por la fuerza avasalladora de amores correspondidos o no (me refiero a Tokio Blues/Norwegian Wood o Al sur de la frontera, al oeste del Sol). Y por otro se alzan los bosques impredecibles y salvajes en los que hay que abrirse paso a golpe de machete, sin ayuda de brújula alguna, y en los que puede suceder cualquier cosa (pensar en La caza del carnero salvaje, Dance Dance Dance, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y, muy especialmente, la asombrosa Hard-boiled Wonderland at the End of the World).

KAFKA EN LA ORILLA

Haruki Murakami

Traducción de Lourdes Porta

Tusquets. Barcelona, 2006

584 páginas. 24 euros

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Dicho esto, cabe preguntarse qué clase de bosque es Kafka en la orilla y demorarse un tanto en la respuesta. Porque Kafka en la orilla puede entenderse como lo mejor de ambos modelos y disfrutarse como un paraje mixto. Una jungla/parque o una arboleda/selva en la que el escritor, consciente o inconscientemente, parece haberse planteado una suerte de Murakami's Greatest Hits para el disfrute de fans incondicionales que, tal vez, desoriente a recién llegados o a los que se engancharon al elegiaco romanticismo del best seller Tokio Blues/Norwegian Wood.

Así, en Kafka en la orilla, se

nos narra la odisea edípica del joven quinceañero Kafka Tamura (típico "héroe" disfuncional murakamiano; no en vano creado mientras Murakami completaba una nueva traducción al japonés de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger), se nos cuenta el bizarro "incidente" comatoso que sufrió en su infancia el sexagenario y forrestgumpiano Satoru Nakata, y se espera -como en Hard-boiled Wonderland...- a que los caminos de uno y otro se crucen y se enreden. Antes de que esto ocurra -imposible resumir la trama de esta novela de rigor invertebrado y escrita, según el propio autor, "dejándome llevar"- asistimos a una sucesión de prodigios inexplicables pero típicos en las ficciones del japonés, a un exhaustivo catálogo de sus más constantes obsesiones. A saber: gatos parlantes, fenómenos naturales nada naturales, el doble como interlocutor (el insistente Cuervo aleteando sobre Kafka), invocaciones pop (la corporización del Johnnie Walker de la etiqueta del whisky o del Coronel Sanders de las cajas de pollo frito Kentucky), la herida japonesa siempre abierta de la Segunda Guerra Mundial, el poder curativo de los libros (el ambiguo bibliotecario Oshima es sin duda uno de los más grandes personajes de Murakami) y de las canciones (el single -y cuadro- de culto Kafka en la orilla del mar), mujeres maduras y misteriosas (aquí la fascinante y trágica señora Saeki) y chicas enigmáticas con minifalda (la encantadora y volátil Sakura), la fascinación por Occidente como dimensión alternativa, el jazz como fuerza redentora, soldados espectrales perdidos en un pliegue del espacio-tiempo, múltiples alusiones que van desde el Genji Monogatari al Sgt. Pepper's y de Goethe a Bulgakov y de Beethoven a Bob Dylan, un peligroso bosque mágico, y la obligación de superar una serie de pruebas íntimas a la vez que épicas para llevar sano y salvo, pero definitivamente transformado, al otro lado de la muy espesa espesura.

La literatura de Murakami

en general -y Kafka en la orilla muy en particular-es un juego de reglas imprecisas pero firmes. Obliga -como sucede con los filmes de David Lynch- a una entrega absoluta sin cuestionamientos ni prejuicios. Hay que entrar rindiéndose primero para salir ganando después. Quien se resista se quedará fuera, confundiendo lo raro con lo tonto, irritado e insomne. Y es que Murakami -aun nutriéndose de tantas fuentes, con prosa tan dulcemente realista como ácida y lisérgica- empieza y termina en sí mismo y lo suyo posee la textura imposible pero verosímil de los mejores sueños. De ahí que, a la altura de la última página, en lo que para muchos constituirá un final demasiado abierto, Cuervo le aconseje a Kafka (y, por extensión, a los lectores) que "es mejor que duermas. Y, al despertar, habrás pasado a formar parte de un mundo nuevo". Y Kafka en la orilla es la incontestable evidencia de que Cuervo no miente. He aquí un libro extraño -un mundo nuevo- que divierte, emociona, da miedo, hace reír, intriga y, por último pero no en último lugar, desconcierta. No se le puede pedir más a una novela.

Pasen y sueñen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de noviembre de 2006

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