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Crónica:LA CRÓNICA

Casa de letras

Cuando Francesc Parcerisas dirigía la Institució de les Lletres Catalanes, invitó a la escritora Siri Hustvedt a pasar unas semanas en Barcelona. La idea de la Institució, iniciada con otras invitaciones a destacados novelistas extranjeros, pretendía dar a conocer nuestra realidad sin pedir nada a cambio, con la esperanza de que el viaje tuviera consecuencias literarias seudopublicitarias. Hace unas semanas, cuando su marido, Paul Auster, visitó España para recibir el Premio Príncipe de Asturias, vi a Hustvedt en televisión, sonriente y pletórica, acompañada de su hija Sophie, que hoy es una prometedora actriz y cantante de pop. Hustvedt estaba muy contenta y, fugazmente, reconocí sus ojos claros y esa expresión entre iluminada y apasionada que tan bien saben llevar algunas mujeres altas, delgadas y algo desgarbadas (como Aimee Mann cuando canta los villancicos modernos de su último y recomendable CD One more drifter in the snow).

Volví a acordarme de Hustvedt el otro día, al pasar por el número 6 de la calle de la Fusteria, junto a la colapsada oficina central de Correos. Allí, en un edificio que lleva el sintomático nombre de La Casa de les Lletres, vivió la escritora, en un apartamento de dimensiones ínfimas, decorado con un encomiable sentido de la funcionalidad y con vistas a la plaza de Antonio López, a la estatua pop de Lichtenstein y a un ejército de palmeras en indolente formación. Desde entonces Hustvedt no ha publicado nada que hable de Barcelona, y durante su estancia se dedicó en cuerpo y alma a pulir un ensayo sobre Goya, un pintor por el que siente una inteligente fascinación. En estos días, en cambio, sí ha llegado a las librerías otra recopilación de obsesiones en forma de artículos y ensayos titulada Una súplica para Eros. En este caso, se trata de un exhibición de inteligencia y sensibilidad, que utiliza temas tan opuestos como la melancolía por los orígenes noruegos, la sexualidad en la historia del arte, una experiencia en un rodaje cinematográfico, la angustia inmediatamente posterior a los atentados del 11-S, algunos traumas de infancia o los propios abismos neurológicos para completar un discurso valiente, complejo y culto sobre un yo, el suyo, que, a través de la lectura, deja de pertenecerle.

La casa en la que vivió Hustvedt no parece haber cambiado demasiado desde que se marchó. Por la mañana, se acumulan las furgonetas para protagonizar su mecánica coreografía de carga y descarga, hay motos y bicicletas aparcadas, dos bares, plantas en los cinco balcones de la fachada, un restaurante turco, un camión cargado de bombonas de butano y una librería especializada en náutica. La Casa de les Lletres pertenece a una red de apartamentos temáticos y sus promotores la anuncian diciendo que se trata de "un lugar con magia para vivir y trabajar". En el caso de Hustvedt, y a juzgar por los recomendables textos de Una súplica para Eros, no hay demasiada diferencia entre vivir y trabajar, y ambas actividades permiten practicar el noble arte de la observación. Hustvedt observa y disecciona su entorno y le basta un viaje en metro para descubrir que algunos viajeros desprenden "un aura de silenciosa hostilidad".

Esa mirada es un don, y a veces la asaltan sombras terribles que propician desgarradas confesiones biográficas: "Poco después de regresar a Estados Unidos caí gravemente enferma. Durante días guardé cama con la sensación de que alguien me había dejado un hacha clavada en la cabeza. Me convertí en una piltrafa humana que tiritaba, vomitaba y no podía incorporarse ni tolerar la luz que entraba por la ventana". En este contexto de reflexión y confesión, de repente, aparece un párrafo que narra el encuentro entre Paul Auster y Siri Hustvedt, una escena de la que si existieran imágenes podría ser emitida por una versión literaria de Aquí hay tomate: "23 de febrero de 1981. Estoy saliendo con J. del recital de poesía y nos detenemos en el vestíbulo de la 92nd Street para hablar de los poemas que acabamos de escuchar. Desde donde estoy me fijo en un hombre atractivo que está parado frente a la puerta. Tiene la cara delgada, los ojos enormes y la boca pequeña y delicada; el pelo casi negro y la piel morena clara. (...) En cuestión de segundos lo he abarcado con la mirada y me siento mareada por la atracción (...) Es tarde. La velada se ha acabado y volveré a casa y pensaré en él. De pronto él mes besa, y es el mejor beso del mundo". Es una escena de amor común en este mundo, pero lo que me llama la atención es la fecha: 23 de febrero de 1981. Ese mismo día, en el Congreso de los Diputados de una España que ni siquiera Goya habría conseguido retratar, se perpetraba un sintomático intento de golpe de Estado. Todo es relativo: en el mismo instante en el que la violencia colectiva asoma debajo de un tricornio, dos grandes escritores se enamoran en una acera de Nueva York. Es para creer en Eros, dios del amor surgido del Caos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de noviembre de 2006