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Editorial:

Reglas de juego

No dijo nada nuevo ayer Zapatero en su respuesta parlamentaria al portavoz del PP en el Senado, y sin embargo era absolutamente necesario que dijera lo que dijo: que el Gobierno no dará ningún paso hacia el diálogo con ETA mientras no quede acreditada de manera "inequívoca" la voluntad de la banda de abandonar las armas. Volvía así al punto de partida, tal como fue formulado en la resolución aprobada por el Congreso en mayo de 2005. La disponibilidad para una salida dialogada en términos de paz por presos requiere garantías indudables de que no habrá más atentados. La reiteración era necesaria a la vista de las recientes amenazas y actos de ETA -especialmente el robo de armas en Francia-, y también ante la situación creada por la nueva condena al etarra De Juana Chaos.

Tal vez éste y otros etarras puedan un día beneficiarse de medidas de gracia, pero no mientras no haya un abandono verificable de la violencia. La condena ha sido llamativamente fuerte, pero podrá ser recurrida. Entra en los márgenes de lo que marca la ley, por lo que no puede calificarse de injusta. Ni decirse que va contra el proceso de paz, como lo iría dejar en suspenso el Estado de derecho. Zapatero dijo ayer que lo que cuenta es la voluntad de retirada de ETA; si se comprueba, serán posibles decisiones que hoy no lo son; y viceversa.

Las acusaciones del PP sobre éste y otros puntos fallan en puntos esenciales. Contraponer fin dialogado a derrota de ETA es una simplificación demagógica: aunque se hubiera seguido la línea de dureza de Aznar, a partir de un momento dado habría sido igualmente necesaria una conclusión dialogada en términos no muy diferentes de los hoy planteados. Es falso que el Gobierno haya hecho concesiones políticas; aceptar discutir una reforma del marco político no significa haber asumido las propuestas de Batasuna. Y relativizar los tres años y medio sin muertos supone ignorar que lo esencial del proceso es gestionar el tiempo, de manera que reanudar la violencia tenga para ETA costes inasumibles. Pero refutar las simplificaciones de la oposición no dispensa al Gobierno de dar explicaciones ante hechos que no confirman la voluntad de abandono de las armas. Es lo que el presidente hizo ayer, plantándose en los términos estrictos de la resolución del Congreso. Habría sido conveniente que, en lugar de motivo de bronca, la respuesta al pulso de ETA hubiera contado con el apoyo de la oposición, aunque mantuviera algunas de sus críticas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de noviembre de 2006