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Crítica:ÓPERA | 'Der ferne Klang'

Belleza inquietante

Bajo la responsabilidad de Pedro Halffter, Sevilla se ha decantado por la ópera alemana. El año pasado abrió y cerró su temporada lírica con títulos de Richard Strauss y Alban Berg y este año les corresponde el privilegio a Franz Schreker y Beethoven. Obviamente, todos ellos con Halffter dirigiendo. La apuesta más sorprendente ha sido, en cualquier caso, el estreno en España de Der ferne Klang, una ópera de belleza inquietante que obtuvo en su estreno en Francfort en 1912 un éxito envidiable, situando a su autor, desde la perspectiva de la crítica y el público, a la altura artística como mínimo de Richard Strauss. Después, como toda la música del autor, se relegó a las tinieblas, por una doble censura. La primera, política, en 1933, tuvo como origen la clasificación del compositor por los nazis en la órbita de la música degenerada, entre otras cosas por su ascendencia judía. La segunda, llamémosle estética, se debió a que con el serialismo y la atonalidad soplaban otros vientos en las vanguardias musicales y la tonalidad de Schreker no tenía sitio. Hasta 1964, año en que Christoph von Dohnanyi la rescató del olvido en Kassel, la obra permaneció secuestrada. Triste destino. Al autor le costó la vida y a su música la marginación. En los últimos años, la figura de Schreker se ha reivindicado en lugares tan distantes como Venecia, Bruselas, Berlín y Viena, y en 2005 su ópera posterior, Los estigmatizados, obtuvo un éxito colosal en el Festival de Salzburgo.

Der ferne Klang (El sonido lejano)

De Franz Schreker. Estreno en España. Director musical: Pedro Halffter. Director de escena: Peter Mussbach. Escenografía: Erich Wonder. Figurines: Andrea Schmidt-Futterer. Producción de la Staatsoper Unter den Linden, Berlín, 2001. Con Astrid Weber y Robert Künzli, entre otros. Sinfónica de Sevilla. Teatro Maestranza, 7 de noviembre.

Sevilla ha tomado la iniciativa española de esta justa reivindicación, para inaugurar su actual temporada de ópera. De quitarse el sombrero. Ello demuestra además que los criterios que marcan la vida lírica están cambiando en nuestro país a pasos agigantados. Asistieron al estreno español el nieto y las dos biznietas del compositor.

La representación sevillana se saldó además con un éxito sin fisuras. Y ello se debe a varias razones. La primera de ellas es, sin duda, la hermosura de una partitura en la que confluyen desde la herencia del romanticismo alemán a la asimilación de corrientes como el impresionismo francés o el simbolismo, sin perder el lenguaje tonal. Es una música con misterio, en la que se integran hasta las teorías de la interpretación de los sueños de Freud, desarrollándose una atmósfera entre onírica, expresionista y con un punto de naturalismo en cierto modo perverso. La segunda razón es la integración de música y teatro para sacar a la luz una buena parte de los matices de la obra. La puesta en escena de Peter Mussbach, con la enigmática escenografía de Eric Wonder, sugiere más que subraya, creándose un universo paralelo de insinuaciones en el que los personajes adquieren valores no por ambiguos menos sustanciales. Pedro Halffter realiza una lectura más contenida que turbulenta, pero de una enorme eficacia dramática, y extrae de la Sinfónica de Sevilla una prestación compacta y transparente. La soprano Astrid Weber se mete hasta las cejas en el complejo personaje de Grete, convenciendo como cantante y como actriz. Destaca también el tenor Robert Künzli, como Fritz, en su imposible aspiración a un idealismo simbolizado por ese sonido lejano, que da título a la ópera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de noviembre de 2006