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Crítica:

Dominios de la domesticidad

Sin condescendencia con la vanidad y derrochando ingenio y sentido del humor, Nancy Mitford denunció en 1949 la perpetuación del orden patriarcal en el Reino Unido. En Amor en clima frío describe la cultura de la aristocracia inglesa de entreguerras.

Apenas cuatro años después de A la caza del amor (1945), Nancy Mitford volvió a retratar a la familia Radlett en Amor en clima frío (1949). Como es bien sabido, Mitford (Londres, 1904-Versalles, 1973) fue la mayor de las seis hijas de un excéntrico y malhumorado noble inglés -que sirvió de modelo para el Matthew Radlett de las novelas-, y vivió en sus propias carnes y en las de sus hermanas la obsesión por el matrimonio, con la consiguiente presión para casar bien que sufrían las jóvenes de su clase social. Al contrario de lo que sucede en sus novelas, esta presión en la vida real no debía de tener ninguna gracia.

La variopinta experiencia familiar en lo que a amores y bodas se refiere, obligó a la escritora a tomárselo con humor y desparpajo y, sobre todo, le sirvió de inspiración artística. Juzguen: una de sus hermanas se casó con sir Oswald Mosley -el líder de la Unión Fascista Británica- en Berlín y bajo el padrinazgo de Joseph Goebbels. Otra, enamorada de Hitler hasta la médula, se descerrajó un tiro cuando supo que Chamberlain había declarado la guerra a Alemania, en septiembre de 1939. La tercera se fugó a Estados Unidos con un primo comunista; mientras otra se casaba con un duque.

AMOR EN CLIMA FRÍO

Nancy Mitford

Traducción de M. Martínez-Lage

Libros del Asteroide

Barcelona, 2006

332 páginas. 18,95 euros

En Amor en clima frío, sin

embargo, los Radlett ejercen de comparsas mientras Fanny, que ya ocupó el puesto de narradora en la anterior novela, presta atención a los Montdore. Estos vecinos acaudalados, con gran mansión en el campo, título nobiliario y todos los demás aderezos que les corresponden, son los padres de su amiga Polly, hermosa como un ángel y más fría que un pez. La dominante, egoísta y mundana madre de Polly, lady Montdore, se desespera al ver que su hija boicotea pasivamente sus esfuerzos para encontrarle un buen partido. Mediada la novela, sin embargo, Polly dará un golpe de efecto que, aunque desvela el misterio de sus pasiones, provoca un conflicto familiar todavía más grave que el de su aparente frigidez. El conflicto tendrá tales consecuencias familiares que Polly abandonará Inglaterra, desheredada.

Por lo dicho hasta ahora, los amantes de Jane Austen pensarán que aquí no hay nada nuevo, pero lo cierto es que tan revolucionaria fue Austen aventurando un orden social y sentimental distinto, en el que las barreras entre la hidalguía y la nobleza se podían superar gracias al matrimonio por amor, como Mitford cuando denuncia la perpetuación del orden patriarcal con el cuento del príncipe azul. En palabras de Fanny, ya casada y dedicada por entero a crear hogar: "Claro está que yo ya me había arrojado desde ese borde y que ya nadaba en un mar azul de ilusiones, rumbo, supongo, a las islas de la dicha, aunque en realidad fuese rumbo a la domesticidad, la maternidad y la suerte habitual de las mujeres".

Y no es el único valor de Amor en clima frío. Además del realismo con que aparece representada la cultura de la aristocracia inglesa antes de la Segunda Guerra Mundial -la novela está ambientada durante la Gran Depresión que, claro está, apenas afecta a estos caracteres-, también atestigua su finura para el retrato. Ahí están lady Montdore, con su esnobismo sin tasa y su amor por "todo esto" -los privilegios que le rodean-; la misma Polly, impasible hasta que se casa; Norma Boreley, la aburrida maledicente y constante paseadora de perros; o Cedric, el heredero al título y a los bienes raíces de los Montdore, un canadiense encantador, homosexual e hiperactivo que servirá de bálsamo social para curar a la abandonada madre de la protagonista. Al igual que Evelyn Waugh o Anthony Powell, Mitford derrocha ingenio y sentido del humor, tal vez con una mirada femenina que resulta menos condescendiente con la estupidez o la vanidad, y que tampoco necesita recurrir a la sátira despiadada porque aprecia la medida en que ambas son humanas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de octubre de 2006

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