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Crítica:

Caza sutil para escribir un diario

El escritor alemán Ernst Jünger murió ya centenario y fue uno de los grandes testigos intelectuales del siglo XX. En esta entrega de sus memorias, y cual si fuera un entomólogo, un octogenario pero muy activo Jünger viaja por lugares como Marruecos, Liberia, Sicilia, Grecia o Egipto en busca de personas, paisajes e impresiones en un recorrido al estilo clásico y geográfico y espiritual al mismo tiempo.

El tiempo ha puesto sus diarios en el centro de la labor literaria de Jünger, desplazando acaso novelas y ensayos a los que suele lastrar un exceso de analogías. Y cada vez que uno lee alguno de sus volúmenes nuevos, la perplejidad se confirma, pues pocos libros resultan tan estimulantes, tan extraños y... tan discutibles. A Jünger se le podría rebatir mucho de lo que dice, y sin embargo queda uno atrapado en esa retícula o tela de araña de vivencias, opiniones y juicios que hace tan sugestivos el tono en que están formulados. Tanto como lo que se cuenta en un diario, es importante el tono.

El de Jünger es, cierto, un tanto facultativo y áulico, pero también asequible y ameno.

Claro que aparte del tono, está la temperatura, no menos decisiva. La de su escritura es, desde luego, ártica. Incluso en su ensayo Sobre el dolor, se duele en frío. No podría ser de otro modo en quien habló ya en los años treinta, peligrosamente, de un "corazón aventurero" y belicoso que agita la bandera del nihilismo tecnorrevolucionario. Lo denunciaron en su día Heidegger, Mann o su propio hermano. Puede oírse aún en el papel el rasgueo de su plumín de acero al escribir: "No nos pararemos en ningún lugar donde el lanzallamas no haya realizado la gran purificación a través de la nada".

PASADOS LOS SETENTA. DIARIOS (1971-1980)

Ernst Jünger

Traducción de Isabel Hernández

Tusquets. Barcelona, 2006

573 páginas. 24 euros

Resistiéndose a comprender

la dimensión ética del eterno retorno y la insistencia de los valores (que sigue discutiendo en este tomo), una vez más se parapeta en su biologismo a ultranza.

No obstante hubiera resultado harto difícil escribir un diario de la nada o de nada. Lo más próximo a la nada es el fragmento, y por esa razón los diarios suelen tener ese carácter atomizado, minucioso. Quizá porque el diario es a la literatura lo que el documental al cine. Cuando escribió este que se publica ahora, de 1971 a 1980, Jünger, que llegaría a centenario, anda alrededor de los ochenta y goza de una salud olímpica e incombustible, viaja por todo el mundo y no tiene inconveniente en beberse una botella de vino mientras cena. Sus facultades mentales se han acrecentado aún más si cabe: no hay un solo asunto del pasado o del presente, de la filosofía, las artes o la ciencia por el que no muestre una curiosidad insaciable y a menudo una gran sagacidad. No se priva ni siquiera de contar los sueños que tiene cada noche. Sabe de todo, tiene una memoria prodigiosa, lee, o mejor estudia, en unas cuantas lenguas vivas y muertas doscientos libros al año (ha leído ya miles) y mantiene correspondencia con lo más granado de la intelectualidad europea de ese momento, Léautaud, Jouhandeau, Magritte, Cioran, Mircea Eliade, Heidegger, Benn...

Es, en fin, lo más parecido a un Goethe del siglo XX, sólo que sin romanticismo, sin el hilo de su poesía; lo que podría llamarse un modisto de Alta Cultura, ésa en la que la solidez de los conocimientos se combina con la audacia de lo impensable: "Kuehnelt-Leddih, igual que don Quijote o Donoso Cortés, lucha en vano contra el tiempo".

¿Quién, aunque no sea Donoso Cortés, no lucha sutilmente contra el tiempo?

Caza sutil llaman los entomólogos, entre cuyos sabios chiflados se cuenta como es sabido Jünger, a la búsqueda de insectos, orugas y mariposas, y eso que vale para la entomología, que es una especie de filatelia con patas, valdría igualmente para la escritura de los diarios. Todo lo oscura que es la existencia de sus tenebrosos coleópteros, es deslumbrante y contradictoria en la de Jünger, que si escribe que "hoy una alabanza es lo que más puede perjudicarnos", no desoye la llamada del ministro de turno que quiere condecorarle (con el Schiller, o cualquiera de los muchos premios que recoge en este tomo). La caza sutil le hace viajar reiteradamente a lugares cuyos nombres exotizarían la portada de cualquier libro: Agadir, Monrovia, Malta, Taormina, Corfú, Siracusa, Alejandría... Jünger atraviesa esos lugares del mismo modo que el tiempo le atraviesa a él: como la luz un cristal. Sí, es un viajero clásico, no presupone nada ni nada le sorprende.

Parece preparado en todo momento para un exceso (y quizá eso le llevó a sus experiencias con el LSD): el mundo, viene a decirnos, empieza siempre con cada uno de nosotros.

Se diría también que sólo le interesa el principio, y quizá por ello mira con tanta indiferencia cualquier asunto trascendente. ¿Ésa es la razón por la que fue un coleccionista compulsivo (de nombres prestigiosos, de citas, de autógrafos de suicidas, de objetos, de coleópteros)? Su estado natural, en reposo o en movimiento, es el pensar taxonómico. No en vano es entomólogo, y si se sorprende ante el epitafio que figura en la tumba de otro de los preciosos coleópteros de su colección, Kazantzakis ("Nada espero, nada temo, libre soy"), no deja de anotar en su cuaderno el aterrador apotegma del padre Lacordaire: "La libertad oprime, la ley protege", convencido de que "haría buen efecto a la entrada de un Parlamento".

Extraño, estimulante, contradictorio es siempre Ernst Jünger, del que podríamos decir lo que él afirmó de su antiguo jefe de tropa: "Buen guerrero, mal soldado. Una vez desertó; yo tenía mucho trato con él, excepto en tierra de nadie". Claro que no deja de ser inquietante saber que la literatura, en tanto que vida y como la propia vida, es tierra de nadie.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de octubre de 2006

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