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Editorial:

Libro Blanco, en negro

Ayer tenía que haber sido un día notable para la redefinición de la política militar de la Alemania unificada. Sin embargo, la presentación del Libro Blanco para la política de seguridad, pactado entre democristianos y socialdemócratas, quedó manchada y tapada por el escándalo de unas fotos de soldados alemanes que profanan un cadáver

en Afganistán en 2003 y realizan gestos obscenos con una calavera. A ello se suma el anuncio de la apertura de una comisión de investigación sobre el caso de Murat Kurnaz, ciudadano turco residente en Alemania, detenido en Pakistán y trasladado a la ciudad afgana de Kandahar, donde asegura que fue maltratado por soldados de las fuerzas especiales alemanas

de la KSK (Komando-Spezialkräfte), antes de ser llevado a Guantánamo en un vuelo secreto, y finalmente puesto en libertad el pasado verano sin cargos.

Todos los países deben ser escrupulosos con el comportamiento de sus militares, y el escándalo que se ha montado en Alemania tras la publicación de las fotos por el diario popular Bild indica que ni el Gobierno ni la sociedad están dispuestos a tolerar abusos de sus soldados. Menos aún cuando el papel militar en el mundo de Alemania ha ido creciendo desde la unificación. Si al principio había reticencias, en razón del pasado, a enviar soldados a los Balcanes, hoy Alemania está militarmente presente, con más de 8.000 soldados en Afganistán, los Balcanes, África y Oriente Próximo.

La reflexión sobre este papel era algo necesario. El Libro Blanco, sin embargo, carece de precisión. Pero apunta dos cosas importantes. La primera es que, ante las amenazas terroristas contra Alemania, quizá la policía no baste, por lo que hay que prever un papel interno para las Fuerzas Armadas. En segundo lugar, Berlín tendrá mayor participación en operaciones en el extranjero de carácter multilateral. Cabe subrayar que, aunque menciona a la OTAN, la UE, la ONU y la relación bilateral con Francia, no específica ninguna prioridad respecto a estos posibles marcos de acción.

Sumando el papel interno y el externo, más el hecho de que sólo gasta un 1,4% del PIB en defensa, se deduce que por ahora el Gobierno no se plantea suprimir el servicio militar. Que sea uno de los pocos ejércitos europeos no profesionales en su totalidad no cambia en nada el carácter condenable de lo ocurrido en Afganistán. La nueva Alemania es consciente de que tiene que velar por un comportamiento absolutamente correcto de sus soldados

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* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de octubre de 2006