_
_
_
_
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Encauzar al México bronco

La democracia parlamentaria, esa forma de democracia que se ha impuesto en el mundo occidental, es una planta frágil, de adaptación lenta y de arraigamiento difícil en los países de desarrollo intermedio, en especial en aquellos de ciudadanía precaria y escasamente ejercida, con una estructura social fracturada y con fuertes núcleos conflictivos. Éste es el caso del área latinoamericana, cuyo decurso democrático se ha caracterizado por sus constantes vaivenes institucionales y por la extrema discontinuidad de sus regímenes políticos.

La vida política de ese gran país, bisagra en América entre el Norte y el Sur, que es México, ejemplar en sus logros y en sus carencias, acaba de ofrecernos en su último avatar electoral una ilustración paradigmática de la realidad a que me estoy refiriendo. Es evidente que nuestras democracias de partidos fundan su legitimidad, más allá de su proclamada identificación con los derechos humanos, en la integridad de la oferta electoral y de sus actores políticos, en la transparencia y regularidad del proceso electivo y en la resultante alternancia de los Gobiernos.

Es fundamental incorporar a la izquierda política del país, institucionalizarla

Las recientes elecciones presidenciales, alabadas por el establishment pero fuertemente contestadas por el PRD y por casi la mitad de los mexicanos, han aumentado la desconfianza hacia el Gobierno de una parte importante de la ciudadanía y fragilizado aún más la gobernabilidad del país. Pues sin haber recurrido a las bochornosas manipulaciones de la época del PRI, y en ese sentido ha habido un avance, sin embargo, la feroz campaña contra López Obrador, y en particular la movilización contra él de la clase dominante y de la derecha en el poder, con el presidente Fox a su cabeza, hacen difícil excluir categóricamente el fraude. Sobre todo por la no razonada negativa del Tribunal Electoral para proceder a un recuento de votos a pesar de que la petición estuviera apoyada por muchas personas y organizaciones que solicitaron del Instituto Federal Electoral el acceso a las papeletas de la elección. Oponer a esta voluntad ciudadana la inapelabilidad de las decisiones del Tribunal Electoral y su inatacable neutralidad judicial es olvidar la politización actual de las magistraturas en casi todos los países entre los cuales España se lleva seguramente la palma.

En cualquier caso López Obrador, escarmentado por la impunidad jurídica y política de los fraudes electorales anteriores, y tomando pie en el 49% de los mexicanos que consideraron que las elecciones no fueron limpias, en los 15 millones que le votaron, en la muy escasa diferencia (0,56 %) de votos con el ganador y en la importante representación de que dispone en el Congreso y entre los gobernadores del Estado, decide no aceptar la decisión del Tribunal y autoconstituirse en presidente legítimo. Desde esa opción, lanza un movimiento de resistencia civil pacífica y apuntando a un Gobierno paralelo se propone llevar a término la iniciada transición democrática, dotando al país de un nuevo marco político-institucional -andamiaje le llama Porfirio Muñoz Ledo, canciller en la sombra- que corresponda a la situación del país y a lo que muchos en México reclaman. El candidato del PRD rompe la baraja y eso suscita muchas reacciones adversas entre las gentes de orden, pero más que por el fondo por los modos abruptos en que se produce. Pero ¿y si esa radicalidad modal, que es ridículo atribuir a despecho, respondiera a la fidelidad de AMLO a las expectativas de su electorado y a su voluntad de imponer el planteamiento político y la andadura pacífica a sus núcleos más extremos? ¿Y si fuera una rienda más que una espuela para las impaciencias violentas de quienes exigen cambios totales e inmediatos? Sergio Alonso Quezada, en este mismo diario (13 septiembre de 2006) insistía en las rupturas de la sociedad mexicana que a los españoles nos hacen pensar en nuestras dos Españas.

Para evitar que se multipliquen las Oaxacas y que el antagonismo se perpetúe, que el México bronco al que se refería don Jesús Reyes Heroles agoste la siembra democrática de los últimos 20 años, es fundamental incorporar a la izquierda política del país, institucionalizarla, en lugar de seguir cerrándole todos los accesos pacíficos al poder.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Suscríbete

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_