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Reportaje:HISTORIA

Mussolini se agita en su tumba

La petición de exhumación del cadáver del 'duce' saca a la luz los enigmas de su muerte

Benito Mussolini, primer ministro y dictador de Italia, fue ejecutado a tiros el 28 de abril de 1945 cerca de Como, entre Milán y la frontera suiza. Su cadáver fue trasladado a Milán junto al de su amante, Claretta Petacci, y escarnecido por la multitud. Luego fue enterrado en una tumba sin nombre, robado su cuerpo poco después por nostálgicos del fascismo, escondido gracias a un pacto entre el Gobierno democrático y la Iglesia católica en un monasterio de frailes capuchinos, y al fin, en 1957, devuelto a su familia. Hoy se encuentra en el cementerio de San Cassiano in Pennino. Esto es lo que se sabe con certeza.

Sobre los autores de la ejecución y las circunstancias de la misma flota todavía, pasados 60 años, un espeso misterio. Guido Mussolini, nieto del duce, ha solicitado a la Fiscalía de Como la exhumación del cadáver para tratar de descubrir la identidad de "los asesinos" y para poner al descubierto "las cerdadas de los partisanos".

Los cuerpos de Mussolini, Clara Petacci y cinco jerarcas fascistas fueron colgados, tiroteados, orinados, escupidos y golpeados por la multitud

La Fiscalía de Como ha abierto un expediente, pero duda de que la petición prospere, dadas las numerosas amnistías aplicadas sobre la turbulenta fase final de la guerra en Italia. Parte de la familia Mussolini, encabezada por la nieta Alessandra, se opone rotundamente a la iniciativa. "Mi abuela Raquel, esposa del duce, dijo a mi padre Romano: 'Entrego a la historia el cadáver de mi marido Benito tal como me lo ha entregado a mí el Estado italiano, para que nadie pueda seguir tocándolo", declara la eurodiputada ultraderechista. "Está en un cajón cerrado en la cripta familiar y dentro hay una carta escrita por mi abuela. La verdad, si llega a conocerse, corresponde a los historiadores. Mi padre me contó, además, que hay documentos secretos en el Vaticano", agrega Alessandra.

En busca de la verdad

Guido Mussolini, de 69 años, cuatro hijos, empleado en una fábrica de quesos, no cede. Según él, hay un documento que puede revelar la verdad: "Una filmación de dos minutos que recoge el final de Benito Mussolini, guardada en un archivo privado de Washington". Guido y sus abogados, Luciano Randazzo y Carlo Morganti, confían en conseguir esa supuesta filmación y reabrir un caso nunca del todo cerrado. "No quiero venganzas políticas; sólo soy un nieto que quiere saber cómo murió su abuelo", afirma Guido. "No me interesa que las responsabilidades penales hayan prescrito: para la verdad no existe prescripción".

La verdad oficial de los últimos días de Benito Mussolini comienza el 25 de abril de 1945, cuando el duce, con los aliados llegando desde el sur y caído el reducto fascista de la República Social Italiana de Saló, abandona Milán en dirección a Suiza. Le acompaña su amante, la actriz Claretta Petacci. Ambos pasan la noche en un caserío de Menaggio y el 26 por la mañana reemprenden el viaje. El dictador se disfraza de nazi y sube a un camión alemán, mezclado con los soldados. El 27 de abril, una patrulla de partisanos detiene el convoy alemán. Uno de los partisanos, apodado Bill, reconoce a Mussolini y lo captura.

Según la verdad oficial, el general Raffaele Cadorna, comandante del Cuerpo de Voluntarios de la Libertad, dio esa noche por teléfono la orden de ejecución tras un "juicio sumarísimo". El 28, alrededor de las cuatro de la tarde, un partisano llamado coronel Valerio cumplió la orden y ametralló a Mussolini. Por razones desconocidas, Petacci fue también ejecutada.

¿Quién era el coronel Valerio? Walter Audisio, diputado del Partido Comunista, reconoció en los años sesenta que Valerio era él y que había disparado a Mussolini. Explicó que se encasquillaron su metralleta y su pistola, y tuvo que utilizar el arma de Michele Moretti, uno de los dos partisanos que le acompañaban. Audisio, hombre apacible, contable, dio al menos cuatro versiones distintas, incurrió en contradicciones y demostró recordar muy mal aquel día. Su confesión suscitó dudas.

Algunos no creían que el general Cadorna tuviera autoridad para ordenar la ejecución de Mussolini, violando los términos del armisticio firmado con los aliados, que establecía la entrega de Mussolini, vivo, a las autoridades militares estadounidenses. La auténtica autoridad de los partisanos en la zona residía en hombres como el socialista Sandro Pertini (futuro presidente de la República) o el comunista Luigi Longo (futuro secretario nacional del PCI). Algunos investigadores consideraron que ambos podían haber decidido la ejecución sumaria y ejecutarla personalmente. La posterior relevancia de Pertini y Longo explicaría, en tal caso, que se atribuyera la responsabilidad al fallecido general Cadorna y al modesto militante Audisio.

El diputado comunista Massimo Caprara, secretario de Palmiro Togliatti (máximo dirigente del PCI), afirmó que el ejecutor real fue un tal Aldo Lampredi, funcionario del Komintern a las órdenes de Moscú. Otra versión atribuyó la ejecución a un tal Max Salvadori, agente enviado por Winston Churchill para recuperar los documentos que demostraban los contactos entre Mussolini y el primer ministro británico. Los archivos privados de Mussolini nunca aparecieron.

Sí se sabe con certeza lo que ocurrió con el cadáver de Mussolini. Un grupo de partisanos lo llevó de madrugada a la plaza Loreto de Milán, donde dos semanas antes los alemanes habían fusilado a 15 miembros de la resistencia. A las once, los cuerpos de Mussolini, Claretta Petacci y cinco jerarcas fascistas fueron colgados en una gasolinera. Los cadáveres fueron tiroteados, orinados, escupidos y golpeados por la multitud.

Tras la autopsia, que certificó la defunción por rotura de la aorta a causa de un disparo, lo que quedaba de Benito Mussolini fue enterrado en el cementerio Mayor de Milán, en una tumba anónima identificada con el número 384. En la noche del 23 de abril de 1946, un año después, tres simpatizantes del fascismo robaron el cadáver, pero no supieron qué hacer con él. El cadáver rondó por Milán durante dos semanas, oculto en el maletero de un coche. El 7 de mayo uno de los ladrones, Domenico Leccisi, entregó el cuerpo, metido en una caja diminuta (los restos perdieron dedos y otros fragmentos), al padre Parini, del convento de Sant'Angelo. El sacerdote informó al cabo de un cierto tiempo al arzobispo de Milán, cardenal Ildefonso Schuster, y éste al Gobierno. La iglesia y las autoridades civiles decidieron esconder el cadáver en el convento capuchino de Cerro Maggiore, cerca de Legnano. El superior lo ocultó bajo un altar y luego, a causa del mal olor, en un armario.

Allí permaneció hasta 1957, cuando el Gobierno consideró que había llegado el momento de devolver los restos a la familia. Fue definitivamente enterrado en el cementerio de San Cassiano. Ahora espera la decisión de la Fiscalía de Como.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de septiembre de 2006