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Reportaje:VUELTA 2006 | Decimoquinta etapa

Un 'sprint', una curva y una mano rota

Rabioso por no haber ganado, Petacchi se parte un dedo al dar un puñetazo a su autobús

Hay jefes de prensa y jefes de prensa.

Pascale, rubia, belga, políglota y comisaria de la UCI, todo incluido en un cuerpo menudo, lee El noble arte del insulto, opúsculo del chino Liang Shiquiu, que no trata de lo que dice el título, sino de cómo manejar las discusiones de palabra, y alecciona a Alejandro Valverde, su cliente principal, un ciclista tan ingenuo a pie como asesino sobre la bicicleta. Se trata de buscar un equilibrio entre la llaneza con que se maneja en las entrevistas y el instinto matador que le convierte en un adversario temible en carrera. Se trata de que parte de la malicia que despliega dando pedales el prodigio de Murcia -la rabia que le sirvió de combustible, por ejemplo, el sábado en la contrarreloj de Cuenca, la rabia interna que le invadió cuando leyó que Vinokúrov pensaba sacarle un minuto: se va a enterar éste de lo que vale un peine, pensó, y no dijo, el murciano- se transfiera a su personal apacibilidad de comportamiento.

Andrea Agostini, fuerte, sólido, italiano que fue un veloz sprinter como amateur, amigo y compañero de equipo de Pantani, que le lanzaba en las llegadas, recorre en bicicleta los últimos 45 kilómetros de cada etapa llana para pasarle el informe a su patrón, Alessandro Petacchi. Se trata de que el mejor sprinter de la última generación tenga todos los datos, todas las sensaciones, todos los detalles, para poder desarrollar al máximo su arte. Visto lo que sucedió en la llegada de ayer en la fábrica Ford, una larga recta que, insidiosamente, estúpidamente, se convertía en curva a falta de 150 metros para la llegada, y visto lo que sucedió después, en el parking de los autobuses de los equipos, quizás mejor habría hecho Agostini proveyendo a su jefe de una copia de El arte del insulto, o de cualquier otro libro que ayude a gestionar, a dirigir la rabia, a transformarla en infinita sutileza, que de más información sobre las llegadas: el conocimiento perfecto de la última curva no le evitó al velocista italiano verse encerrado por la pareja del Lampre Corioni-Napolitano, en el giro decisivo. Así, el día marcado por Petacchi para su renacimiento triunfador después de la rotura de rodilla sufrida en el Giro, el día de la llegada ideal para sus dotes de corredor que necesita grandes espacios para desarrollar la máxima velocidad, se convirtió en el día de frustración. En el día de rabia.

Ganó el sprint por delante de un pelotón despedazado, roto en la última recta, azotado por el viento, un alemán llamado Robert Forster, de 28 años, sprinter cuyo mayor éxito hasta el momento es la victoria en la última etapa del pasado Giro y que defiende los colores de una marca de agua mineral alemana, lo que quizás incrementó la furia de Petacchi, a quien le paga una firma de leche alemana también.

El caso es que, como Olazábal cuando quedó eliminado del Open de Estados Unidos de 1999, Petacchi llegó hasta el autobús azul del Milram, su equipo, y cuando estaba a la altura de la puerta descargó sobre la chapa un tremendo puñetazo. ¡Aaaaayyyyy! Al autobús no le pasó nada, pero la mano derecha del ciclista se hinchó como un globo al instante. E, inmediatamente, mientras el médico del equipo se afanaba en romper hielo para ponerle una bolsa como un molde entre los nudillos, las lamentaciones. "Lo siento, lo siento", dijo Petacchi, a cuyo alrededor se había construido este año su equipo, el Milram. "Estaba hecho una furia porque, después de haber estado parado tantos meses, tenía la posibilidad real de volver a ganar. A toda costa quería darle un sentido a una temporada destruida por la mala suerte del Giro. De todas maneras, reconozco que ha sido un gesto estúpido y pido excusas a mis compañeros y a los directivos del equipo. La rabia era tal que no he logrado controlarme. En el fondo, soy un hombre, no una máquina". Junto al autobús, qué escándalo, rápidamente se estacionaron tres ambulancias, qué dispendio. El ciclista sólo necesitó una para llegar a un hospital de Valencia donde una radiografía reveló la rotura del cuello del metacarpiano del dedo meñique de la mano derecha.

Y aunque voló ayer con el resto de corredores de la Vuelta, no tantos, pues unos cuantos, como Cancellara o Rebellin, se han retirado para preparar mejor el Mundial, desde Valencia hasta Almería, donde hoy descansa la carrera, no es seguro que mañana Petacchi salga a disputar la etapa del Calar Alto, la primera de las tres de montaña que ya veremos si aclaran la prueba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de septiembre de 2006