MIRADOR
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Por una emperatriz

Ya en el siglo XIX, Japón fue el primer gran país asiático en introducir reformas para reducir su distancia respecto a Europa. Tras su derrota en la II Guerra Mundial, esas reformas se ampliaron para incluir la democracia. Los japoneses lo han conseguido manteniendo un gran apego a sus ricas tradiciones, lo que resulta admirable. Sin embargo, no lo es tanto el retraso de ese país en igualar plenamente la situación de la mujer a la del varón, un retraso que se ha evidenciado con las dudas y angustias provocadas por el hecho de que los dos primeros hijos de la princesa Kiko, nuera del emperador, fueran niñas.

El que ningún varón hubiera nacido en el seno de la familia imperial desde 1965 había incluso suscitado dudas sobre la continuidad de la dinastía en la jefatura del Estado. Todo antes que reformar la Ley de Sucesión Imperial, que impide a las mujeres acceder al Trono del Crisantemo.

Algunos sectores menos conservadores habían propuesto reformar esa ley y permitir así que la hija del príncipe Naruhito y la princesa Masako pudiera convertirse en el futuro en la primera emperatriz de Japón. Pero no habían conseguido forjar una mayoría entre la opinión pública de Japón. Ahora, esa mayoría conservadora, tranquilizada por el nacimiento de un varón en la familia imperial, ha aplazado sine die el debate sobre la reforma de la ley sálica japonesa. Mal.

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El caso japonés no deja de tener algunos puntos en común con el español, pero entre ambos hay una gran diferencia: una amplísima mayoría de las fuerzas políticas y, sobre todo, de la opinión pública es partidaria en nuestro país de reformar la Constitución para permitir que la infanta Leonor, hija de los príncipes de Asturias, pueda reinar algún día.

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