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Editorial:

El exceso de Obrador

El candidato izquierdista a las elecciones presidenciales mexicanas Andrés Manuel López Obrador, no sólo ha perdido la cita con las urnas de julio, aunque por el muy estrecho margen de votos del 0,58%, sino también todo grado de mesura y madurez política y, cada vez con mayor seguridad, toda posibilidad de volver a ser candidato a la jefatura del Estado de un país serio con la historia, el peso y la dignidad de México.

El espectáculo ofrecido el viernes en el Parlamento mexicano por los miembros del Partido de la Revolución Democrática (PRD) de López Obrador al impedir físicamente al saliente presidente de la República, Vicente Fox, que leyera su informe anual del Gobierno es un paso más del líder izquierdista hacia su fracaso y automarginación de todo proceso democrático en el futuro. El daño que López Obrador está infligiendo a la izquierda democrática mexicana es incalculable. Las últimas encuestas revelan que de celebrarse hoy elecciones, aquel exiguo medio punto de ventaja obtenido por Felipe Calderón podría ser ahora de 12 o 13 puntos.

Quien, como hizo López Obrador el viernes, manda "al diablo las instituciones" y las tacha a todas de caducas, corruptas e inservibles, se descalifica para presidirlas, y no sólo en este mandato que el voto le ha negado, sino también en los futuros. México ha luchado mucho por el crecimiento, solidez y mejora de sus instituciones democráticas como para sacrificarlas por la obcecación de quien parece presa de puro resentimiento. Lo que intentó en un principio con concentraciones callejeras, bloqueos urbanos, amenazas a los jueces e intimidaciones a la junta electoral ha acabado, fatídicamente, en un acto de coacción contra la cámara parlamentaria y el presidente saliente. Ningún país democrático quiere ver su Parlamento, donde reside la soberanía popular, rodeado de miles de agentes de seguridad, como sucedió el viernes en previsión de incidentes, pero eso no justifica, como pretendieron los diputados del PRD, el boicoteo sufrido por el presidente Fox, que tuvo que abandonar la cámara sin poder ejercer su derecho y deber de exponer su último informe de Gobierno, algo insólito en la democracia mexicana.

La deriva antisistema a la que parece haberse entregado ya definitivamente López Obrador no puede poner en peligro las instituciones democráticas mexicanas ni la madurez de una ciudadanía volcada en la lucha por la modernidad, el progreso y el respeto a las leyes. Se equivoca el candidato izquierdista cuando intenta evocar fantasmas del pasado al sugerir tentaciones represivas del Ejército o la policía mexicanos. México quiere estar a años luz de aquellos escenarios. Precisamente el comportamiento -impecable en su eficiencia, moderación y criterio- en estos dos meses de todos los estamentos e instituciones, incluidas las armadas, revela lo inútil del insensato populismo radical de López Obrador. El Tribunal Electoral ha fallado que ha perdido las elecciones. Su desmesura está fuera de tiempo y de lugar en el México moderno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de septiembre de 2006