Reportaje:ESCAPADAS | Santa María de Huerta

Monje pobre, monasterio rico

En 1098, varios monjes dejan la comunidad cluniacense de Molesmes y se establecen en otro lugar de la Borgoña francesa llamado Císter, con la intención de llevar una vida más pobre. No mucho después, hacia 1150, los humildes cistercienses fundan en el sureste de Soria Santa María de Huerta, un monasterio magnífico, de cinco cogullas, en el que, entre otras holguras, hay un alto comedor de 330 metros cuadrados, con gran rosetón, bóvedas sexpartitas y 20 ventanales abocinados. Tenía hasta vidrieras de Flandes, pero a Felipe II, en una de sus visitas, le pareció ya demasiada contradicción y las mandó desmontar.

De tiempos del rey prudente, precisamente, es el claustro herreriano, por el que comienza la visita al monasterio. Luego se recorre la iglesia, obra iniciada en 1179, donde la piedra se muestra desnuda, apenas sin decorar, en un alarde de austeridad típico del Císter que, paradójicamente, da al templo un aspecto pulcro, reluciente, de lujo. Y, a continuación, se ve el claustro gótico, también conocido como de los Caballeros, pues bajo sus bóvedas de crucería se hicieron enterrar varios condes de Molina, y no ciertamente sin pagar.

Benefactores rumbosos no debieron faltarle nunca al monasterio, a juzgar por la parte alta del claustro, de suntuoso estilo plateresco. Pero la palma de la majestuosidad se la lleva el refectorio o comedor de los monjes, una pieza construida a principios del siglo XIII, de 34 metros de largo por casi 10 de ancho y 15 de alto, que se sostiene -tal es el poder y la gracia de sus bóvedas- sin necesidad de columnas. Justo al lado está la monumental cocina gótica, con una chimenea central cuadrada de 3,30 metros de lado, más apta para aderezar un banquete vikingo que una parva comida monacal.

Cierran la visita dos de las dependencias más curiosas del cenobio, y las más primitivas, ambas del siglo XII: la cilla, una despensa grande como una casa, con una techumbre de madera que, según los entendidos, es el alfarje más antiguo de España; y el refectorio de los conversos, una hermosa sala dividida en dos naves por cinco columnas románico-mudéjares donde comían y reposaban los legos que estaban al servicio de los monjes.

Desamortizado en 1835, el monasterio fue repoblado tras casi un siglo de abandono por monjes de la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia, que aún lo habitan, en un número aproximado de 20. Para convivir con ellos, y adentrarse en los misterios de la existencia contemplativa, hay una hospedería mixta. Conviene reservar con semanas de antelación e ir practicando en casa, pues los monjes se levantan a las 4.40.

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