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Reportaje:EL TURISTA INDISCRETO

El Caribe gallego, a las puertas de Vigo

Las islas Cíes reúnen todos los atractivos posibles, desde los grandes arenales a los acantilados cortados a pico

Aguas transparentes color turquesa. Playas de arena fina que cruje bajo los pies. Bosques que llegan hasta los arenales. Todos los elementos de una postal de los mares del Sur, hechos realidad en plena ría de Vigo, en las Cíes. Tres islas que son Parque Natural desde 1980 y a las que se puede llegar en apenas una hora, desde Vigo, Baiona o Cangas, (16,50 euros ida y vuelta) de junio a septiembre y los fines de semana que el mar lo permite. La afluencia diaria está limitada a 2.200 visitantes.

Las Cíes son la isla de Monteagudo o del Norte, la del Faro o del Medio y la de San Martiño o del Sur. Pero a efectos prácticos son dos, Monteagudo y Faro (a la de San Martiño no hay transporte público), que en realidad se pueden considerar una porque están unidas por un arenal y un dique.

Estuvieron habitadas intermitentemente desde 1200 antes de Cristo hasta 1970, y los sucesivos pobladores soportaron cercos de Julio César y de Drake, invasiones vikingas y desembarcos piratas. A los últimos, granjeros, trabajadores de dos fábricas de salazón y un destacamento de carabineros, los desalentó la soledad. Hoy, es un sitio ideal para los amantes de los parajes vírgenes y para los adolescentes de la zona un lugar donde celebrar ritos iniciáticos a resguardo de la autoridad paterna.

Al llegar al muelle de Rodas en la isla del Norte, lo que se ve desde la borda parece un puerto de una novela de Joseph Conrad. Una franja de agua azul vivo en la que están fondeados varios veleros y unos arenales blancos y una masa arbórea coronada por unos picos rocosos. Detrás del muelle está uno de los dos restaurantes de las Cíes y, un poco más allá, un extraño y enorme monolito de aspecto ominoso. Se trata de una especie de reliquia de un culto antiguo: honra la memoria de Franco.

Para los que buscan playa, allí mismo empieza el enorme arenal de Rodas, y detrás está el Lago dos Nenos, una extensión de agua tranquila y poco profunda, perfecta para los niños o para observar peces. Recorriendo los senderos se pueden ver dos faros, un castro prerromano, un altar druídico y restos de las actividades productivas del siglo XIX.

Si la costa Este es el Caribe con pinos y eucaliptos en vez de cocoteros, la Oeste que enfrenta el Atlántico, recuerda al mar del Norte. Acantilados cortados a pico, a cuyo pie las olas excavan cuevas llamadas furnas, y en los que anidan miles de aves. Tomando el desvío a la Pedra da Campá, se llega a una zona de matorrales y peñascos en la que las gaviotas adoptan poses vigilantes y parecen alertarse intercambiando chillidos. Por fin, al lado de la piedra en forma de campana, y con el sonido ambiente de Los pájaros (Hitchcock, 1963) se puede disfrutar de una panorámica casi completa de las islas del Medio y del Norte. Es una pena que, a pesar de toda la imagen caribeña, el agua de las Cíes, incluso para los parámetros gallegos, esté realmente helada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 18 de agosto de 2006