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¿Quién quema Galicia?

La región arde por los cuatro costados, pero la 'cultura del fuego' no explica por sí sola la catástrofe

En una semana ha ardido más superficie de arboleda y monte bajo en Galicia que en todo 2005. Un dato marcado por la tragedia -tres muertos hasta el jueves- que no se explica sólo por la tradicional 'cultura del fuego' en la región. ¿Por qué arde Galicia? ¿Hay tras los incendios una mano negra o sólo perturbados, resentidos y buscadores de pastos para el ganado? Muchas hipótesis, pero pocas certezas.

Galicia arde por los cuatro costados. La ola de fuego estalló el 4 de agosto. Ese día, además, el fuego causó la muerte a Marisa Castro Golmar, enfermera viguesa de 50 años, y a su madre, Celia Golmar Otero, de 75. Perecieron carbonizadas cuando circulaban en su coche por una carretera nacional próxima a Cerdedo (Pontevedra). Horas después, Manuel Parada, de 74 años, falleció en la misma zona cuando participaba en labores de extinción. Y esas muertes activaron las alarmas.

Los tres cadáveres fueron como una premonición de la catástrofe que se avecinaba. Desde entonces, la situación se ha vuelto irrespirable, no sólo por el humo y las pavesas que infectan el campo y las ciudades gallegas, sino porque además ha desatado el enésimo choque frontal entre el PSOE y el PP. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, interrumpió el miércoles sus vacaciones en Lanzarote y se trasladó a la castigada región casi al mismo tiempo que el líder del PP, Mariano Rajoy, le acusaba de permanecer impasible en bañador ante la crisis. Se empezó a hablar de "terrorismo incendiario". Y a buscar la respuesta a una pregunta aparentemente muy simple pero que no lo era tanto: ¿Por qué arde Galicia?

La ola de fuego estalló el 4 de agosto. Ese día perecieron carbonizadas una madre y su hija en una carretera nacional

¿Qué tienen de especial los fuegos que asolan Galicia? "Que, en contra de lo habitual, se parecen mucho a los del Mediterráneo", señala el fiscal

Más de 7.000 hombres y 60 aeronaves participan en las tareas de prevención y extinción de incendios por las cuatro provincias gallegas

Un jefe de policía admite la posibilidad de que los pirómanos detenidos -la mayoría, dementes- sean sólo el brazo ejecutor de alguien más inteligente

Dirigentes políticos recuerdan que está en vigor una ley que impide la recalificación urbanística, durante 30 años, de zonas arrasadas por el fuego

Desde que comenzó agosto, las llamas han devorado más de 15.000 hectáreas de arboleda y monte bajo. Toda la región está salpicada de incendios y su característico tapiz verde se ha tornado en negro, cubierto de humo y cenizas. Como si una jauría de pirómanos enloquecidos acordase arrasar todo lo que encuentra a su paso. Los fuegos forestales son la noticia habitual del verano, pero esta vez la situación es extremadamente grave. ¿Qué tiene de peculiar respecto a años anteriores? Fundamentalmente, dos cosas: que en sólo seis días se ha quemado en Galicia el doble de lo que ardió durante todo 2005, y que en esta ocasión el fuego se ha cebado en la zona costera, donde se concentra la mayor presión urbanística.

La 'cultura del fuego'

¿Hay algo especial en esta oleada de incendios? En los primeros momentos, el Cuerpo Nacional de Policía, la Guardia Civil, la policía adscrita a la Xunta de Galicia, los expertos medioambientales y los propios ciudadanos coincidían en que la situación era "normal". "Es lo de todos los años por esta época, agravada porque el campo está cubierto de maleza reseca que arde como la yesca y porque el viento del noreste aviva los focos", comentaba un mando policial. "Esto forma parte de la cultura del fuego que hay en Galicia, donde tradicionalmente se hacen quemas para limpiar los montes sin tomar las debidas precauciones", remachaba un oficial de la Guardia Civil. La cultura del fuego es una abstrusa expresión utilizada repetidamente por todas las fuentes consultadas para tratar de explicar lo inexplicable.

Aparentemente, los causantes de los incendios son los mismos de siempre: pirómanos desequilibrados, madereros codiciosos, cazadores sin escrúpulos, ganaderos que quieren obtener pastizales con el expeditivo método de arrasar los árboles de los montes, campesinos negligentes que desbrozan sus tierras con el ancestral sistema del fuego, ajustes y venganzas personales, acciones de miembros de las cuadrillas contraincendios que así aseguran su trabajo y su salario o de ex agentes forestales furiosos por haber sido despedidos... Eso es lo que sostenían una y otra vez políticos, policías, guardias civiles y gente del campo.

Sin embargo, con el paso de los días, lo aparentemente "normal" empezó a hacerse más complejo. Tanto, que diversas autoridades empezaron a hablar de "terrorismo incendiario", una expresión que hizo saltar todas las alarmas. El propio fiscal de Medio Ambiente de Galicia, Álvaro García Ortiz, avivó la polémica el pasado fin de semana al recoger la sospecha con esa terminología. "Es cierto que yo contribuí a eso, pero consideré que era una forma de resaltar que esto es un crimen y que hay que concienciar a la gente para que denuncie a los incendiarios", declara.

¿Qué tienen de especial los fuegos forestales que este verano devastan Galicia? "Que la extensión quemada este año es mucho mayor y que, en contra de lo habitual, se parecen mucho a los incendios mediterráneos", señala el fiscal. Éste, no obstante, admite que "el 90% de los incendios que llegan a la fiscalía son causados por discapacitados". Discapacitados son, en efecto, la mayoría de la docena de detenidos desde que comenzó esta epidemia.

Pero atribuir esta lacra a un grupo de desequilibrados mentales que, a modo de Atilas rurales, arrasan los montes gallegos parece una explicación demasiado simple. Tanto, que el fiscal tiene que admitir que la situación que padece la región es "pluricausal" y más compleja de lo que parece.

"Si hubiera una trama criminal, la investigación sería más fácil", dice el fiscal. "Si lo que está pasando fuese obra de una mafia organizada, podríamos luchar contra ella con nuestros métodos habituales: vigilando a uno de sus integrantes, siguiéndole a distancia, pinchando sus teléfonos y, finalmente, esperando a que él mismo nos condujera hasta el hombre que mueve los hilos de la organización criminal", comenta un comisario.

Por ahora, el Ministerio del Interior no tiene ninguna prueba de que detrás de esta cadena de fuegos haya una banda organizada. Y, sin embargo, cada vez hay más ciudadanos convencidos de que hay algo raro, de que algo huele a chamusquina. Zapatero admitió el pasado miércoles ante el presidente de la Xunta, el socialista Emilio Pérez Touriño, que "el Gobierno es consciente de que tiene un desafío serio, de que la situación es difícil".

Más de 7.000 hombres y 60 aeronaves participan en las tareas de prevención y extinción de los incendios. Bomberos, agentes forestales, policías, guardias civiles y militares están desplegados por las cuatro provincias gallegas para afrontar lo que el presidente autonómico ha calificado de "situación excepcional".

Humo y pavesas

Recorrer hoy Galicia supone atravesar un paisaje ennegrecido y respirar un aire emponzoñado por el humo y las pavesas. El cielo de Vigo, Ourense, Pontevedra, Santiago de Compostela y decenas de municipios está oscurecido por la humareda. No huele a pino ni a eucalipto, sino a hollín. "¡Qué pena! Ésta no es la imagen que yo tenía de Galicia", comenta Elizabeth, una joven estudiante británica, mientras una nube de humo decora al fondo la fachada de la catedral de la plaza del Obradoiro compostelano.

Pese a la alarma existente en toda España, resulta un tanto sorprendente ver la aparente tranquilidad con que los gallegos afrontan la situación. Una mujer trabaja tranquilamente en su casa del municipio de Padrón, a unos pocos kilómetros de Santiago, mientras a sus espaldas se reavivan las llamas de un incendio y el aire arrastra un vendaval de humo y pavesas que obliga a cerrar los ojos. "¿Y qué vamos a hacer? Hay que seguir viviendo", dice a modo de estoica explicación.

"El monte está hecho una mierda. Nadie limpia el bosque, todo está lleno de maleza reseca, no hay cortafuegos...", se queja un campesino de una parroquia de Pontevedra. El dictamen coincide con el de muchos expertos y guardias civiles, que consideran que las autoridades locales y regionales han invertido en medios de lucha contra el fuego, pero que falta una política de prevención. "Se gasta más en curar que en prevenir", dictamina un mando policial.

Posiblemente esa ancestral cultura del fuego existente en Galicia sea lo que explica la aparente frialdad con que los campesinos observan el imparable avance de las llamas. Algo inexplicable para el forastero. Sólo cuando los incendios se aproximan a los núcleos habitados empieza la movilización ciudadana. Cuando las lenguas de fuego cercan las casas es cuando los vecinos agarran palas y tienden mangueras de agua para hacer frente a la amenaza. Y empiezan los nervios: "¿Por qué pasan de largo los helicópteros? ¿Es que a nadie le importa lo que nos pase a nosotros?", se enfurece Carlos a la vez que arremete contra un guardia civil que intenta que se aleje de su casa. "Es que debe de haber otro foco más importante cerca del monte Pedroso", intenta explicarle el agente.

"El 90% de los incendios forestales son intencionados", afirma un comisario de policía, que atribuye la mitad de estos siniestros a la quema de rastrojos de forma incontrolada. Otra buena parte de los fuegos los atribuye a ganaderos: "Les cuesta pagar por el pienso y prefieren alimentar su ganado con pastos. Una forma de generar pasto es la quema del monte", explica.

Un alférez de la Guardia Civil de Pontevedra abunda en la misma idea: "Aquí hay mucho ganado mostrenco, fundamentalmente caballos que andan sueltos por el monte. Todos tienen dueños que quieren que sus animales coman hierba fresca y una forma de conseguirla es quemando los árboles: después de un incendio, las lluvias hacen brotar un pasto tierno y abundante que encanta a los equinos".

Antonio, uno de los 300 policías adscritos por el Ministerio del Interior a la Xunta de Galicia (lo que hace que la gente les conozca erróneamente como policía autónoma) informa de que esta unidad ha detenido a 36 pirómanos en lo que va de año, mientras que en todo 2005 arrestó a 48. No observa ninguna novedad en la ola de fuegos que devoran la región, excepto que cada vez hay más menores implicados en estas fechorías. "Ya el año pasado hubo más de 50 incendios causados por jóvenes que lo hacían como una forma de divertirse", argumenta el agente.

La policía ha solicitado a la Xunta el listado de trabajadores de los servicios contraincendios a los que este año no les ha sido renovado el contrato, por si alguno de ellos hubiera decidido hacer la guerra por su cuenta como forma de venganza. "Aquí, en Galicia, hay mucha gente que vive del fuego", sostiene un oficial de la Guardia Civil.

Hasta ahora sólo ha sido detenido un hombre al que este año le fue rescindido el contrato, por lo que la policía pidió discreción sobre las sospechas existentes contra este tipo de cuadrillas. Pero la ministra de Medio Ambiente, la socialista Cristina Narbona, lanzó al aire estas sospechas -aún no confirmadas-, haciendo que el PP pidiese su dimisión. A la vez, el Partido Popular ha denunciado que la Xunta exige a los integrantes de las brigadas contraincendios que hablen gallego. Lo cual no es del todo exacto: es verdad que quien domina esta lengua tiene preferencia, pero de ningún modo es un requisito imprescindible, según fuentes del Gobierno autonómico.

El eje Vigo-Santiago

Hay más aspectos inquietantes: ¿cómo se explica que desde hace una semana haya un promedio de cien incendios diarios? ¿Por qué éstos se están cebando en el eje Vigo-Santiago de Compostela, que es la zona más próxima al litoral y urbanísticamente más codiciada? ¿Puede haber una trama interesada en crear problemas al actual Gobierno de coalición del PSOE y el Bloque Nacionalista Galego?

Ninguno de los mandos policiales que dirigen las investigaciones tiene respuesta para los interrogantes, aunque insisten en que no hay ningún dato objetivo para sostener la hipótesis de que haya una mano negra tras esta catástrofe medioambiental. Dirigentes políticos recuerdan que está en vigor una ley que impide la recalificación urbanística durante 30 años de aquellos terrenos que quedaron arrasados por el fuego. "Ya veremos... Es una ley administrativa de difícil aplicación", replica un jurista, escéptico sobre que esa norma legal sea la panacea.

Por el momento, casi todos los detenidos son perturbados, una especie de nerones del siglo XXI. ¿Serán éstos los responsables del llamado terrorismo incendiario, que tanto ha alarmado a las autoridades? "¡Demasiados locos! No me lo creo", afirmaba un vecino de Pontevedra mientras observaba arder un pinar próximo a su casa.

El jueves, un jefe policial ya empezaba a admitir la posibilidad de que estos dementes sean sólo el brazo ejecutor de alguien más inteligente... y con mayores intereses. Mientras, el enigma sigue sin resolverse.

Mecha, cerillas y cohetes de feria

UNA SIMPLE MECHA de algodón. Un puñado de cerillas de madera. Una latita de gasolina para encendedor. Unas vulgares velas de cera insertas en una patata. Un cohete de feria. He aquí los sofisticados artefactos incendiarios encontrados por la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía en los montes que fueron pasto de las llamas en los últimos tres o cuatro años. El museo de los horrores con los artilugios recopilados por la mal llamada policía autónoma (los policías nacionales cedidos a la Xunta) es de lo más pedestre y rudimentario.

"Lo más tecnificado que hemos descubierto son varios paracaídas de juguete a los que se les ha acoplado una mecha o algo similar. El paracaídas se lanza al aire mediante un cohete de feria y al caer al suelo provoca un incendio de la maleza", explica un mando policial.

Pero los atestados de la Guardia Civil reflejan una y otra vez el mismo sistema: un trozo de mecha de algodón (de las que se adquieren en estancos para los clásicos mecheros de chispa), en uno de cuyos extremos alguien ha atado un manojo de fósforos de madera. Cuando la mecha se va consumiendo y alcanza a las cerillas, se produce un fogonazo que inflama los hierbajos y desencadena un incendio. Un método sencillo, pero eficaz. Y además permite al pirómano prender la mecha y alejarse tranquilamente: cuando el monte empieza a arder, él puede estar a varios kilómetros de distancia presenciando el espectáculo.

El pasado jueves había gente de A Coruña que sostenía que había visto pasar avionetas lanzando petardos incendiarios sobre un monte comunal.

La Guardia Civil, sin embargo, no tiene la menor noticia de la existencia de tales terroristas aéreos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de agosto de 2006

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