Crónica:PIE DE FOTO | EL PAÍS / 25-02-2006Crónica
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Casa de muñecas

He ahí un hombre al que sus padres se le han quedado pequeños. Raro destino. La fotografía, de Diane Arbus, lleva por título Judío gigante en casa con sus padres en el Bronx. Se publicó el invierno pasado, con motivo de una exposición sobre la obra de la artista. Diane Arbus nació en 1923, en el seno de una familia adinerada, donde, según sus propias palabras, padeció de "una carencia de adversidad". Murió en 1971, de un modo trágico, quizá para compensar ese pecado original. En los años cuarenta se dedicó a la fotografía de moda, trabajando para las grandes revistas de la época (Esquire, Vogue, Harper's Bazaar), y en los sesenta bajó a la calle, donde encontró que había burdeles y gemelos y circos, además de manicomios y medios de transporte subterráneos. También había una cosa rarísima llamada normalidad. Tras fotografiarlo todo, se metió en la bañera, se tomó una sobredosis de barbitúricos y se cortó las venas.

Pero volvamos al judío gigante y a sus diminutos padres. La escena no puede ser más doméstica, más cotidiana, más normal. He ahí un cuarto de estar cuyo sofá ha sido tapado con una funda, para que la tapicería dure más, suerte que también ha corrido la butaca. Nada que objetar. Yo vengo de ese mundo en el que no usábamos ni la vida por miedo a que se desgastara.

Todo estaba tapado, protegido. A veces, cuando descubríamos la alfombra para las visitas, la alfombra se había podrido o se la había comido la polilla, como a la vida misma.

En 1970, cuando Diane Arbus obtuvo este retrato, el mundo ya había comenzado a ser una representación de sí mismo. Si el cuarto de estar de la foto parece un cuarto de estar normal y corriente se debe a que es una réplica, una imitación, una falsificación perfecta de un cuarto de estar de clase media. No nos habríamos dado cuenta de no ser por el gigante, cuya estatura pone de manifiesto la condición de casa de muñecas de la estancia. Lo increíble es que no falta nada: ni los cuadros cutres en las paredes, ni las cortinas tristes en las ventanas, ni la espantosa lámpara de mesa, con su reloj despertador al lado... Si se le hubiera pedido este decorado a un escenógrafo, no lo habría hecho mejor.

Y una vez llevada a cabo la obra de arte, no había más que introducir en ella a dos seres humanos de tamaño normal: los padres. Pero a veces, cuando todo es perfecto, cuando la vida nos ha dado cuanto le pedíamos (y lo que le pedimos, normalmente, es un cuarto de estar), aparece algo que revela el carácter de representación de lo deseado. En este caso, apareció un gigante que dio al traste con el sueño americano de haber conquistado la realidad. Creíamos poseer un cuarto de estar verdadero y era un cuarto de estar de casa de muñecas. Todo es así en la vida. No hay posesión, por auténtica que parezca, a la que tarde o temprano no se le vea el forro. Lo único real es este hijo gigante que nos ha dado Dios. Hay en el rostro de la madre un gesto de preocupación y amor al mismo tiempo. En el del padre, en cambio, observamos un grado de reserva, como si todavía pensara que es más real la casa hipotecada que su hijo. En todas las fotografías de Diane Arbus existe esta tensión entre la realidad y el decorado. Y siempre sale perdiendo la realidad. Ése es su secreto.

DIANE ARBUS

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 10 de agosto de 2006.

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