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COLUMNA

Derechos

Los humanos tenemos una increíble facilidad para manipular y retorcer lo que decimos. Torturar una palabra hasta conseguir que traicione su significado me parece algo tan repugnante como torturar un cuerpo, y además suele suceder que lo primero lleva a lo segundo. Porque las palabras mentirosas terminan amparando actos criminales y masacrando cuerpos reales.

Tomemos, por ejemplo, la palabra derecho. Cualquier miserable dice tener derecho a hacer lo que hace. Últimamente se está hablando mucho del derecho a defenderse en relación con la crisis del Líbano. Sí, es verdad que los de Hezbolá (que significa Partido de Dios) son unos terroristas. Es verdad que estos chiítas libaneses atacaron con cohetes el norte de Israel el pasado día 12, y que luego sus milicianos asaltaron dos vehículos israelíes, matando a tres soldados y llevándose a otros dos al Líbano. También es verdad que, pese a los muchos desmanes cometidos por los israelíes a lo largo de los años, yo preferiría mil veces antes vivir en Israel que en un Estado gobernado por Hezbolá. Quiero decir que, a pesar de todo, formamos parte del mismo mundo. Y ahora esos primos incómodos y lejanos argumentan que tienen derecho a defenderse. ¿Pero qué demonios significa eso? La sociedad también tiene derecho a defenderse de los delincuentes, pero esto no quiere decir que aceptemos todas las medidas represivas que se nos ocurran. No permitimos que un hombre le pegue un tiro en la cabeza al ratero que intenta birlarle la cartera. O que las masas linchen a un violador. Ni siquiera admitimos, y es un orgullo y un logro democrático, que en nuestro sistema judicial se aplique la pena de muerte, sea cual sea la canallada cometida.

Ese es el problema con Israel: que lo permite todo. La desmesura de su respuesta es un error y un horror. Y que no hablen del derecho a defenderse, por favor: a fuerza de retorcer y estirar esa frase chicle, a lo único que suena es a atabal de guerra. Por cierto, seguro que los de Hezbolá también creen que todos los derechos están de su parte. Y mientras unos y otros mastican y pervierten las palabras, los niños mueren en el Líbano con una autenticidad y una indefensión (ellos sí) aterradoras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de julio de 2006