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Editorial:

Cita en San Petersburgo

Como en otras ocasiones, la agenda teórica del G-8 en San Petersburgo este fin de semana ha sido devorada por los acontecimientos. Las siete democracias más ricas y Rusia encontrarán un hueco para hablar de educación, enfermedades infecciosas o drogas, terrenos todos ellos que arrastran un rosario de promesas incumplidas. Pero son los vertiginosos acontecimientos internacionales los que deciden el verdadero temario de los líderes reunidos en la antigua capital de Rusia: desde el volcán de Oriente Próximo a las crisis nucleares con Irán y Corea del Norte o la reciente hecatombe terrorista en Bombay.

Moscú afronta la cita en las mejores circunstancias. Eso explica la dureza con la que el Kremlin ha anunciado que no está dispuesto a escuchar sermones sobre democracia y derechos humanos de parte de sus huéspedes. Presumiblemente, a lo más que se llegará es a una recomendación privada de Bush a Putin en sus conversaciones bilaterales previas a la cumbre. El presidente ruso ha explicado crudamente la razón fundamental de este aplomo: su país tiene cuatro veces más reservas probadas de gas y petróleo que las siete democracias presentes en San Petersburgo. Como nunca antes, los países más industrializados son extraordinariamente sensibles a los argumentos de quien puede abastecerles de energía durante los próximos años con fiabilidad razonable. De ahí a la falta de firmeza sólo hay un corto paso.

El líder ruso sabe que la aparente cohesión de sus interlocutores es sólo eso, aparente; el último y significativo recordatorio son las discrepancias entre las potencias democráticas, la UE incluida, incluso en el Consejo de Seguridad, a propósito de la devastación israelí en Líbano. Por eso, los excesos del Kremlin para recortar las libertades, monopolizar el poder político y controlar el económico, mediante el amordazamiento de la prensa independiente, la manipulación del Parlamento o la persecución de la oposición, encontrarán como mucho en San Petersburgo el valladar de alguna frase grandilocuente.

Es poco lo que europeos y americanos pueden hacer para alterar el rumbo de un Putin que mantiene una alta aprobación entre sus conciudadanos y que paga las ingentes deudas de su país gracias al gas y el petróleo que hacen crecer la economía en torno al 6% anual. El jefe del Kremlin maneja firmemente el timón de una nación a la que quiere devolver la condición de superpoder, y ese estatus anhelado es decididamente incompatible con mostrarse demasiado sensible a las admoniciones de las democracias ricas. Los líderes mundiales deben aprovechar el cara a cara para exigir a su anfitrión la democratización de Rusia y el cultivo de una sociedad civil digna de tal nombre, realidades que se alejan por momentos. Pero ni pueden enajenarse su buena voluntad ni permitirse el lujo de alejar a Moscú de la órbita occidental.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de julio de 2006