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COLUMNA

Infierno en la T-4

Finalmente lo logré y aquí estoy, en Miami. Mientras hago tiempo en la habitación de un hotel frío, contemplo un tormentón tropical y escucho por la tele a uno de los predicadores vende burras que te marean con mensajes de ultratumba en el más acá; me pregunto si éstos seguirían creyendo en Dios con tanta labia después de haber superado una auténtica gincana en la T-4 del nuevo Barajas. ¿Persistirían en su fe o creerían que el diablo que tanto nos acecha ha aterrizado en la tierra el pasado 6-6-06 y enrevesado hasta tal punto las mentes de los diseñadores de aeropuertos que acabaremos todos encerrados en su siniestra trampa?

El pasado sábado 23, en la T-4, parecía que había llegado la hora del juicio. El aeropuerto presentaba un inquietante aspecto de éxodo masivo. Los mostradores soportaban colas kilométricas y el personal contribuía a diseñar un paisaje de serpentinas malévolas moviendo a los pobres viajeros. Los padres de familia perdían los nervios y gritaban a mujeres y niños, las videoconsolas portátiles de los chavales echaban humo y quienes llegaban apretados no sabían qué hacer para librarse de la hora y pico de espera media que se les venía encima.

Ése era mi caso. Jamás sospeché que para estar tranquilo en la T-4 conviene aparecer por allí con un día de adelanto. Así son los progresos que nos esperan y que, según nuestros gobernantes, nos merecemos. Cuando me salté, utilizando todas las triquiñuelas, la cola en la que me había plantado por decreto una señorita muy sonriente, creí que había superado la prueba. Cogí aire y me dije: "Ahora paso el detector de metales, presento el pasaporte y pista". Miré la tarjeta de embarque y leí: "Puerta U 74". Me llamó la atención la letra. Tampoco es cuestión de recorrerse todo el abecedario para organizar las salidas, pero me tranquilicé pensando que, a lo mejor, a algún genio del diseño le había dado por organizar el nuevo aeropuerto empezando el deletreo por atrás. Lo que no sospeché es que la U de las puertas U tuviera más que ver en español con ¡TururÚÚÚÚ! y en inglés, ya que iba a viajar a Estados Unidos, con un contundente ¡Fuck yoUUUU! Pero en lo que me quedaba de trayecto lo iba a comprender.

"¿La puerta U 74, por favor?", pregunté. "Bajando las escaleras, ¡pero corra!", me respondieron. Confieso que ésa fue la primera señal de alarma, y ya de camino al infierno, al ritmo de esas señales luminosas verticales en rojo que acompañan por las rampas, aún me asusté más cuando vi otro cartel que ponía: "Puertas U, 22 minutos". ¿Cómo? ¿22 minutos? Me sobrevino una taquicardia mayor de la que sentí en casa al salir convencido de que había perdido el pasaporte y se me borró de golpe la mala conciencia por haber faltado al gimnasio. Frené en el siguiente cartel. "Tren para la puerta U". Qué alivio. "Si lo cojo, ya serán 5 minutos en vez de 22", me consolé.

Monté y me agarré a la barra para soportar el bamboleo. En el vagón viajaba toda una postal de la nueva era. Mujeres árabes con velo acompañadas de otras con body que podrían ser top models, latinos carcajeantes, adustos anglosajones, madres españolas con niñas adoptadas de origen indio, jubilados con aspecto de no entender la encerrona... Ya habían pasado cinco minutos. Entendí que en los 22 del cartel se incluye el transporte. Salimos del tren y, ala, otra cola. "Control de pasaportes". Otra vez a rogar que me dejaran paso. Cuando ya me coloqué delante, los guardias dijeron: "Españoles y europeos, por aquí". Muy tarde para ahorrarme el ridículo. El guardia siguió: "Europeos, por esta puerta". Le pregunté: "¿Españoles también?". Me respondió: "¿Dónde está España? A ver". Lo último que necesitaba yo era una clase de geografía, así que salí pitando.

Pero debía ahorrar fuerzas para lo que me quedaba. Cuando alcancé la meta me extrañó que no me hubieran colocado una cinta roja. Con la lengua fuera, le dije a un vigilante: "Creo que he batido el récord, los 22 minutos del cartel los he hecho en 21,50". Fue la única cara amable que encontré en ese día del juicio: "¿No le había tocado venir por aquí antes?", me preguntó. "Lo ha conseguido. Enhorabuena", dijo. Ahora que lo pienso, ¿no sería ese encantador funcionario el mismísimo Belcebú?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de julio de 2006