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Reportaje:FUERA DE RUTA

Tras la estela del Mekong

De norte a sur de Laos, por el río que limita con Tailandia

Xavier Moret (1952) es autor de A la sombra del baobab : viaje en busca de las raíces de África (Península, 2006).

Hay países que parecen dejados de la mano de Dios y que raramente se asoman a las noticias. Laos podría ser uno de ellos. Ostenta el triste récord de ser el décimo país del mundo en cuanto a pobreza, y su relación con España se reduce a una confusa historia de fuga y detención que tuvo como protagonista al ex director de la Guardia Civil Luis Roldán. Laos, sin embargo, es más, mucho más. Es, por ejemplo, el esplendor de los templos de Luang Prabang, la belleza callada de Vientiane y la soledad de la región de las cuatro mil islas. Laos se merece, sin duda, un viaje de arriba abajo, siempre siguiendo el curso del misterioso río Mekong.

Mi viaje empezó, de hecho, en el norte de Tailandia, concretamente en Chiang Saen, una población regada por las aguas del Mekong en la que los turistas se hacen fotos junto a carteles que indican que están en el Triángulo de Oro, una zona cercana a la frontera con Birmania y Laos marcada por tráficos y peligros de todo tipo. Desde allí es fácil llegar hasta Chiang Khong en un pick up adaptado para el transporte público en el que vas enlatado como una sardina y dando botes como un canguro.

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HUAY XAI

Una vez en Chiang Khong, lo único que tienes que hacer es cruzar el río y registrarte en el puesto fronterizo de Huay Xai, ya en el lado laosiano. Eso sí, es prudente llegar antes de las cuatro y media; de lo contrario, el oficial al mando te advertirá de que pasada esta hora tienes que pagar una multa por retraso. Confieso que a mí me tocó pagar la multa, aunque el montante es tan sólo de un dólar.

Una vez en Huay Xai, lo único que hay que hacer es apalabrar un barco que te lleve al día siguiente hacia Luang Prabang y elegir una de las múltiples pensiones que buscan hacer el agosto con los turistas ávidos de Mekong. El resto es fácil: basta con sentarse en una terraza junto al río, pedir una cerveza (Beerlao es la marca local) y contemplar cómo, tras la puesta de sol, la oscuridad se apodera tanto del lado tailandés como del laosiano y convierte el río en un espejo mortecino.

Laos es un país marcado por el Mekong, el río que durante 820 kilómetros marca la frontera con Tailandia. Después de su azaroso curso desde las montañas del Tíbet, donde nace, y por territorio de China, el río es navegable en buena parte de Laos, lo que le convierte en una excelente vía de comunicación y en un no menos apreciado fertilizador de las tierras que atraviesa.

PAK BENG

El muelle de Huay Xai, del que parten los barcos que descienden en dos días hasta Luang Prabang, registra a primera hora una actividad frenética, con grupos de mochileros ávidos de aventura, montones de cajas de cervezas vacías que viajan hacia el sur para ser cambiadas por botellas llenas y una multitud local cargada con paquetes de todo tipo. Antes de partir, una mujer coloca unas flores y unas barritas de incienso en un jarrón dispuesto en la proa de la embarcación y reza unas oraciones para que la travesía discurra sin problemas. Que así sea.

El Mekong se muestra desde el primer momento como un río ancho y caudaloso, con un paisaje compuesto por una suave sucesión de colinas, algunas curvas y unos pocos rápidos. Hay escasas aldeas en esta primera parte del viaje, aunque de vez en cuando surge un grupo de pescadores que lanzan sus redes, o una lancha rápida, con turistas equipados con casco y chaleco salvavidas, que apuesta por la velocidad por encima de todo. Al atardecer, cuando se encienden las luces a ambos lados del río, se comprueba el diferente nivel de vida de la orilla tailandesa, mucho más iluminada que la laosiana.

La primera noche, el barco se detiene en Pak Beng, un pueblo cuyo único mérito es el de estar a medio camino de Luang Prabang. Al día siguiente, la travesía continúa hacia Luang Prabang por un río cada vez más ancho y más poblado. Las aldeas, formadas por casas de madera sobre pilotes, menudean cada vez más, así como los pescadores y el tráfico de barcazas. Antes de llegar a la gran ciudad, la cueva de los siete mil budas, situada en la orilla derecha del río, se ofrece como una tentación misteriosa.

LUANG PRABANG

La llegada a Luang Prabang, situada en el punto donde el Mekong se une con el río Nam Khan, es un momento mágico. El esplendor del lugar, que surge como una aparición, se intuye por las cúpulas de las estupas que asoman por encima de las palmeras y por los tejados de los palacios y de las casas coloniales. Hay que ir a Luang Prabang, sin duda una ciudad con encanto y muy bien conservada que se abrió al turismo en 1989. Vale la pena, a pesar de los demasiados turistas y a pesar de los demasiados vendedores. La subida a la colina de Phu Si permite contemplar la situación privilegiada de la ciudad, en la confluencia de dos ríos y marcada por las montañas que la rodean y por una vegetación exuberante.

Deambular entre los templos, por el mercado o por sus callejones es una sensación única, realzada a primera hora por la procesión de los monjes que recorren la ciudad en busca de limosnas, casi siempre en forma de arroz. El desfile de las túnicas naranjas es un maravilloso contraste con la luz apagada del alba y con la belleza barroca de algunos templos.

Luang Prabang es un buen lugar para detenerse unos cuantos días, pero al final se impone la certeza de que el viaje debe continuar, siempre hacia el sur, aunque esta vez en autobús. Las primeras horas del recorrido son un ejercicio de paciencia a través de una zona montañosa poblada hace años por bandidos, pero al cabo de nueve horas de viaje surge la contundencia de la populosa capital del país.

VIENTIANE

Esta ciudad no tiene aparentemente nada, pero es uno de esos destinos especiales en los que uno se siente a gusto de inmediato. Los monumentos son escasos, pero la amabilidad de las gentes, la viveza del mercado, la noche movida, las reducidas dimensiones y la disponibilidad de los tuk tuks (triciclos habilitados como taxis) hacen que todo resulte fácil en Vientiane. Además tiene el Mekong, ese río fiel que se ensancha a su paso por la ciudad y que exhibe en su orilla numerosos bares y restaurantes. Una cena junto al Mekong es algo obligado, y barato, en Vientiane. Mientras se saborea una Beerlao en un chiringuito cualquiera, uno puede entretenerse con los juegos de luz del crepúsculo o con la contemplación de unos esforzados ciudadanos que se someten a la clase colectiva de aeróbic o a un masaje regenerador.

Savannakhet, población apacible, situada quinientos kilómetros al sur de Vientiane (unas ocho horas en autobús), cuenta con unos cuantos hoteles que parecen surgidos de otra época y con el siempre fiel Mekong, que cada vez se hace más ancho en su ruta hacia el sur. Aquí hay pocos turistas y un ritmo de vida agradable, con gente acogedora y pensiones como la Samayung Khun Guest House, en la que se puede acabar el día cantando canciones melancólicas junto con la joven pareja que regenta el hotel.

LAS 4.000 ISLAS

Hacia el sur, Paksé queda a unas cinco horas en autobús, aunque llega un momento en que las distancias dejan de importar. Al fin y al cabo, uno se distrae observando a los cargados compañeros de viaje, o el monje silencioso que se sienta en el asiento contiguo, o los vendedores que ofrecen todo tipo de comida en cada una de las paradas. Todo fluye a buen ritmo, como el Mekong. Aunque Paksé no sea una ciudad muy interesante, no hay que preocuparse: 130 kilómetros más al sur, a dos horas de viaje, está Don Khong, un pueblo en una isla que es un excelente punto de partida para explorar la región de las cuatro mil islas. Aquí el Mekong, la madre de todas las aguas, se bifurca en mil brazos y crea un paraíso compuesto de numerosas islas y de cascadas de gran belleza. Los delfines del río, una curiosa especie protegida, asoman sus lomos de vez en cuando para contentar a los turistas, mientras todo se cubre de una enorme calma.

Un poco más al sur, a menos de una hora en tuk tuk, está la frontera con Camboya, que el Mekong atraviesa con indiferencia, rumbo a Phnom Penh, la capital del país. Mucho más allá llegará a Vietnam, donde desembocará en el mar después de formar un ancho delta. Pero ése ya es otro viaje.

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GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos- Población: unos seis millones de habitantes.- Superficie: 236.800 kilómetros cuadrados.- Prefijo telefónico: 00 856.Cómo llegar- La mayorista Nobeltours (www.nobeltours.com) ofrece un paquete llamado Paisajes de Laos: 11 días siguiendo el curso del Mekong. Visitas y estancia en Luang Prabang, Vientiane y la zona de las 4.000 islas. A partir de 1.799 euros por persona. El precio incluye billetes, alojamiento con pensión completa, traslados y guía de habla castellana. Catai Tours (www.catai.es) ofrece un paquete, Triángulo de Oro y países del Mekong, que incluye Tailandia y, en Laos, visitas a Vientiane, Luang Prabang y Pak Ou. Entre 12 y 15 días, a partir de 1841 euros por persona. El precio incluye billetes, alojamiento con desayuno, traslados y guía.- www.visit-laos.com.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de julio de 2006

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