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Tribuna:

Elogio de la boina

El escritor Sándor Márai llevaba boina. Así aparece, al menos, en la fotografía que acompaña a sus libros, con boina, abrigo y corbata: boina pequeña y redonda, del tamaño de su cabeza, y abrigo grueso, además. La corbata se aprecia porque destaca sobre una camisa blanca impoluta. En la mano izquierda lleva unas gafas. Se le ve maduro, pero su mirada serena confiere a la escena una cierta sensación de provisionalidad, como si todos los elementos, boina, abrigo, corbata, gafas, hubieran sido colocados fuera de tiempo y de lugar.

Sándor Márai, sin embargo, fue un escritor de su tiempo, pero no encontró su lugar. Había nacido en 1900 y se suicidó en 1989, en la ciudad de San Diego, lejos de su Hungría natal. Tenía una edad más que considerable. Borges, coetáneo de Márai, también pensó en el suicidio, en sus últimos años, cuando deambulaba ciego por el mundo como un Homero argentino y cabal. Fue el tiempo quien lo suicidó, y lo salvó, quizá. Sándor Márai tenía 89 años cuando se quitó la vida. Él que había dejado Europa huyendo del régimen soviético; él que jamás dejó de escribir en húngaro y prohibió que sus obras se publicaran en su país; él que tenía un puñado de lectores fieles, unos pocos sólo, murió un poco antes de que cayera el muro de Berlín. Hay gente con mala suerte. No tienen el don de la oportunidad, no aprovechan la ocasión que la pintan calva para medrar y aparecer, mudados y metamorfoseados en lo que no son, como si hubiesen sido siempre lo que aparentan.

Fue el 'Che' Guevara quien convirtió la boina en icono de la postmodernidad

De todos modos, la boina es una prenda injustamente vilipendiada y, además, su uso civil y cotidiano está en franca decadencia. Y eso que es la más antigua que se conoce; miles de años lleva protegiendo cabezas y cerebros de las inclemencias del tiempo. Ahora es una prenda, fundamentalmente militar; perdón por el juego de palabras. Su color designa un cuerpo de ejército concreto, determinado y definido en el arte de la guerra. No es extraño que fuera un famoso militar apellidado Zumalakarregi quien diera a la boina la significación que tiene ahora. Y como la historia se repite, a veces como tragedia y aveces como farsa, fue otro militar, émulo de Zumalakarregi, de apellido vasco como él, un tal Guevara, Che para sus amigos, quien convirtió la boina en icono de una postmodernidad que un día fuera traviesa y alegre, aunque sea ahora más bien narcisista, aburrida y desmadejada, caricatura amarga de lo que fue.

La foto de Guevara, obra de Alberto Korda, ha contribuido más a la difusión de la boina que cualquier campaña publicitaria de los fabricantes de Tolosa. No es extraño, por tanto, que los miembros de ETA en sus escasas y aparatosas apariciones públicas usen boina, ya que, en su imaginario, pretenden ser herederos del Che y de Zumalakarregi, nada menos. Vivimos en un mundo audiovisual, donde la imagen es significante y, a la vez, significado.

Hay una foto, tomada también por Korda en La Habana, donde aparecen el Che, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Guevara lleva boina, cómo no, y enciende un cigarro al filósofo francés, con la complicidad de una Simone emocionada. Con ese gesto tan simple, el de dar fuego, Guevara encendió en el corazón de Jean Paul Sartre algo sutil y ardoroso, que, más tarde, arrasaría conciencias: volutas de humo, de un tiempo que se fue y que brilló espectacularmente en un mes de mayo, cuando hace la calor, del 68, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor.

Pablo Neruda también contribuyó, a su modo, a la glorificación y mitificación de la boina, al convertirla en prenda erótica, inseparable de esa idea de mujer que se desarrolló en Europa y, sobre todo, en Francia; independiente y sentimental, risueña y profunda, solitaria pero orgullosa: visible, muy visible. "Te recuerdo como eras en el último otoño. Eras la boina gris y el corazón en calma". Hubo un tiempo en que todas las mujeres, que reivindicaban su condición como tal, se colocaban una boina gris o azul, roja o blanca en la cabeza, se dejaban el flequillo largo y la coleta corta y con los ojos cerrados contemplaban nubes, ángeles, esfinges, sueños en definitiva, arena del tiempo que se desliza por las fisuras de la mirada. Así, pues, llevaron boina Margarita Yourcenar, Lauren Bacall, Katherine Hepburn, Greta Garbo, Faye Dunaway, Vanessa Redgrave, Meryl Streep, entre otras.

Marlene Dietrich también, por supuesto. Una foto suya, con boina ladeada, fue el affiche que ayudó a una generación de adolescentes a saber lo que eran, o a olvidarse de lo que fueron, que casi es lo mismo. El alcalde de París la expulsó por usar chaqueta oscura y boina de lana. La boina, prenda heroica y guerrera, prenda sencilla y útil, se convirtió en algo provocativo y subversivo, perverso y sensual. Bette Davis también vistió boina, alguna vez en su vida. En 1989 vino a San Sebastián a recibir el Premio Donostia, en el Festival de Cine. Hay una foto suya, un tanto borrosa, donde ella, con txapela, aparece, más que avejentada, desdibujada en sus rasgos débiles y enfermizos. Poco después murió en la Costa Azul.

Pío Baroja llevaba boina, Pablo Antoñana y Ramiro Pinilla la llevan también. El escritor Karel Capek, irónico y fantasioso, realizó un viaje por España en el año 1930, antes de la proclamación de la Republica. El País Vasco, tal y como lo vio entonces y, especialmente, el juego de la pelota lo impresionaron vivamente. Escribió lo siguiente: "Este juego lo practican los vascos y los navarros de las montañas, los mismos que dieron al mundo las gorras redondas llamadas boinas, que por supuesto se fabrican también en Checoslovaquia, en Strakonice". No es raro que en Praga se vean gentes, hombres y mujeres, con boina, dando un toque grave a la levedad del ser descrita por Kundera.

Karel Capek también afirmó lo siguiente: "Sería un pecado que un día se perdiesen también estos valerosos restos". Hablaba de la boina, y de los cerebros que protege de las inclemencias del tiempo.

Felipe Juaristi es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 29 de junio de 2006