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Muere acuchillada una mujer en pleno centro de Madrid

Los vecinos habían denunciado 24 horas antes en un vídeo la degradación del barrio

Un grito irrumpió en la plaza Soledad Torres Acosta, a dos pasos de la Gran Vía de la capital. "¡Policía, policía!", se lamentaba un hombre negro junto al quiosco del centro de la plaza. A sus pies yacía, desangrándose, una mujer de melena rubia, de unos 35 años. Después la policía informaría de que era ucrania y ejercía la prostitución. Según sus amigas se llamaba Victoria. Acababa de recibir 14 puñaladas. Cinco en el tórax, tres en el cuello, una en la cara y cinco en el brazo.

Moriría cerca de una hora después, en el mismo sitio, sin que sirvieran los esfuerzos por reanimarla de los sanitarios del Samur. Sólo un día antes, los vecinos de esta zona de la capital, en el barrio de Universidad, habían colgado un vídeo en la Red con imágenes de mendigos durmiendo bajo los columpios del parque, violentas peleas nocturnas, consumidores de crack y trapicheos

"¿Tiene que haber un muerto para que haga algo el Ayuntamiento?", se quejó una vecina

y, por todas partes, personas tiradas en el suelo semiinconscientes. Y así noche y día.

Siempre han pululado prostitutas y mendigos por allí, pero que desde hace dos años está tomado, dicen, por toxicómanos y traficantes de droga. El equipo de gobierno de Alberto Ruiz-Gallardón (PP) prometió el año pasado un plan de regeneración del barrio que no llega.

La comisaría que les toca a los vecinos, la de Centro -la más grande de España, con 500 agentes- es también la que más delitos investiga. Desde ayer se encargan del asesinato número 33 en lo que va de año.

"Creía que le estaban dando puñetazos a la mujer, pero resulta que eran puñaladas", relató luego Juan Ignacio Fernández, que vive enfrente, mientras los sanitarios se ocupaban de la mujer. "Iba paseando con mi madre y comentamos que era un tío muy raro, porque le gritaba a la mujer: '¡Nunca más hijadeputa vas a fumar un cigarro del mío!", agregó. El hombre que gritaba salió disparado. Delante de él caminaba tranquilamente otro hombre. Sería identificado después, ya detenido, como Manuel Córdoba García Consuegra, de 45 años y una detención anterior por robo con violencia. En ese momento aparentaba ser un pacífico viandante, que llevaba una lata de cerveza en la mano derecha. Pero le delataba la sangre que le cubría la mano.

Pasaban pocos minutos de las siete de la tarde y los escasos transeúntes se sorprendieron cuando el hombre que gritaba increpó a Córdoba. Y a él se unió otro amigo que llegó corriendo desde el quiosco. Ambos se abalanzaron sobre Córdoba: le patearon la cabeza, la espalda y no dejaban que se moviera. Perdió sus gafas y su cabeza quedó aplastada contra una señal.

Poco a poco decenas de personas fueron agolpándose en este extremo de la plaza, paralizadas por la agresividad. Dos hombres trataron de separarlos, cuando uno de los agresores tomó impulso para descargar su cuerpo sobre Córdoba. Tras el impacto, una navaja salió volando por los aires y cayó a los pies de esta reportera. Alguien preguntó: "¿Por qué le pegáis?". Uno de ellos respondió "¡Ha acuchillado a una mujer!".

La gente se giró hacia donde señalaba, el centro de la plaza, y descubrió que tres mujeres lloraban como plañideras aguantando el cuerpo a su amiga. La mujer estaba ya cubierta de sangre. Cuando el fotógrafo de EL PAÍS se acercó, trataron de impedir que tomara fotos. Y eso desató las iras del resto de toxicómanos e indigentes, que se echaron sobre él.

Apenas unos segundos después apareció la policía. Pusieron un cordón policial y esperaron la llegada de los sanitarios, que sólo pudieron certificar la muerte de Victoria. Isabel Rodríguez se preguntaba: "¿Tiene que haber un muerto para que el Ayuntamiento haga algo?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de junio de 2006