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Dos misiles de Israel destruyen una familia palestina

Una mujer embarazada de siete meses pierde la vida en un ataque aéreo sobre Gaza, que causa heridas a tres niños

El ciclista se tambalea pedaleando en sentido contrario. Aconseja no continuar la marcha. Un centenar de metros más adelante, junto al cartel que da la bienvenida a Jan Yunis, al sur de la franja de Gaza, se presenta de golpe el caos que acompaña a la muerte. La aviación israelí acaba de lanzar dos misiles sobre la humilde casa de la familia Barbaui. Comenzaban a cenar a esa hora, a las seis y media. Cuatro mujeres, cuatro hombres y tres niños habían pasado la calurosa tarde en el salón. La última tarde de su vida para Fátima Ahmed, de 37 años y embarazada de siete meses. Una mujer cercana a los 50 años, nerviosa y sollozante, ignora aún que no volverá a verla viva. Más de una docena de personas resultaron heridas en el ataque. Entre ellas, tres niños; uno de ellos, un bebé de dos años, en estado crítico.

"Desafortunadamente, los civiles están pagando el precio", asegura el israelí Peretz

Tampoco sabía la mujer que su cuñado, Zakaria, hermano de Fátima llegado de visita desde el extranjero, moriría un par de horas después de las heridas recibidas en la explosión. Los aparatos no tripulados israelíes no han dejado de sobrevolar el lugar a gran altura. Otro ataque sobre supuestos milicianos palestinos que falla su objetivo. Como sucedió en la víspera en Gaza, cuando perecieron tres menores en un barrio de la capital junto a un puesto de falafel (comida callejera). Como sucedió el 9 de junio en la playa de Beit Lahia, al norte de Gaza, donde fallecieron siete miembros de la familia Galia. Como sucedió el 11 de junio en la capital de la franja, cuando perdieron la vida nueve civiles en un ataque que mató también a dos militantes de Yihad Islámica.

Frente a la vivienda de los Barbaui -refugiados originarios de un pequeño pueblo cercano a la hoy ciudad israelí de Ashdod- un hombre sangra a las puertas de un garaje sin saber todavía por qué, aunque el boquete en la carretera provocado por uno de los proyectiles deja poco margen a la duda. Otro varón que arreglaba un pinchazo ya había sido trasladado a un hospital. En el asiento de su coche, manchas de sangre y pedazos de cristal. La multitud quería entrar a empujones en casa de la familia Bardaui para ayudar a los heridos. Un caos que sólo conseguía entorpecer la labor de los médicos y los bomberos. Un joven sudoroso carga su fusil automático y dispara una ráfaga al aire. Se hace el orden. Sólo a los reporteros se les permite entrar en la casa de cemento, latón y frágiles tejas grises. En su interior, destrucción y llantos.

"Yo estaba en la cocina y mi marido estaba comiendo", comentaba aturdida la única persona que acierta a articular tres palabras. Una zapatilla flota sobre un charco de sangre junto al plato que degustaba Abdelkader, su esposo herido. Seguramente era de Fátima. El boquete de un par de metros sobre el tejado ilustra por dónde entró el misil israelí en la vivienda de los Barbaui. Nada quedó de las puertas de madera. Chorros de agua caían sobre la entrada de la casa después de que la metralla impactara en los depósitos de los tejados. El suelo de cemento de la residencia de los Ahmed más parecía el de un descampado cualquiera de los que abundan en la polvorienta Gaza llenos de desperdicios.

En una de las habitaciones, un hombre en la treintena no para de llorar y el consuelo de nada sirve. Uno de los familiares, que deambulan como zombis entre los escombros el dolor, pone punto final a la presencia de los extraños a los que habían dejado pasar. Los heridos habían sido evacuados minutos antes. Entre ellos, dos menores. Como no puede ser de otro modo en cualquier casa palestina. Uno de los pequeños se hallaba anoche en estado crítico. Fuentes sanitarias palestinas informaron de su fracaso a la hora de intentar salvar la vida del feto de Fátima.

Los aviones no tripulados israelíes, mientras, seguían sobrevolando la carretera Saladino, que une el norte de la franja con Rafah, junto a la frontera egipcia. Por ahí pasó una camioneta con supuestos activistas de los Comités de Resistencia Popular. Tuvieron fortuna y los misiles no golpearon su vehículo. Los supuestos milicianos salvaron la vida al salir corriendo. Pero pésima fue la suerte de Zakaria, un médico que trabaja en Arabia Saudí y que visitaba a su hermana Fátima y el resto de familiares en Jan Yunis.

No es una sorpresa para nadie lo sucedido. Ya había avisado dos días antes el ministro de Defensa israelí, el laborista Amir Peretz, que ha superado en las pocas semanas que lleva al frente del cargo a su predecesor, el halcón Saul Mofaz. Y también lo había advertido el primer ministro, Ehud Olmert, sometidos a la fuerte presión de la extrema derecha y del alcalde de la ciudad de Sderot, ciudad del sur del Estado judío sobre la que caen los rudimentarios misiles artesanales de las milicias palestinas.

Nada detiene los bombardeos de la aviación israelí sobre zonas densamente pobladas. Los radicales israelíes exigen más bombardeos mientras el Ejército y el Ejecutivo de Tel Aviv responsabilizan al Gobierno de Hamás de las muertes de los inocentes palestinos. "Desafortunadamente, los civiles están pagando el precio de este conflicto", comentó Peretz tras conocer las muertes de Jan Yunis. "Lo que ha ocurrido en este caso es muy sencillo, el misil simplemente se extravió", añadió un portavoz del Ejército. Tan sencillo que no se comprende bien para qué la investigación ordenada por los militares.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de junio de 2006