Columna
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Querido maestro

Recientemente, el Ayuntamiento de Sevilla ha decidido bautizar una de las calles de la ciudad con el nombre de Luis Rey Romero, que fuera profesor y luego director del colegio San Francisco de Paula y quien, a decir de sus alumnos, dejó la impronta de su valía humana y su talla intelectual entre varias generaciones de estudiantes. Para tal distinción, el consistorio aduce como motivo "su gran labor educativa, que ha contribuido a la excelencia humana y académica". Sin duda, como diría una vieja canción, los tiempos están cambiando: antes el nomenclátor (con ese desagradable título de dinosaurio se designa al conjunto de nombres de calles de una ciudad) se detenía en santos, escritores, héroes franquistas y abstracciones; ahora, por fin, ha decidido admitir también en su gloria a las personas normales y corrientes. Aunque el detalle no posea excesivo valor práctico y se quede en el mero gesto, bien está contentar al vapuleado gremio de los maestros con este terroncito de azúcar y volver a tratar de convencerle de que su labor de romanización no equivale a una lucha contra molinos de viento ni está condenada al fracaso desde el principio. Consagrar un trozo de fachada a un profesional de la docencia me parece toda una osadía en los tiempos que corren: ahora que el maestro o el profesor, que lo mismo da, sufren en mitad de los fuegos cruzados de la administración, las familias, los pedagogos y los gobiernos, ahora que la labor que desempañen ha sido arrastrada por el barro pese a la importancia que a la educación otorgan los tertulianos televisivos, ahora que enseñar se ha convertido en una profesión de riesgo donde lo más común es llevarse de vuelta a casa el garrotazo, la ansiedad o cualquier otra lesión del cuerpo y del alma, colocar una placa al lado de un balcón no deja de constituir todo un acto de valor y de compromiso con el colectivo. Lástima que estas audacias no vengan acompañadas de algún tipo de medidas útiles que palien la catástrofe que los maestros tienen que padecer a diario o los salven del naufragio en la medida de lo posible.

Unos se echan la culpa a otros y la salita sigue sin barrer. Los sociólogos acusan a los padres de la decadencia de las costumbres y del relajo en la disciplina y atribuyen a su dejadez que hoy contemos con tribus de caníbales en lugar de adolescentes; los padres se quitan el fardo de encima y se lo echan a los fabricantes de consolas, que crean juegos violentos llenos de epilepsia y que, junto con Internet y el teléfono móvil, facilitan la desintegración social; las empresas aducen que los jóvenes no son más que el espejo de una sociedad más amplia, que la réplica en miniatura de una humanidad más consumista, más irresponsable y más estólida, y que quienes tienen que esforzarse en solventar toda esta situación son los educadores. Solución: que el colegio se convierta en túnel de lavado y libre a todas estas criaturas de las impurezas que diariamente el mundo les vierte encima al girar. Se supone, entonces, que al profesor corresponde en exclusiva la tarea de cribar el barro para extraer de él el oro que lleva oculto y volverse cada día a casa con las manos hechas un asco. Las familias no consideran oportuno enseñar a sus hijos a dirigirse al prójimo, a usar las partículas de cortesía, a respetar el mobiliario, a no escupir, eructar, escarbarse en la nariz, insultar con todas las vocales: ya lo hace el maestro. Las instituciones no consideran oportuno mejorar la educación aumentando la dotación de los centros, contratando nativos para impartir lenguas extranjeras, agilizando la comunicación entre administración y profesionales, ahorrando todo el dinero que invierte en publicidad engañosa para conseguir lugares de trabajo y de estudio más idóneos; el maestro se sobrepondrá a todas esas carencias. El maestro, ese privilegiado de la sabiduría popular, ese suertudo que gracias a un examen tonto logró una sinecura para toda la vida y que apenas dobla el espinazo seis horas al día, nueve meses al año, qué lotería. Sí, ése: el que necesita algo más que el nombre de una calle para desempeñar sus funciones sin que le hagan sentirse un chicle pegado al zapato, que sólo sabe de porquería y pisotones.

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