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Alemania 2006
Columna
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Ciudad de culto y vértigo

Goethe la llamaba su "pequeño París" y situó en una bodega local una escena del "Fausto", Johann Sebastian Bach se pasó media vida en ella y Richard Wagner, Felix Mendelsohn-Bartholdy y Robert Schumann se sintieron tan vinculados a esta ciudad como los escritores, profesores, filósofos y científicos que la convirtieron en la lógica capital de la edición de libros de toda Centroeuropa, junto a la Universidad más antigua de Alemania. Berlín era un poblacho inmundo cuando Leipzig y Dresde eran ya grandes capitales de la cultura, el ingenio y la vida social.

Lo que nadie podía imaginar en los siglos de esplendor de esta ciudad que se enriqueció gracias a los yacimientos de sal y plata de las montañas cercanas y a su pujante foro comercial y cultural, es que Leipzig sería el centro más sofisticado de represión sobre suelo alemán después del hundimiento del nazismo. En Leipzig, el comunismo alemán tuvo su mayor cuartel de la policía política, su más moderno y desarrollado búnquer para concentrar a los mandos supremos de la Stasi para casos de estados de excepción y de guerra, así como su principal centro de ejecuciones judiciales o extrajudiciales de prisioneros políticos.

También fue en Leipzig donde el pueblo alemán del Este se rebeló contra la dictadura comunista siguiendo el ejemplo de los polacos y los húngaros. Fue allí donde en el verano de 1989, cuando decenas de miles de ciudadanos de toda la República Democrática Alemana (RDA) ya se hallaban en Hungría y Checoslovaquia esperando la apertura de fronteras hacia Occidente y se negaban a volver a la patria de Erich Honecker, los ciudadanos de Leipzig comenzaron a salir todos los lunes en manifestación pidiendo derechos y libertades y gritando "wir sind ein Volk" (somos un pueblo). Hundieron así a gritos, los ciudadanos de Leipzig, teoría y práctica de las dos Alemanias, desfilando con regularidad, coraje y obstinación ante el siniestro cuartel general de la Stasi (policía política) en la Runde Ecke (la esquina redonda), hoy museo.

Había razones para que Leipzig fuera pionera. Ciudad ferial desde el medievo, no dejó de serlo bajo el régimen comunista que organizaba allí sus ferias industriales. Eran el orgullo de la RDA pero también un peligro por el contacto que generaban entre ciudadanos de ambos lados del Telón de Acero. Por eso Leipzig era la ciudad con más policía política de Europa durante muchas semanas al año. Estaban en todas partes, bares, restaurantes, cabarets, teatros, estaciones y jardines. Intentaban, inútil y angustiosamente, controlar a todos los extranjeros que por allí se encontraban y fotografiar, seguir y escuchar a los alemanes orientales en contacto con ellos. Como no había suficientes hoteles para tanto extranjero, eran muchas las casas privadas que se ofrecían para albergarlos y ganar unas muy bienvenidas divisas pero así se hacían sospechosos unos mientras otros ofrecían sus servicios a la Stasi para cubrirse las espaldas y mostrar lealtad al régimen. Se creaban situaciones fantásticas con mezcla explosiva de huéspedes de países comunistas y capitalistas compartiendo incluso habitaciones. Eran constelaciones pintorescas, rocambolescos episodios de la Guerra Fría en los que Leipzig era marco de leyenda.

Si con la unidad del imperio alemán, lograda por Bismarck en 1871, Leipzig y Dresde no podían permitirse despreciar a Berlín, con Hitler las cosas no mejoraron para los nostálgicos de la grandeza de la ciudad de la cultura impresa, con una feria del libro que se remonta al siglo XV. Y sin embargo, el que hoy la visita en una Europa libre no puede imaginarse todo lo determinante que allí ha sucedido para que el mundo tomara los derroteros habidos y para que, aunque pueda parecer una broma, hoy tengamos compitiendo en el Mundial de Alemania 2006 a los países que allí están y no otros muy diferentes, No lejos del centro está en espectacular monumento a la Völkerschlacht (la batalla de los pueblos) erigida para conmemorar la derrota de Napoleón en 1813, que decidió el destino de Europa. En 1989, el muro de Berlín se dinamitó en Leipzig. Una victoria de España hoy no se nos debiera antojar gesta tan improbable como aquellas allí habidas.

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