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COLUMNA

Freudiano

Si de algo se tiene que defender Freud es de sus defensores, aquellos que lo tienen como medio de vida o como dogma. Es lógico poner en tela de juicio la aplicación clínica de las teorías freudianas, y hasta deberíamos considerarlo freudiano dado que el doctor genial no dejó de advertir que había un punto en que sus ideas sobre el funcionamiento de la mente se topaban con el escaso conocimiento científico que se tenía de ella. Lo que el creador reconocía no lo reconocen esos seguidores que actúan como creyentes de una religión. Es probable que el doctor Freud, si hubiera vivido para ver lo que la neurología está poniendo a nuestro alcance, hubiera dejado de ser algo freudiano, en el sentido más cultural del término, y se hubiera rendido ante algunas evidencias. Es lógico aventurar que el doctor Freud, menos intransigente que algunos fanáticos iluminados por sus teorías, se hubiera librado de ellos con un quiebro intelectual adaptado a los tiempos. Cabe la posibilidad de que el doctor hubiera escrito un nuevo capítulo en su ensayo sobre la religión destinado a aquellos que necesitan de un gurú que proporcione respuestas absolutas a nuestra existencia, sin dejar flecos al azar.

Si de alguien no se tiene que defender Freud es de sus detractores. Cualquier persona sensata se siente hoy, de alguna manera, condicionada, alentada o persuadida por el ojo de ese hombre que miraba dentro del hombre. No se tiene que defender de la burla de sus detractores: no hay psiquiatra que no incluya la lectura atenta de Freud en su formación. Hay, lógicamente, una revisión de la práctica anticuada del psicoanálisis, pero esa revisión está más dirigida a los que aún siguen aceptando con los ojos cerrados todo aquello que salió de la mente, desde luego imaginativa, del viejo doctor. A más de un investigador, por cierto, he oído hablar de la importancia del acto de imaginar para dar pasos adelante. No hace falta que sus defensores teoricen sobre su importancia cultural, ni que destaquen que Woody Allen no existiría sin Freud. ¡Lo sabemos! Tampoco es necesario que los detractores recuerden que Allen afirma irónicamente que de haber conocido el Prozac se hubiera ahorrado tiempo y dinero. Lo que cabe preguntarse es si el humor woodyallenesco hubiera sido posible sin su permanente ansiedad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 10 de mayo de 2006