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Tribuna:

John Kenneth Galbraith. In memóriam

El reciente fallecimiento de John Kenneth Galbraith ha desatado otra polémica más sobre su obra y sobre su vida, lo que sin duda le habrá hecho disfrutar desde su tumba, ya que no recuerdo que haya habido un economista al que le gustara más la polémica que a él. Siempre intentó ir contra "la sabiduría convencional", uno de los términos que acuñó.

Algunos se extrañan de que otros le consideren como el economista más influyente de la segunda mitad del siglo XX. La realidad es que el economista más influyente de todo el siglo XX fue Keynes, pero, salvando las distancias y por causas distintas, Galbraith también lo fue en Estados Unidos y en Europa durante mucho tiempo. Se le echa en cara que sus aportaciones teóricas a la economía hayan sido mínimas, lo que es cierto, y no puede comparársele, ni de lejos, con Samuelson o con Friedman. Ese argumento, que es totalmente válido para ser premio Nobel de Economía, no lo es para ser un economista influyente.

Pocos economistas tienen su facilidad de comprensión de los problemas económicos, su sencillez de exposición, su agudeza, su ingenio y su ironía

Conviene distinguir entre aquellos que crean ciencia económica, que son los más admirados por los demás economistas; aquellos que se dedican a divulgar la ciencia económica que otros crearon, que son los que tienen un mayor éxito entre los no economistas, y finalmente aquellos que son capaces de hacer ambas cosas, aunque a menudo en distintas etapas de su vida, primero crean ciencia y luego la divulgan.

Galbraith pertenece sobre todo a los segundos, aunque no fue un economista menor. No es fácil llegar a ser uno de los catedráticos de economía, en Harvard y en Princeton, más admirados por sus estudiantes y muchos de sus colegas durante varias décadas. Nadie como él ha sido capaz de escribir sobre economía para que un lector medianamente informado la entienda. Paul Samuelson solía decir de él: "Es el mejor economista americano para los no economistas". De ahí que haya sido el economista que ha escrito más libros de éxito entre los años cincuenta y noventa. Su éxito reside en que ha habido muy pocos economistas con su facilidad de comprensión de los problemas económicos, su sencillez de exposición, su agudeza, su ingenio y su ironía.

Fue capaz de divulgar con éxito las ideas de Keynes para empresarios y políticos en las páginas de Fortune, primero, y en Economics and the public purpose, después; las ideas de su profesor Veblen en El capitalismo americano; las de Berle y Means en El nuevo Estado industrial; las nuevas teorías sobre el consumo y sobre la sobreproducción de bienes de consumo en La sociedad opulenta; las nuevas y viejas teorías sobre la política monetaria en Breve historia de la euforia financiera muchos años después de su primer best seller, The Great Crash, sobre los factores que aceleraron la Gran Depresión.

Fue un asesor político y económico muy importante del partido demócrata y de sus sucesivos gobiernos. Participó en la política del New Deal de Roosevelt. A Kennedy, que fue discípulo y amigo personal suyo en Harvard, le ayudó en su campaña electoral y pudo ser su asesor económico, pero prefirió quitarse de en medio y dejar que Walter Heller, mejor preparado, lo fuese. Jugó muy fuerte a que Eugene McCarthy fuera presidente en 1968 por su oposición a la guerra del Vietnam, sin éxito. Asesoró también -por poco tiempo- al presidente Johnson; dimitió por no conseguir que saliera a tiempo de Vietnam.

A todos aquellos que le acusan de intervencionista y de dar prioridad al Estado frente al mercado, tienen que comprender que fue a la universidad de California Berkeley en 1931, en el peor momento de la Gran Depresión; y que, tras obtener su doctorado en economía en 1934, escribió un libro muy ortodoxo sobre las causas de la Gran Depresión, al que renunció cuando ya estaba publicado al leer la Teoría general de Keynes. Tras leerla, decidió irse a Cambridge para asistir a sus clases, (que por cierto combinó con las de Hayek, en la London School of Economics). Nada más volver a Estados Unidos, se dedicó a ser un predicador de la causa keynesiana, que mantuvo durante su vida.

Muchas de las ideas que popularizó vuelven a estar vigentes ahora, cuando la distribución de la renta en Estados Unidos empieza a parecerse más que nunca a la que él mismo previó décadas antes. Tiene la suerte de que otro economista, Paul Krugman, con mejor expediente académico que él y con su misma facilidad de exposición y comprensión, aunque con menos ironía, ha tomado su relevo. Descanse en paz.

Guillermo de la Dehesa es presidente del Centre for Economic Policy Research.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de mayo de 2006