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Reportaje:La ofensiva verbal del presidente iraní

La misión de Ahmadineyad

La vieja revolución islámica ha encontrado en el presidente al salvador del orgullo nacional iraní

Objetivo: salvar la revolución. Más allá del desafío nuclear que Irán lanza a Occidente, el presidente, Ahmadineyad, intenta despertar el orgullo nacional, que había languidecido 27 años después del triunfo de Jomeini. Con su retórica incendiaria, contacto continuo con el pueblo, programas de ayuda y lucha contra la corrupción conquista más apoyos. El hombre que desafía a EE UU y cuestiona el Holocausto ve crecer su liderazgo."¿Por qué la nación palestina debe pagar el precio del Holocausto? Que [Occidente] dé parte de su territorio a los judíos". (14/12/2005)

Sahar está lejos del estereotipo de iraní fundamentalista. Bajo el pañuelo y la bata negros con los que se cubre para ir a la universidad asoman un mechón de pelo, un rostro maquillado y unos ajustados vaqueros. Sus maneras y su dominio de una lengua extranjera también apuntan a una familia de clase media urbana. Sin embargo, defiende sin reparos a su presidente, el polémico Mahmud Ahmadineyad. "Tiene el valor de decir lo que piensa, y voluntad y coraje para enfrentarse a Estados Unidos", afirma.

Y es precisamente ese enfrentamiento con EE UU, sus diatribas contra Israel y sus discursos desafiantes sobre la crisis nuclear lo que ha puesto a Ahmadineyad en el punto de mira internacional. Alarmados ante su retórica grandilocuente, diplomáticos y periodistas le tacharon de novato y luego de loco: es el hombre que ha puesto en duda el holocausto, que ha ensalzado la idea de borrar del mapa a Israel y que ha amenazado a Estados Unidos si es agredido. Pero más allá de su retórica, ¿quién es Ahmadineyad? El ingeniero islamista, casi desconocido hasta su elección el pasado junio, considerado un "psicópata" por el primer ministro israelí, Ehud Olmert, es un populista al estilo Hugo Chávez que ha asumido una misión clara: recuperar el orgullo nacional iraní para salvar el régimen islámico.

Para los iraníes, hay dos Ahmadineyad. Uno es valiente, honrado y cercano. El otro, inexperto, patán y una pizca xenófobo

Con esta política "puede obtener una victoria diplomática a corto plazo, pero a la larga daña los intereses nacionales", dice Bavand

."¿Por qué la nación palestina debe pagar el precio del Holocausto? Que [Occidente] dé parte de su territorio a los judíos". (14/12/2005)

"Irán avanzará hacia el desarrollo de la energía atómica para fines pacíficos. No nos asustan las potencias". (19/1/2006)

"Si Dios quiere seremos testigos de un mundo sin EE UU y sin la entidad sionista (...), que debe ser borrada del mapa". (26/12/2005)

"Grandes potencias están intentando bloquear el progreso de otros países mediante el acoso". (14/3/2006)

"El Ejército iraní cortará las manos a cualquier agresor y cubrirá de vergüenza al enemigo". (18/4/2006)

"Con ayuda de Dios llevaremos a George Bush en un futuro próximo ante el tribunal de los pueblos". (1/2/2006)

Credenciales populistas

Sus credenciales populistas quedaron claras para quien se fijó en aquella imagen en la que, poco después de ser elegido alcalde de Teherán en 2003, aparecía barriendo una calle con el mono anaranjado de los empleados de la limpieza. Pero entonces, este hijo de herrero que dos años más tarde iba a traer de cabeza al mundo era aún un don nadie para la política internacional. Hasta llegar a la alcaldía de la capital, su trayectoria personal y política había sido tan discreta como llena de sombras.

Algunos analistas buscan en su pasado basiyi o su pertenencia a la secta mesiánica de los Anyuman Hoyatie las raíces de sus convicciones revolucionarias. Pero tal vez sea más sencillo que todo eso. Ahmadineyad creció influido tanto por la religiosidad de su madre como por los efectos de la occi-dentalización que el sha impuso a Irán. Su barrio, Narmak, estaba lleno de obreros emigrados de provincias, los mostazafin, o desheredados, a los que apelaban Jomeini y la revolución islámica.

Si se pregunta a los iraníes, hay dos Ahmadineyad. Uno es valiente, honrado y cercano. El otro, inexperto, patán y una pizca xenófobo. Las distintas apreciaciones muestran la división de esta sociedad entre partidarios de una identidad extremadamente indígena y defensores de la integración en el mundo, entre revolucionarios e internacionalistas. Una diferencia ésta que no sólo es política, sino filosófica porque se traduce en una concepción distinta de la vida, de la religión y del propio Irán. Aunque el nuevo presidente ha profundizado esa brecha, su elección también ha revelado la existencia de un sector aquejado sobre todo por el empobrecimiento tras 27 años de revolución.

Más allá de un núcleo duro y fuertemente ideologizado de basiyis, pasdarán y familias de mártires, es a ciudadanos como Sahar a quienes ha conquistado Ahmadineyad con su lenguaje directo, su estilo sencillo y la reafirmación del orgullo nacional. "Es de una llaneza cautivadora", admite el embajador de un país latinoamericano que le ha conocido. "No se ha forjado en las luchas de poder de los clérigos, sino en los campos de minas de la guerra contra Irak".

Este hijo modelo de la Revolución Islámica cuenta sin duda con el respaldo de ese 20% de iraníes que creen apasionadamente en los ideales de aquélla y se benefician de la munificencia del Estado que trajo consigo (los subsidios alcanzaron 17.000 millones de dólares el año pasado). Pero su lenguaje de justicia social ha traspasado esa capa de la sociedad para alcanzar a unas clases medias cansadas de un cambio que nunca terminaba de llegar.

"Nos equivocamos", reconocen la mayoría de los observadores que en septiembre, tras su controvertida intervención ante la Asamblea General de la ONU, le auguraron cuatro telediarios. Todo su discurso antiimperialista y antiisraelí tenía un objetivo bien preciso: ampliar su base popular para legitimar su órdago a la comunidad internacional. "Si Irán consigue dominar la tecnología nuclear, y por ende la capacidad para fabricar armas atómicas, cambian todos los parámetros de sus relaciones internacionales y entonces tenemos régimen para rato", interpretan ahora.

A pesar de que la responsabilidad de la política nuclear recae sobre el Consejo Supremo de Seguridad Nacional (un órgano colegiado que informa al líder espiritual y verdadero número uno del país, el ayatolá Alí Jamenei), Ahmadineyad se ha apropiado de la defensa de ese programa sin dejar espacio para la contestación.

Una causa nacional

"Ha sido muy inteligente. Ha convertido la energía nuclear en una causa nacional", admite un ex alto funcionario del Gobierno de Jatamí. La fuente, que como la mayoría de los entrevistados para este reportaje pide el anonimato, califica de "peligroso" el camino que ha emprendido, pero responsabiliza a Estados Unidos. "Son ellos quienes nos han echado en brazos de los radicales. Les ayudamos en Afganistán y nos lo agradecieron incluyéndonos en el eje del mal; tampoco han reconocido nuestra cooperación en Irak. Los iraníes se han cansado de mendigar el reconocimiento internacional y por eso apoyan el lenguaje de confrontación de Ahmadineyad", apunta.

Por supuesto, el respaldo no es unánime. "Ha dañado la imagen de Irán en el mundo", lamenta un reconocido analista político. Pero eso sólo preocupa a las élites intelectuales y empresariales. Los primeros hablan de presiones, autocensura y miedo. Los segundos, de un parón en la inversión extranjera, problemas para encontrar financiación y aumento de la tasa de riesgo país.

"Está produciendo incomodidad e inseguridad en los iraníes políticamente conscientes", señala el profesor de Derecho Internacional y ex diplomático Davud Hermidas Bavand. En su opinión, esa política "puede obtener una victoria diplomática a corto plazo, pero a la larga daña los intereses nacionales". En cualquier caso, no hay vías para canalizar el descontento. Con el movimiento reformista clínicamente muerto, la única oposición podría venir de los sectores pragmáticos que se agrupan en torno al ex presidente Alí Akbar Hachemi Rafsanyani.

"Él opina que Ahmadineyad lo está haciendo mal", confía alguien próximo al veterano político. Sin embargo, se muestran cautos. "¿Y si le sale bien la jugada?", plantean como algo que no es del todo improbable dada la división internacional y el bloqueo de Estados Unidos en Irak. Entonces habrá ganado un enorme capital político que garantizará la supervivencia del régimen. Porque, y ahí todos están unidos, el logro tecnológico es un gran orgullo nacional. Sólo hay que ver la reacción al anuncio de que se había conseguido enriquecer uranio al 3,6%.

"Para Irán es un gran honor porque lo hemos logrado por nuestros propios medios", señala Sahar, sin que la mención a la ayuda paquistaní o rusa mermen su entusiasmo. La prensa local habla ahora de Irán como una potencia nuclear. Pero incluso Karim, también estudiante y que no simpatiza con las políticas de Ahmadineyad, se muestra henchido. "Los países que han logrado esa tecnología no quieren que los demás accedan a ella para mantenerlos dependientes", manifiesta.

La mayoría de los entrevistados durante los últimos meses se han mostrado convencidos de que Occidente quiere frenar el desarrollo tecnológico de Irán. Muy pocos critican el programa nuclear per se, todo lo más la forma en que se gestiona la crisis. "La gente no está preparada para decir lo que siente. Piensan: ¿para qué me voy a arriesgar?", asegura el reformista Eisa Saharjis.

Incluso quienes como Zeinab, una universitaria de Shiraz que se cubre con el tradicional chador, consideran que el dinero debiera gastarse en otras necesidades más urgentes, rechazan la interferencia exterior, en especial de Estados Unidos. "¿Cómo se atreven a decirnos que Irán es un país terrorista cuando son ellos los únicos que han lanzado una bomba nuclear y provocado la violencia en un sinfín de países?", se indigna, por su parte, la joven Fatemeh.

Las ideas de 1979

"Los iraníes apoyaron la revolución en 1979 porque era un movimiento antiimperialista y antiestadounidense, y en buena medida esas ideas aún siguen vigentes", admite Saharjis. "Quieren ser ellos mismos los que decidan qué pueden tener y qué no; incluso si existen tensiones internas, quieren ser ellos los que reclamen sus derechos".

Ahmadineyad ha sabido capitalizar ese sentimiento nacionalista, pero los observadores advierten de que para mantenerlo también necesita que sus promesas de justicia social -de "poner los ingresos del petróleo sobre la mesa de los iraníes", según dijo en su campaña electoral- empiecen a dar frutos. Y ahí es donde las valoraciones difieren. En su conferencia de prensa de la semana pasada, el presidente defendió su trabajo de estos últimos ocho meses. Recordó que está acercando el Gobierno a las provincias, y que sus políticas se centran en los más desfavorecidos y que lucha contra la inflación (15%) y el desempleo (12%), las costuras por las que se desangra el régimen.

Sus salidas a provincias, 12 hasta ahora, están llevando sin duda un mensaje de esperanza a amplios sectores de la población que en 27 años de sistema islámico apenas habían recibido unas migas del pastel. Según el Ministerio de Asuntos Sociales, 11,3 millones de iraníes viven por debajo de la línea de la pobreza. En cada desplazamiento, acompañado por una buena parte de su Gabinete, promete asfaltar carreteras, construir centros deportivos, escuelas y mezquitas. Y el país descubre que el 48% de las carreteras rurales no están asfaltadas o que 1,5 millones de familias carecen de una vivienda digna de ese nombre.

Con un 70% de la población menor de 30 años, la juventud es otra de sus prioridades. Nada más formar Gobierno, anunció la creación del Fondo Reza del Amor para ayudar a los jóvenes a afrontar los gastos de boda y la compra de su primera casa. El encarecimiento de la vivienda y el paro, que entre los 16 y los 24 años triplica la media nacional, han elevado la edad de matrimonio a 25 años para las mujeres y 28 para los hombres, lo que constituye un grave problema en una sociedad donde las relaciones prematrimoniales son tabú. De momento, el Fondo está pendiente de aprobación por el Parlamento, pero no se espera que encuentre oposición.

Más adelantado parece su programa de acciones de justicia, por el cual van a repartirse entre la población valores de empresas públicas por un monto de entre 400 y 500 billones de riales (entre 40.000 y 50.000 millones de euros). Se calcula que unos 20 millones de iraníes, seleccionados por sus bajos ingresos, van a beneficiarse de ese reparto. A pesar de la opacidad del proceso (esta corresponsal intentó sin éxito que un responsable le explicara el plan), las noticias publicadas en la prensa local hablan de que 700.000 personas ya han recibido una primera cuota por valor de cinco millones en las cuatro provincias más deprimidas del país: Ilam, Sistán-Baluchistán, Kohkiluyeh-Boyerahmad y Jorasán Sur.

Los primeros beneficiarios han sido personas dependientes de organizaciones caritativas como viudas, huérfanos, veteranos de guerra y minusválidos. Según declaró Ahmadineyad hace una semana, los siguientes en recibir acciones de justicia van a ser los obreros y los maestros, cuyos sueldos apenas llegan a 100 y 150 euros mensuales, respectivamente. Cuando concluya la primera fase de la distribución, el próximo octubre, 8,5 millones de iraníes habrán entrado en el mercado de capitales.

"Las acciones de justicia no pueden sustituir a la privatización que recomendaba el tercer plan de desarrollo económico quinquenal (2000-2005)", criticaba recientemente un informe del periódico Iran Daily. "El Estado va a seguir manteniendo el control de las empresas, quedándose con un 51% de las acciones", añadía. Además, dado que la gente no va a pagar por esas acciones (que en principio se distribuyen a un tercio de su valor y se financian a 20 años), suponen un coste añadido para las arcas estatales.

Mucha labia

"Es pan para hoy y hambre para mañana", denuncia Saharjis. "No sabe nada de política, ni de economía, sólo tiene labia. Sí, los créditos para que los jóvenes se casen son importantes para la gente, pero si ese dinero se empleara en políticas que fomentaran el empleo, no haría falta darles ayudas y podrían comprarse la casa por sí mismos. Es una política de parches. Resuelven los problemas durante un año, ¿y luego?".

"No es cierto que el Gobierno esté controlando la inflación", apunta, por su parte, un economista. "Está manteniendo los precios bajos de forma artificial gracias a los excedentes del petróleo que le permiten inundar el mercado de productos de primera necesidad, pero esto sólo aumentará la inflación dentro de seis meses. No hay una política económica".

El recurso abusivo a los excedentes del petróleo ha sido criticado por los propios aliados conservadores de Ahmadineyad en el Parlamento. Su primer presupuesto, para el año fiscal en curso (marzo 2006-marzo 2007), ha aumentado un 25% sobre el precedente basándose en un cálculo del precio del crudo a 40 dólares el barril. Aun así, muchos diputados dudan de que alcance para cumplir sus promesas electorales.

De momento, en la calle no ha habido cambios significativos. "Ahmadineyad no es un profeta que hace milagros, y menos en ocho meses. Podremos evaluarle cuando cumpla su mandato; mientras tanto, nos gusta lo que dice y el hecho de que su vida privada es como la nuestra", concluye Hamid, un

basiyi profundamente religioso que recoge un sentimiento muy extendido. Él, como muchos otros iraníes, valora que los hijos del presidente, dos chicos y una chica, sigan desplazándose por la capital en autobús.

Una biografía oficial con 'lapsus'

LA BIOGRAFÍA OFICIAL de su página web (http://www.president.ir/eng/) cuenta que Ahmadineyad nació en 1956 en Aradan, un pueblo situado a un centenar de kilómetros al oeste de Teherán. Su padre se trasladó a la capital en busca de sustento para su familia cuando él tenía un año. El tercero de siete hermanos, Mahmud, estudió Ingeniería Civil en la Universidad de Ciencia y Tecnología y se embarcó en actividades políticas que le llevaron a estar entre los miembros fundadores de la Asociación de Estudiantes Islámicos, el grupo que tomó la Embajada de Estados Unidos. También cuenta que, al estallar la guerra con Irak, se alistó en la milicia de voluntarios conocidos como basiyis.

Queda la duda de si participó en el secuestro de los diplomáticos norteamericanos, como le acusan algunos de los ex rehenes. Varios de los implicados, que hoy militan en el bando reformista y no tienen, pues,

razones para protegerle, lo han negado. Tampoco está claro qué hizo exactamente durante los ocho años de la guerra con Irak. La falta de datos precisos alienta los rumores sobre sus lazos con los servicios secretos de los pasdarán, o Guardianes de la Revolución, el ejército ideológico del régimen, y su supuesta implicación en la tortura y liquidación de opositores al nuevo sistema. Los miembros del Parlamento austriaco sospechan que participó en el asesinato del disidente kurdo Rahman Ghasemlu, en el año 1989, en Viena, pero no han logrado encontrar pruebas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de mayo de 2006

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