Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Los tigres de la Costa del Sol

Hubo un tiempo en el que El León de Fuengirola reinaba en la Costa del Sol y sus poderosos rugidos, aunque no alcanzaban con sus ecos como antaño las frondas de El Pardo, servían para meter el miedo y el orden en el cuerpo a los habitantes, pescadores y contrabandistas de los pueblos costeros. La Costa del Sol era entonces coto privado y protegido de especímenes políticos en retirada, cementerio de elefantes, cubil de hienas que habían perdido los dientes en las luchas intestinas del franquismo feroz y se consolaban con el oro de millas de arena blanca. José Antonio Girón de Velasco, ex ministro falangista, demagogo y golpista en la sombra, era el rey de aquel parque jurásico en cuya fauna medraban príncipes arruinados y reciclados en promotores turísticos e inmobiliarios, aristócratas golferas, playboys a la baja, truhanes retirados, actrices jubiladas y jeques árabes dispensadores de opíparas propinas. Un caldo de cultivo cuyos ricos aromas resultarían irresistibles para los grandes depredadores, dispuestos a enriquecerse a toda costa, en todas las playas y calas de la comarca.

Al León de Fuengirola le sucedería como rey de la selva el Monstruo de Marbella que llegó precedido de una siniestra fama de enterrador tras la catástrofe de Los Ángeles de San Rafael. Jesús Gil y Gil, antes de desembarcar en Marbella, había pasado una breve temporada a la sombra como responsable del hundimiento de un edificio en el que perdieron la vida más de cincuenta personas. Indultado por especialísima gracia del Generalísimo, el desalmado promotor resurgió de las cenizas de sus víctimas y reconstruyó su vida y su obra sobre dos firmes pilares, la política y la empresa, tanto monta, monta tanto y aquí te pillo, aquí te mato. Entre sus inversiones se contaría pronto el Atlético de Madrid, una poderosa tribuna publicitaria y tapadera excelente. Jesús Gil hizo todo lo posible por convertirse en Berlusconi pero le perdieron sus modales y su torpe aliño indumentario; además, el "Atleti" no es el Milan, Roma no es Marbella y no es lo mismo tener en propiedad canales de televisión y periódicos que figurar en ellos como invitado permanente, productor de escándalos y repartidor de exabruptos. Gil usó y abusó de los medios de comunicación que, a cambio de titulares ostentóreos, le celebraban en portada sus groseras ocurrencias. Lo de ostentóreo fue una ingeniosidad que se le escapó sin querer al monstruo, un neologismo, mezcla de ostentoso y estentóreo, que serviría para definirle. La olla podrida destapada recientemente en Marbella tiene muchos cocineros, pero sería injusto no mencionar a los compañeros de oficio que adobaron y removieron el guisote durante tanto tiempo, incluso después de la muerte de Gil, con las danzas y malandanzas del nuevo edil consorte de la famosa tonadillera por cortijos y juzgados. El periodismo de investigación de alcobas y braguetas, nunca se ocupó del señor Roca, muñidor en las tinieblas de todas las tramas, tan discreto en su vida pública como ostentóreo en la privada. De haber sabido que entre su ingente y solapado patrimonio contaba el señor Roca con un tigre de Bengala, vivo, y con un museo particular de animales muertos, auténtica galería de los horrores cinegéticos, los paparazzi de los coglioni le hubieran hincado el diente mucho antes al escurridizo señor de los ladrillos y las recalificaciones.

El señor Roca se despeñó antes de que pudiera completar su colección de palacetes madrileños -por el momento, tenía ya la parejita- pero no se sabe cómo pensaba recalificarlos. Madrid no es Marbella, aquí no hay mucho suelo que recalificar, aquí las recalificaciones más rentables se realizan sobre el uso de edificios históricos o emblemáticos, palacios de la nobleza o del ocio como esos cines palaciegos de la Gran Vía en peligro de reconversión. Aquí la impunidad es casi absoluta y la especulación hace su agosto todo el año. Desde esta columna propongo a las autoridades competentes que instalen en uno de los palacetes madrileños de Roca, un Museo de las Recalificaciones y las Corrupciones Urbanísticas que sirva de escarmiento, o de estímulo, nunca se sabe, con su pequeño zoo para tigres de Bengala expropiados, su piscina para escualos y su fondo de reptiles.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS