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COLUMNA

El bicho

Eminentes biólogos malayos han descubierto en el sur de España una nueva especie zoológica: el apandador marbellí. En realidad este animal llevaba muchos años siendo avistado por la zona y los lugareños habían proclamado repetidas veces su existencia, pero, como no había sido posible su captura, las autoridades tendían a considerarlo una criatura más o menos mítica. Ahora, tras el apresamiento efectuado por los malayos, se ha verificado que el bicho existe y que cuenta con abundantes ejemplares.

El apandador marbellí es una bestia sociable y de costumbres seminocturnas. El macho muestra una elevada tendencia a la pilosidad supralabial y a la barriguilla fondona y feliz. La hembra puede ser morena renegrida de nacimiento, pero al llegar a la media edad ya está rubia perdida (esta conversión masiva a la rubiez no ha sido comprendida del todo por los científicos); asimismo suele manifestar una extraña tendencia a la hinchazón de labios, lo que los biólogos llaman morrudismo, y una desmedida afición a oros y dorados por todo el cuerpo. El apandador es omnívoro, es decir, come de todo, pero, eso sí, todo buenísimo, mayormente jamón de pata negra y langostinos tigre. Tiene querencia a las marisquerías, los restaurantes de lujo, los tablaos flamencos, los yates, los campos de golf, las plazas de toros y la romería del Rocío. Le encanta la jarana y suele acostarse bastante tarde. Y al salir de madrugada del último garito, en las tibias y perfumadas noches marbellíes, suele emitir el engreído y prepotente grito de su especie, que es un hipido repetitivo que suena como "Giiil, giiil, giiil, giiil..."

El apandador marbellí es un bicho de origen incierto. Hay ejemplares que provienen de las marismas de derechas y otros de los criaderos socialistas, pero luego todos se convierten en apandadores mayúsculos. Porque ésta es la característica más asombrosa de la bestia: su fabulosa capacidad para apandar, su descomunal instinto de rapiña. Siempre insaciable, acumula joyas, cuadros, coches de lujo y palacios, y disfruta guardando en su casa cantidades ingentes de dinero para revolcarse sobre los billetes (los zoólogos suponen que lo hace para desparasitarse). Es un animal poco fiable: conviene no acercarse mucho porque muerde.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de abril de 2006