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Reportaje:

Un escalofrío en la calle Alcoi

Los mayoristas del centro de Valencia, de siete nacionalidades, ven imposible competir con los negocios chinos

La calle Alcoi está inquieta. Propietarios y empleados caminan hasta la puerta del negocio, aguardan, se observan, hacen cuentas, y luego vuelven a entrar. La calle Alcoi, en el centro de Valencia, va de la Estación del Norte a la Gran Vía de Germanías. Y algo tiene de gremio; hay 11 números y 21 bajos comerciales, y todos, menos uno, se dedican a lo mismo: Son mayoristas de productos de importación, suministradores de Todo a 100, bazares y tiendas de pueblo.

La calle es gremial pero en cierta forma representa a la globalización. Es exigente, competitiva, y se oyen ocho idiomas en un centenar de metros. Los comerciantes no son precisamente novatos y sin embargo están preocupados. "La cosa no va bien, no", dice Amarnani, de 51 años, nacido cerca de Mumbay (India), y a quien 34 años en España, la mayoría en Melilla, han dejado un acento indescifrable. Amarnani responde con otra pregunta al porqué de su pesimismo: "¿Dónde se ha visto que un pijama cueste un euro y medio, dos euros? Así no se puede competir".

En los 11 años que lleva al frente de NS Sons, el indio ha visto abrir y cerrar muchos comercios en un sector con escaso margen de beneficio. Pero no fue hasta hace dos, cuando desembarcó en la calle Alcoi el primer individuo de un género superadaptado, que Amarnani empezó a preocuparse: "¿Que quiénes son? Pues los chinos, ¿quiénes van a ser?, los chinos".

Los comentarios del mayorista y de otros de sus colegas parecen contener un sustrato xenófobo. Se trata, en cualquier caso, de una xenofobia particular: "Aquí somos todos indios, africanos, moros, paquistaníes y desde hace poco, chinos", explica en la tienda de enfrente Matani, india con pasaporte español, que se instaló en la calle en 1986, lo que convierte a su establecimiento en uno de los más antiguos del lugar. "Primero teníamos tienda en Islas Canarias y luego hemos cerrado porque allí había muchísima tienda, más que cuenta, y ya no se vendía bien. Y también está pasando lo mismo aquí, no hay venta como antes. Llevamos dos años que estamos pasando mal.". Matani, de 52 años, ha conocido con su marido los mercados de Tánger, Ceuta y Melilla y coincide con Amarnani, con Pilar Parreño (de una de las tres tiendas de españoles) y con Tariq Mohammed (ex universitario de Casablanca) en que nunca se había encontrado con un rival tan implacable.

"No es verdad. Nosotros vendemos a un precio parecido", responde Wang, un tipo de pocas palabras, educado, nacido hace 45 años cerca de Shanghai (China), que rehúye cualquier polémica. Otra cosa es su compatriota Jung, dependiente en un comercio de bisutería, que afirma: "¿Que no pueden competir?" -un suspiro-, "¿qué se puede decir?... Se puede decir que nosotros conseguimos cosas más baratas. Se puede decir así". Jung, de 22 años, originario de Wenzhou, escucha música pop cantada en chino y añade: "Están celosos. Porque como ellos no tienen negocios dicen que nosotros se los quitamos. ¡Negocio es así! Unos ganan, otros pierden, ¿no? Pues eso".

Algunas tiendas de la calle Alcoi están especializadas; otras abarcan una amplia variedad de productos. Una de las que más impresiona pertenece a Wang y abrió hace un año. Vende muñecos, muñecas rusas, dinosaurios, peluches, coches de juguete, videoconsolas, teléfonos, iPod, Tamagochis, cuadros, marcos para fotos, pelucas, lámparas, vajillas, ollas, cuberterías, correas de reloj, relojes de pulsera, de pared, de mesa, con forma de mano, de pie, de bolso y de neumático. Lo importa todo de su país.

Cuatro tiendas más abajo, Amarnani sigue el trajín del negocio de Wang: "¿Qué te digo? El día de mañana me puedo ir a otro lado". ¿Lo tiene pensado? "Como que tanto. Yo cojo ahí mi maleta y me voy a Madrid".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de abril de 2006