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Reportaje:

La leyenda de Diego Rivera llega a España

La Fundación Caixa Galicia inaugura nueva sede en A Coruña con una exposición del pintor

Barcelona
El jueves se inaugura en A Coruña una exposición dedicada al pintor mexicano Diego Rivera, una de las grandes figuras del arte del siglo XX, del que se presentan 43 obras procedentes del Museo Dolores Olmedo de Ciudad de México. La exposición, abierta hasta el 30 de junio en la nueva sede coruñesa de la Fundación Caixa Galicia, diseñada por el británico Nicholas Grimshaw, es una magnífica oportunidad para conocer a un artista del que es difícil ver obras en España, ya que la mayoría de sus pinturas -parte de las cuales son grandes murales en los que reescribió la historia de su país- están en colecciones mexicanas. La biografía de Rivera, además, le ha convertido en un personaje legendario.

Cuenta Raquel Tibol, amiga y una de las principales estudiosas del artista, que en un carta inédita Diego Rivera le escribe a León Trotski que no quiere que siga utilizando su nombre para firmar artículos en la prensa mexicana. Por entonces ya estaban peleados, aunque fue Rivera quien pidió en 1936 al entonces presidente de la República Lázaro Cárdenas que concediera asilo político al famoso fugitivo de Stalin, y también fue él, Rivera, según Tibol, uno de los colaboradores en el primer atentado fallido contra Trotski que había organizado David Alfaro Siqueiros, comunista como Rivera y también otro de los grandes muralistas que situaron el arte mexicano de vanguardia en la historia del siglo XX. Superados los ochenta años y sentada en el salón de un cosmopolita hotel mexicano, Tibol asegura con una autoridad que impone que fue el miedo a las consecuencias de este atentado lo que hizo que Rivera forzara en 1939 el divorcio con Frida Kahlo, con la que volvió a casarse al año siguiente; fue para protegerla, dice, y no por celos a raíz del romance que supuestamente ella había tenido con el comunista ruso.

El pintor se divorció de Frida Kalho para no involucrarla en un atentado a Trotsky

En fin, el fascinante mundo de Diego Rivera (1886-1957), díscolo hijo de madre católica conservadora y de padre liberal, está plagado de historias y de leyendas. Algunas pueden reseguirse a través de la exposición retrospectiva del gran artista mexicano que el próximo jueves se inaugura en la nueva sede, construida por el británico Nicholas Grimshaw, de la Fundación Caixa Galicia en A Coruña. Reunirá 43 obras, una selección de las 145 que atesora el Museo Dolores Olmedo de Ciudad México, y que abarcan toda su trayectoria, desde un autorretrato con 21 años aún de corte modernista realizado en Madrid en 1907 -año en que empezó la larga estancia europea del artista durante la que se empapó de las vanguardias de la época con notable acierto, hasta que en 1919 regresó a su patria y comenzó una etapa nueva marcada por el muralismo y la reivindicación de lo indígena- hasta las puestas de sol que pintó en 1956, precisamente en la casa de Acapulco de Dolores Olmedo, cuando se recuperaba del cáncer de próstata que acabaría matándole un año más tarde.

Su nieto, Juan Coronel Rivera, nació cuatro años después, por lo que, confiesa, la aproximación a Rivera "no es como familiar, sino como historiador". Al igual que Tibol -quien explica que "para Diego no existían los domingos"-, encuentra increíble la capacidad de trabajo de su abuelo que se refleja en miles de cuadros, dibujos y acuarelas. Sin contar los impresionantes murales que le hicieron famoso, realizados tanto en México -a destacar el titulado Tierra liberada, en la capilla de la Escuela de Agricultura de Chapingo, en la que pintó el monumental retrato de la abuela de Coronel, Lupe Marín, embarazada de su madre, Ruth, un boceto que puede verse en la exposición- como en Estados Unidos, en donde plasmó su pasión por la fuerza obrera y el progreso industrial en Detroit y su aversión por el capitalismo salvaje en el polémico mural del Rockfeller Center que el magnate ordenó destruir tras negarse el artista a borrar un retrato de Lenin.

"Se han escrito más de 340 libros sobre Rivera y es uno de los autores más estudiados de América, pero aun ahora hemos encontrado seis murales y unos 600 bocetos que no estaban catalogados", explica Juan Coronel, que lleva meses preparando, junto a otros estudiosos, una nueva monografía del artista para la editorial Taschen cuya publicación coincidirá en 2007 con el 50º aniversario de su muerte. Por cierto que no es fácil encontrar estos libros ni siquiera en las grandes librerías mexicanas; en su mayor parte no se han reeditado y, salvo en las bibliotecas, lo único que encuentra el interesado son ediciones de lujo o monografías refrito con más o menos interés.

El aniversario puede contribuir a relanzar el conocimiento sobre su figura, pero coincidirá con el centenario del nacimiento de Frida, la mujer que, pese a haber conocido y amado a muchas otras (su fama de conquistador es legendaria y se casó cinco veces), más le arrebató el corazón a Rivera. Pidió que a su muerte se mezclaran sus cenizas con las de ella, pero no se cumplió su voluntad y fue enterrado en la Rotonda de los Hombres Ilustres en eterna soledad. En los últimos años, Frida también le ha arrebatado el trono de ser el artista más cotizado de Latinoamérica, aunque va segundo.

Si se accede a Diego a través de lo que se ha escrito sobre Frida no suele salir muy bien parado. Grandote, excesivo y con cara de batracio, como ella misma le definía cariñosamente y él asumía al representarse como un sapo, parece ser que despertaba pasiones furibundas a favor y en contra desde la derecha y la izquierda, tanto por su personalidad como por su pintura. Tibol afirma que la suya era una "simpatía arrolladora" y que hacía gala de "una gentileza extraordinaria". También era, indica, un erudito que estudiaba y se preparaba a fondo para poder realizar sus murales, un activista político convencido y, sobre todo, un pintor experto y dotado que creyó que podía poner su arte, especialmente los murales, al servicio de la revolución social y cultural (durante la fase bélica él vivía en Europa) de su país. Y lo más curioso es que parece ser de los pocos que lo consiguieron. Frente a los murales del Palacio Nacional, en Ciudad de México, además de turistas, abundan los grupos de escolares que disciplinadamente parecen aprender la historia de su país a través de las pinturas que sobre su versión de la misma, siempre marxista y anticolonialista, pintó en sus muros Rivera.

Su obra de caballete es menos conocida, pero también interesante. Nunca dejó de hacerla y su etapa europea -especialmente sus obras cubistas- está siendo cada vez más reivindicada, aunque sus obras más famosas fueron sus paisajes y personajes populares mexicanos, en las que ensalzó siempre la dignidad del indígena y también los muchos retratos que realizó de mujeres de la alta sociedad mexicana. "Él siempre decía que la pintura no la compran los pobres", explica Tibol. "Vivía de sus obras de caballete porque por hacer el mural de Chapingo, por ejemplo, sólo cobraba 20 pesos el metro cuadrado", añade. Y Juan Coronel recuerda, además, que fue un gran e impulsivo coleccionista de arte precolombino, reunió más de 50.000 piezas, y al final de su vida construyó el museo de Anahuacalli para albergar estos fondos, que acabó donando a México. "La mayoría de retratos los hizo entre 1945 y 1950 y entonces tenía a 35 o 40 albañiles que trabajaban en la obra y dependían de él", explica.

"Nuestro objetivo es mostrar al Diego no muralista, al pintor y no al artista político", indica Carlos Philips Olmedo, director del museo que fundó su madre y uno de los responsables del fideicomiso de Rivera, que gestiona no sólo los edificios y obras que el artista donó a México, sino también los derechos de autor de su obra y de la de Frida Kahlo. "Antes que nada", insiste, "Diego es pintor y será por ello que pasará a la historia". La leyenda también le sobrevivirá.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de marzo de 2006