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Tribuna:

Europa, entre la memoria y el olvido

Los países europeos que padecieron el totalitarismo soviético hicieron su transición a la democracia optando por el olvido. Como ocurrió también en España, ninguno de los responsables del régimen anterior tuvo que rendir cuentas ante ningún tribunal democrático por haber estado al servicio de un régimen cuanto menos hostil a sus conciudadanos. Es más, la mayor parte de ellos continúan hoy en puestos de poder, sea político, económico, jurídico o mafioso. Como en España, también los hay que sirven hoy a la democracia.

Es cierto que en los cambios pacíficos de una dictadura a un régimen democrático éste último es el más débil. Y ante su fragilidad es grande la tentación de olvidar lo vivido, de ceder a la idea que la vida ha de continuar y no estancarse en el pasado. Sin embargo, el hecho de no enfrentarse al pasado totalitario ni a los que tuvieron alguna responsabilidad en él perpetua de algún modo ese pasado al ignorarlo. Y la ignorancia, como dice Edward Said, "no puede ser nunca una estrategia política adecuada".

El dilema entre memoria u olvido se halla ya en el mito fundacional de Europa. La princesa Europa un día despertó el interés de Zeus; éste se transformó en un toro y la raptó; Agenor, el padre de Europa, ordenó a Cadmo que fuera a buscar a su hermana; durante el viaje Cadmo perdió a sus compañeros; los vengó matando al dragón; sembró los dientes del monstruo y de ellos nacieron guerreros; se produjo una guerra; muchos murieron, cinco se salvaron; Cadmo con ellos fundó la ciudad de Tebas; tuvo hijos; un descendiente suyo, Penteo, fue un tirano. Y Cadmo nunca encontró a Europa, pero su recuerdo le brindó este viaje de conocimiento.

Este mito griego se puede entender como una parábola de Europa. Si nuestro continente es lo que nos transmite la leyenda -el ir siempre más allá, descubriendo nuevos caminos en medio de monstruos y tiranos y alzando ciudades de las cenizas de las guerras- lo es porque Europa ha hecho de la memoria su razón de ser. Esa memoria que le hace dudar, atacarse a sí misma, justificarse y acto seguido disuadirse de sus propias justificaciones, es uno de sus motores, componente ineludible de su identidad y una de las causas de su vitalidad. "El presente de Europa no es otra cosa que la vida de su memoria," dice el sociólogo Zygmund Bauman.

Si venimos a nuestro presente, la voluntad de memoria genera múltiples debates sobre el siglo XX, el cual, con sus genocidios e ideologías esclavizantes pero también con su resistencia a ellos y su creatividad es un legado representativo de la leyenda sobre la búsqueda siempre aplazada de la misteriosa princesa Europa. La voluntad de mantener la memoria histórica sigue vigente en la Europa occidental -sobre todo en Alemania que ha hecho un profundo examen de conciencia- y también, con intensidad, entre los ciudadanos de la Europa del Este postotalitaria. Durante medio siglo los occidentales y los del Este no compartieron la misma historia; la memoria colectiva de unos y otros, por lo tanto, difiere en lo más sustancial y no es extraño que con frecuencia ambos bandos no se comprendan. Los habitantes del Este, obligados durante décadas a soportar la tergiversación ideológica del pasado y del presente, lo que equivalía a vivir en un olvido impuesto, ahora están obsesionados con la memoria, cosa que a algunos occidentales parece estéril. En un texto reciente, el ensayista ucraniano Yuri Andrújovich recuerda una polémica nacida en un encuentro entre intelectuales del Este y sus colegas occidentales: un profesor sueco llegó a la conclusión de que "nosotros no tenemos necesidad de conocer nuestra historia, porque nunca apelamos a ella. Las comunidades más felices son aquellas que no tienen necesidad de una referencia histórica. Tan sólo a las comunidades desdichadas les hace falta la historia, porque a través de ella pueden explicar a propios y extraños sus desgracias, legitimar sus errores." En esa clase de encuentros suele pasar precisamente esto: ante el aburrido desdén de los felices los representantes de los desdichados intentan alegar que no tienen ganas de autoflagelarse sino de conocer, porque bajo el totalitarismo su historia fue falsificada, manipulada y explicada desde un punto de vista único, el ideológico, y se ocultaron no sólo personalidades y sucesos sino períodos enteros, procesos y tendencias.

Por eso los ciudadanos de los países ex comunistas, a diferencia de sus Gobiernos, están preocupados y angustiados por su memoria, la colectiva y la individual. Por eso sienten una necesidad urgente de recuperar la memoria individual de ese tiempo en que el individuo fue sacrificado en nombre de un absoluto colectivo. Por ello, desde que se abrieron al público los archivos de la Policía secreta, muchos ciudadanos acuden a ellos para descubrir, con pesadumbre y congoja, qué se había dicho de ellos y quién los había delatado. Un ejemplo reciente de ello es el del escritor húngaro Péter Eszterházy que, tras una lucha con su conciencia, redactó un libro sobre el angustioso descubrimiento de que su hasta entonces admirado padre había colaborado con la policía secreta. Eszterházy escribió su Versión corregida en nombre de la transparencia y la verdad, consciente, al igual que Primo Levi, de que la memoria es un don tan precioso como frágil: analizando el propio pasado, uno puede empezar a manipular los detalles y acabar sintiéndose inocente. Eso es lo que hizo el presidente Putin al celebrar el 60 aniversario desde el final de la Segunda Guerra Mundial con uniformes soviéticos y retratos de Stalin. Una recuperación de la memoria de esta clase equivale al olvido.

Y no debemos olvidar que no siempre la memoria colectiva y la individual valoran de igual modo un acontecimiento: la liberación de la parte oriental de Europa, que llevó a cabo el Ejército Rojo a finales de la Segunda Guerra Mundial es, desde el punto de vista de la memoria colectiva, un hecho reconocido como heroico. No obstante desde el ángulo de la memoria individual la cosa es más compleja: para cada una del casi millón y medio (según el historiador Antony Beevor) de mujeres alemanas violadas por las tropas soviéticas, esa liberación fue una devastación.

Tras un período trágico es necesaria una dosis de olvido, tanto a nivel individual -de él hablan los supervivientes del Gulag y los campos nazis- como colectivo -en España, un país que padeció una guerra civil, una dosis de olvido resultó terapéutica-. El músico judío Daniel Barenboim lo llama olvido selectivo. Pero en ningún caso el olvido debería ser exhaustivo, como desearían muchos políticos. En las sociedades abiertas, la historia y la realidad no pueden ser ocultadas eternamente. Los ciudadanos que se saben y se sienten libres no soportan los intentos de ocultación ni engaño. Hemos tenido un ejemplo reciente de ello en España.

Al igual que para Cadmo conservar la memoria de su hermana Europa era esencial porque así pudo emprender su viaje de conocimiento y maduración, para nuestra contemporaneidad mantener viva la memoria, tanto la individual como la colectiva, es vital. Lo es, a pesar de que la historia nunca se instruye a sí misma, como afirma Antony Beevor.

No se puede vivir plenamente la propia libertad sin conocer el pasado que ha conformado lo que somos. Nunca la ignorancia y la evasión pueden ser guías adecuados del presente.

Monika Zgustova es escritora checa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de marzo de 2006