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Reportaje:LA REVUELTA DE LAS CARICATURAS

Lo que esta crisis exige de Europa

¿Serán las poblaciones europeas de origen musulmán el vector de democratización de sus países de origen o, por el contrario, acabarán siendo rehenes de quienes se empeñan en convertirlas en caballo de Troya? La Unión Europea suma 15 millones de habitantes musulmanes. Y la crisis de las caricaturas ha puesto de manifiesto el inmenso desafío que afronta el continente.

Las manifestaciones de protesta y las acciones violentas que se están produciendo en todo el mundo musulmán como reacción a las caricaturas del profeta Mahoma publicadas en un periódico danés revelan una crisis mucho más profunda, que va más allá del asunto que ha servido de excusa. Si bien está habiendo incidentes en todas partes, desde Indonesia hasta Yibuti y desde Kabul hasta Londres, los disturbios alcanzan mayores extremos allí donde los factores de tensión ya estaban al rojo vivo: Palestina tras la victoria de Hamás, Siria y Líbanoen un momento en el que aumentan las presiones internacionales sobre el régimen de Damasco, o Irán, donde la cuestión nuclear se ha convertido en una gran manzana de la discordia entre Teherán y los países occidentales.

Voces de Oriente Próximo creen que las causas del deterioro de la imagen del islam son las decapitaciones de rehenes en directo y los atentados suicidas

La 'fatua' de Jomeini estaba dirigida contra Rushdie, sus editores y sus traductores, mientras que el caso actual convierte a los daneses en culpables

El deterioro de la situación es resultado de la mala gestión del presidente Bush y sus aliados en el proceso de "guerra contra el terror" y "democratización", derivada en un resentimiento antioccidental totalmente volátil; la chispa de las caricaturas ha hecho que saltaran las llamas, y a partir de ahí se ha desencadenado un incendio de dimensiones mundiales. Los problemas de Irak y Palestina han afianzado en una oposición radical, alimentada por el islam, a quienes se niegan a que su destino lo determine la fuerza de las armas estadounidenses o israelíes.

Después del 11 de septiembre, Al Qaeda, con su sangrienta y espectacular provocación, aumentó su aislamiento entre las masas a las que pretendía movilizar. Cinco años más tarde, convertidos en punta de lanza de la "resistencia iraquí", los acólitos de Bin Laden han logrado -a través de las imágenes que transmiten por satélite Al Yazira y otras cadenas- popularizar su concepción de una yihad violenta y legítima. Da igual que las principales víctimas del terrorismo sean los chiíes iraquíes: los telespectadores del mundo árabe, en general, lo consideran una forma de resistencia a la ocupación extranjera. El fracaso de Estados Unidos en la batalla de los medios, en este caso, corre paralela a la quimera de que los chiíes iraquíes ganados para la democracia tras la eliminación de Sadam iban a ser un factor de liberalización del país vecino, el Irán chií, y ayudarían a preparar la caída del régimen de los mulás. Todo lo contrario: Teherán se apresuró a sacar partido del atolladero estadounidense en Irak, utiliza sus propias redes chiíes en dicho país para hacer más frágil la base que sostiene al Gobierno respaldado por Washington y utiliza la situación como arma de negociación en el asunto nuclear.

En este último aspecto, Europa, que ha desempeñado un papel muy importante a la hora de remitir el problema al Consejo de Seguridad de la ONU -después de que fracasara su mediación con Irán-, se ha presentado ante los ojos del mundo como una fuerza moral ante las amenazas planetarias procedentes de un Estado imposible de controlar. Pero ahora, de repente, se encuentra en una situación delicada, porque el caso de las caricaturas la ha colocado en el banquillo de los acusados: en los medios árabes se ha dicho que la publicación de los dibujos era una infamia moral. ¿Cómo va a erigirse el Viejo Continente en juez o árbitro si, al mismo tiempo, insulta al profeta?, se preguntan los medios de comunicación.

La oportunidad de Teherán

Es una oportunidad extraordinaria para Teherán, donde la violación de la Embajada danesa ha recordado la toma de otra embajada, la de EE UU, en otoño de 1979. Al lanzarse de manera desmesurada a la defensa del islam ofendido y pretender dirigir el mundo musulmán, los líderes iraníes siguen los pasos de Jomeini, que con la fatua que condenó a muerte a Salman Rushdie el 14 de febrero de 1989 trató de salvar la imagen de su régimen, dañada por el armisticio que se había visto obligado a firmar tras la guerra Irán-Irak y por el éxito de la yihad afgana -apoyada por sus enemigos, las monarquías árabes suníes y Estados Unidos-, plasmado en la retirada del Ejército Rojo de Kabul, el 15 de febrero.

En Damasco y Beirut, el saqueo y el incendio de los edificios diplomáticos daneses responde a una lógica parecida: después de que se les haya señalado con el dedo en relación con el asesinato de Rafiq Hariri, Siria y sus aliados locales no tienen más remedio que empujar a las masas a atacar, a través de Dinamarca, a Europa y Occidente, en nombre de los valores universales de la moral y la religión; para tratar de recuperar su imagen en la comunidad de los creyentes, propugnan vengar el ultraje con el fuego purificador.

El caso palestino es todavía más flagrante: las dudas expresadas en Europa -principal proveedor de fondos- sobre la continuidad de la ayuda si Hamás no renuncia al objetivo de destruir Israel y a los atentados suicidas han desembocado, con el caso de las caricaturas, en el asalto a los locales de la UE (única presencia de Dinamarca allí) en Gaza. En el mundo árabe, la victoria de Hamás se ha recibido como un triunfo del rechazo a la política de Sharon para erradicar a la Autoridad Palestina. Mahmud Abbas parecía mudo ante Israel, y los electores han escogido el grito de Hamás. Paradójicamente, la retirada unilateral por los israelíes en Gaza no benefició a Abbas -que no había podido negociar nada-, mientras que Hamás sacó provecho de ella al presentarla como la consecuencia de las victorias de su yihad, incluidos los atentados.

En esta situación concreta, cuando los palestinos todavía no han formado nuevo Gobierno y la Autoridad, minada por la corrupción, parece al borde de la bancarrota fiscal, llega el asunto danés para avivar la llama. Quemar la bandera y la efigie del primer ministro de Dinamarca es rechazar a someterse a los criterios morales y políticos que exige Europa para que continúe la ayuda, negarle el derecho a juzgar tras unas elecciones desarrolladas con arreglo a los procedimientos democráticos apadrinados por Estados Unidos. Las caricaturas han servido de catalizador de un desafío que las sobrepasa.

A través de estos ejemplos puede verse cómo una situación profundamente deteriorada -con Irak y Palestina como símbolos de la impotencia política ante la fuerza militar estadounidense, en un caso, e israelí, en el otro, mientras que Irán ha entrado en una lógica de enfrentamientos- está a merced de un incidente provocador que permite a los actores políticos promover la escalada para hacer prevalecer sus intereses concretos.

El asunto de las caricaturas, más allá de las manipulaciones de las que pueda ser objeto, ha puesto aún más de relieve la cuestión del islam en Europa, al plantear interrogantes sobre aspectos fundamentales del derecho, como ocurrió en el caso Rushdie. Existe el sentimiento de que se trata de aquel mismo conflicto entre la libertad de expresión y el castigo al blasfemo. Pero las cosas han cambiado: la prensa árabe habla estos días de la presencia de más de 15 millones de musulmanes en la UE. Unas poblaciones a las que se presenta como una comunidad de fieles amenazados en su fe, lo cual justifica la intervención salvadora de sus correligionarios en todo el mundo. Éste es el meollo de la batalla de Europa: ¿serán las poblaciones europeas de origen musulmán el vector de la democratización de sus países de origen, gracias al ejemplo de su integración y su prosperidad en unas sociedades liberales y pluralistas, o, por el contrario, acabarán siendo rehenes de quienes se empeñan en convertirlas en un caballo de Troya que agudice los antagonismos religiosos y, de esa forma, desestabilice Europa? He ahí uno de los principales desafíos políticos que se ocultan tras la agitación actual.

Boicoteo a Europa

La fatua de Jomeini estaba dirigida contra Rushdie, sus editores y sus traductores, mientras que el caso actual convierte a los daneses -y a los europeos en general- en culpables de una infamia que se supone que han sufrido todos los musulmanes. Esta aberrante incriminación se traduce en el llamamiento al boicoteo de los productos daneses -la prensa árabe está llena de anuncios que afirman que tal cadena de supermercados, tal farmacia o tal línea de productos está exenta de mercancías o componentes procedentes de Dinamarca-, y otros exigen el boicoteo a todo comercio con Europa. Esta lógica de sacrificio que utiliza el arma económica, en un momento en el que los precios del petróleo están tan altos y el mercado tan tenso, evoca el embargo petrolero (al que los dirigentes iraníes se han referido de forma explícita) durante la guerra de octubre de 1973, que obligó a Israel a interrumpir su contraofensiva militar en la ruta de El Cairo y castigó a los consumidores occidentales, sobre todo a los europeos.

Ahora bien, las manifestaciones de arrepentimiento que se exigen al Gobierno danés -que no servirían de nada, puesto que en el mundo musulmán no existe una autoridad capaz de poner fin a la escalada- contribuyen a agudizar en Europa la exasperación frente al chantaje de los fanáticos, y a alimentar actitudes de rechazo respecto a las poblaciones de origen musulmán. En Oriente Próximo, en medio del tumulto y la furia, se dejan oír algunas voces razonables que, si bien critican la publicación de las caricaturas que -al representar al profeta como un terrorista- ofenden a todos los creyentes que le consideran la encarnación suprema de las virtudes islámicas, destacan que el deterioro de la imagen del islam tiene como principales causas los atentados suicidas y las decapitaciones de rehenes en directo, actos cometidos en nombre de la yihad y el islam por los Zarqaui y compañía, y dicen también que son los musulmanes del mundo entero quienes deben desembarazarse del terrorismo que anida en sus filas para evitar que puedan caricaturizarlos en ese sentido. Pero a estas voces les resulta difícil hacerse oír entre la indignación de las muchedumbres, las manipulaciones de los Gobiernos y la demagogia de los medios de comunicación. Tiene que ser la Europa democrática la que les dé aliento y les otorgue el lugar que les corresponde. Ése es el precio necesario para que vuelva el diálogo.

Traducción de M. L. Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de febrero de 2006