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Crítica:

Definiciones del mundo

El Nobel japonés Kenzaburo Oé escribe una serie de textos breves que indagan en la condición de la vida, los compromisos con el otro, a la vez que busca respuestas.

Aunque en el texto de contraportada se califica a este libro de novela ("esperanzadora novela de sensibilidad exquisita") lo cierto es que de ningún modo se trata de una novela. Más bien deberíamos decir que es una serie de piezas cortas que tienen un denominador común; y las tales piezas son todas ellas pura indagación personal, con el autor como personaje principal y conductor del texto y su hijo discapacitado como motivo. El mismo Kenzaburo Oé (Ose, Japón, 1935) la describe sin que quepa lugar a dudas: "He trenzado mi vida con mi hijo disminuido y mis pensamientos suscitados por la lectura de William Blake en una serie de textos breves". Ese trenzado es la verdadera trama del libro. En realidad, Oé ha formado un libro con ellos en torno a la relación con su hijo, que es un tema recurrente suyo, y con ese apoyo, dice, también "he querido escribir un libro de definiciones del mundo, la sociedad y la humanidad basado en mi propia vida".

¡DESPERTAD, OH JÓVENES DE LA NUEVA ERA!

Kenzaburo Oé

Traducción de Ricardo Ogata

Seix Barral. Barcelona, 2005

304 páginas. 19 euros

Todos los textos operan de la misma manera: se centran en una anécdota de su vida con su hijo y a propósito de ella desarrolla siempre el mismo esquema. La primera anécdota habla de un cuchillo que el chico parece tomar contra su madre; esa reacción altera notablemente al autor, que se hace llamar K., y reflexiona sobre el incidente tratando de entender el verdadero sentido del aparente intento de agresión. Sus pensamientos, su esfuerzo, lo llevan a relacionar el acto con unos versos de William Blake. A partir de este hecho, su relación con la obra de Blake adquiere una nueva luz, que ilumina su vida, sus convicciones y su relación con el hijo y que le obliga a repensar su propia concepción del mundo y habla de asuntos tan importantes como la dependencia, el amor filial, el compromiso con la vida y la sociedad... Hay un momento en que un joven estudiante radicalizado le acusa de utilizar al hijo (K. está muy dedicado a él) "como justificación para no enfrentarse al tumulto de la sociedad". El reproche es falaz, pero le obliga a reconocer que "habíamos (por la familia al completo) estado prisioneros de su presencia (la del hijo disminuido) durante los últimos diez años, o si se prefiere desde los últimos veinte, desde el momento de su nacimiento".

Ciertamente, la dedicación

de K. es obsesiva. La discapacidad del hijo es para él un misterio que intenta penetrar. Está muy preocupado por lo que será de él cuando ellos, sus padres, falten, y de esta preocupación nace la extrema atención que le dedica y el interés extraordinario en descifrar su modo peculiar de relacionarse con el mundo; sin duda que quiere entenderle, ante todo, para asegurarse de su futuro, pero también entenderlo en la misma medida en que su relectura de Blake, motivada por las anécdotas o incidentes del hijo, le descubre una dimensión nueva. Esa interpenetración entre poeta e hijo es uno de los alicientes del libro.

Sin embargo, el principal instigador de su obsesión sigue siendo la preocupación por el hijo en la medida que, a diferencia de sus otros hijos, sobre éste no proyecta la convicción de que ha de desprenderse de él. A los hijos se los ama y se los ayuda a desprenderse de los padres para que hagan su propia vida, pero en este caso desprenderse se aproxima más a la idea de abandono que a la de apoyo. Su deseo de entenderle tiene todo que ver con el deseo de ayudarle a vivir solo, aunque esto último le causa zozobra e inseguridad. Y es la suma de estas tensiones la que mantiene la atención del lector.

En una de las páginas fina-l

les Oé hace referencia a un crítico que le reprocha haber "creado una metáfora a favor del universalismo, pero que no había conseguido sacarla a un espacio donde tuviera relevancia para alguien que no fuera yo (el autor)". Creo que no es vano el comentario pues, en efecto, si las historias que hilan el libro giran en torno a la vida con el hijo, es verdad que la familia queda oscurecida, apenas si se le concede otra función que la de estar presentes en los acontecimientos o participar menguadamente en ellos, lo cual es señal de que el foco de luz se vuelca sobre todo en la relación del padre con el hijo y sucede que la obsesión se convierte en una especie de diario de sí mismo que no acaba de trascender a la persona para generar un campo de interés abierto a todo lector, sino que obliga al lector a convertirse en el autor para poder interesarse verdaderamente por lo que se está contando. Dicho de otro modo: ni Oé ni su lectura de Blake logran salir de su propio campo de intereses y por momentos el relato de los acontecimientos se parece al de las batallitas del abuelo. No siempre sucede, porque Kenzaburo Oé es persona inteligente y sensible, pero sucede y cansa. Lo que distingue al buen escritor es su capacidad para seleccionar significantes de entre todo el material disponible que acude a su imaginación; Oé es un buen escritor, qué duda cabe, pero en este caso, su preocupación es tan intensa que, recreándose en contarla, no distingue bien entre lo trascendente y lo intrascendente y junto a tramos de verdadera eficacia expresiva encontramos otros muchos desgraciadamente irrelevantes. El libro es a veces diario, a veces relato y a veces interpretación literaria; cuando los tres elementos se juntan es cuando más interesa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de enero de 2006

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