Columna
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La explotación de los jóvenes por los mayores

¿Qué sucederá dentro de 20, 30 o 40 años cuando lleguen a la edad de jubilación los jóvenes que hoy están entre los 18 y los 35 años y que no tienen un empleo estable? La estabilidad permite adquirir unas habilidades profesionales y unas actitudes de disciplina y esfuerzo continuado que permiten crear una expectativa de futuro. Si estos jóvenes previamente no han podido ahorrar, ¿cómo afrontarán los 20 o 30 años adicionales que vivirán como jubilados? En todo caso, ¿vivirán mejor o peor que sus padres? No es mi intención empañar el balance económico y social del año hecho por las autoridades. Pero tengo la impresión de que vivimos con un velo de ignorancia ante algunos problemas que afectan especialmente a nuestra juventud y a su futuro.

Hacer pronósticos sobre tendencias socíales o económicas no es un arte muy de fiar. Pero es probable que tras haber visto que los hijos hemos podido vivir mejor que nuestros padres, y éstos mejor que los suyos, veamos ahora como las generaciones que nos siguen acaban viviendo peor que nosotros. Se rompería de esa forma una expectativa de mejora continuada de la calidad de vida y de movilidad social que creíamos un logro permanente de nuestras sociedades democráticas de mercado.

Contra todo pronóstico, las jornadas laborales se alargan. En muchos casos, los jóvenes necesitan complementar dos malos empleos para llegar a fin de mes. En el caso de parejas jóvenes lo normal es tener que trabajar ambos para salir adelante; pero eso significa reducir el tiempo dedicado a la atención y educación de los hijos. Por su parte, los que no viven en pareja han de compartir piso y gastos con otros en sus mismas condiciones como única forma de poder de salir de casa de los padres e independizarse; es la generación mileurista, la que se ha acostumbrado a tener que vivir con 1.000 euros al mes y, en el mejor de los casos, con un trabajo precario.

Es posible que estemos en un tiempo de transición económica y laboral, dando un paso atrás para después dar dos pasos adelante. Es posible. Pero no lo veo claro.

Mientras tanto, los jóvenes van camino de ser la nueva clase social explotada del siglo XXI, especialmente en las economías desarrolladas con un fuerte Estado de bienestar, como la nuestra. Los mayores y los gobiernos pretenden vivir a cuenta de los más jóvenes, aunque no sean conscientes de que lo están haciendo. Puede parecer una afirmación exagerada, pero unos pocos ejemplos nos harán caer en la cuenta de que estamos queriendo vivir a cuenta del futuro de nuestros jóvenes.

Comencemos por la vivienda. ¿A quién beneficia el aumento irracional del precio de la vivienda, ya sea de compra o de alquiler? O, dicho de otra manera, ¿cuál es el significado económico de ese aumento? Básicamente, es un mecanismo de transferencia de renta desde las generaciones más jóvenes a las que son mayores. Para comprenderlo, pensemos en quiénes son los que se han endeudado para pagar esos precios y quiénes son los que se benefician. Más del 70% de las familias españolas tienen su vivienda en propiedad y deshipotecada. Por tanto, no se ven perjudicadas por el aumento del valor de la vivienda, todo lo contrario; ni les va a perjudicar la más que probable subida de los tipos de interés. Estas familias están formadas por personas mayores. El otro 30% es gente joven que está pagando un alquiler o una hipoteca elevada, con el agravante de que casi todas ellas son a tipo variable; es decir, son jóvenes expuestos al riesgo de tener que aumentar esas transferencias de renta en los próximos años, aunque se frene el crecimiento de los precios y, por tanto, el valor de la vivienda hipotecada.

¿A quiénes benefician esas transferencias de renta? A los propietarios del suelo y a los de las viviendas. Todos ellos, en general, personas mayores con activos que vender o alquilar. Y, por el camino, se benefician también todos aquellos que están en medio: promotores, arquitectos, agencias inmobiliarias, inversores, notarios, registradores de la propiedad y entidades financieras que han gestionado las hipotecas. Y, especialmente, los gobiernos locales, cuya principal fuente de financiación son las plusvalías derivadas de todo el proceso de urbanización, construcción y venta de vivienda.

Los jóvenes no pagarán muchos impuestos directos, pero están pagando un importante impuesto oculto e injusto, que va implícito en el elevado precio de la vivienda que han adquirido o alquilado y en la hipoteca que están pagando.

Otro ejemplo de transferencias de renta entre jóvenes y mayores son las prejubilaciones. De forma irracional, las personas prejubiladas se van a su casa cobrando prácticamente igual que si estuviesen trabajando. ¿Quién paga esta retribución por no trabajar? La Seguridad Social y las empresas. Es decir, los que siguen trabajando, con el agravante de que muchos son jóvenes con empleo temporal y con salarios bastante inferiores a los de los prejubilados a los que están financiando. Un sistema perverso. Y podríamos seguir con otros ejemplos de transferencias implícitas de rentas de jóvenes a mayores.

Por otro lado, las políticas de los gobiernos de todo tipo están volcadas en las personas mayores. Nada que objetar, aunque probablemente no es sólo por sentido de responsabilidad y solidaridad, sino también porque los mayores son el principal mercado de votos, y dada la evolución de la esperanza de vida, son un mercado en crecimiento.

Por el contrario, los jóvenes son cada vez más un mercado de votos residual y, por tanto, contarán menos. No deja de ser sintomático que todos los partidos se pongan de acuerdo en apoyar las leyes de mejora de las condiciones de vida de los mayores, pero no ocurra lo mismo con las leyes relacionadas con los jóvenes: con su acceso a la vivienda, su formación educativa o su integración estable en el mercado laboral. Somos el país que ostenta el récord de leyes educativas (una cada cuatro años) y también de precariedad laboral de los jóvenes, y no veo perspectivas de cambio.

Visto lo visto, ¿que pasará dentro de 20 o 30 años cuando les toque jubilarse a los jóvenes que ahora estamos explotando?

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 09 de enero de 2006.

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