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Editorial:

Horario conciliar

En el repertorio de medidas de color social, el Gobierno ha recortado en una hora la jornada de los funcionarios del Estado: deberán abandonar la oficina no después de las seis de la tarde. Este programa se denomina Concilia, para expresar la intención de hacer más compatible el trabajo con la vida familiar y para acercar gradualmente nuestra jornada laboral a la europea.

La dificultad para compatibilizar la vida familiar o personal con el trabajo se ha convertido en el gran conflicto de nuestro tiempo y en la clave para determinar la calidad de vida. En España o en Italia se registra, como un mal absoluto, la relación entre la jornada laboral más larga y una productividad más corta. Se desdeñan, sin embargo, con este cálculo estricto, los provechos del tiempo derrochado en los contactos personales empotrados en una jornada cualquiera.

Todos los pronósticos de hace 30 años anunciaban un considerable aumento del ocio para el siglo XXI, lo que favorecería la vida afectiva, pero la realidad ha venido a desmentirlos. Contra el fracasado plan francés de las 35 horas se han impuesto las 50 semanales o más en los países avanzados o no avanzados, con salarios y empleos precarios. La vida familiar se ha resentido tan gravemente que cada vez un mayor porcentaje de mujeres de clase media o media alta están regresando al hogar en Alemania, Canadá o Estados Unidos. Madres que anteponen las gratificaciones de la maternidad a unos mayores ingresos sin verdaderas recompensas. Y no sólo las mujeres. También ha empezado a ensayarse la sucesión de turnos entre padre y madre para atender a los hijos y las necesidades del hogar.

El problema del tiempo libre está llamado a convertirse en un eje central entre las reivindicaciones de los trabajadores en una economía en la que cada vez más los medios de producción se confunden con el conocimiento y en la que la satisfacción personal, la motivación y el compromiso emocional con el proyecto empresarial son indispensables para la productividad de la firma. ¿Cómo no atender, por tanto, al estado de ánimo de los productores? La felicidad ha dejado de ser un asunto personal para integrarse en los presupuestos de las empresas inteligentes.

Esta corriente apenas ha empezado a cundir, pero un Gobierno atento al bienestar debería impulsarla. No será una tarea tan fácil como legislar a favor del matrimonio homosexual o contra el tabaco, pero la actitud decididamente progresista se dirime ahí, en el mismo terreno de toda la vida, en la procuración general por la vida más feliz de los ciudadanos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de enero de 2006