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COLUMNA

Por Navidad, todos más unidos

Todo un año preguntándome por qué y ya tengo la respuesta. Ha sido necesario iluminar las calles, vestir los jardines, adornar los escaparates con nacimientos para que se me limpiara la razón. Lo confieso, también para que me desapareciera el hartazgo, la ansiedad, el temperamento alterado por culpa de las obras, los atascos, el polvo, las grúas, los ruidos, la tala de los árboles, y, en fin, todas esas incomodidades de la gran metrópoli en pleno proceso de transformación que ha puesto de moda una frase tan inocente como aterradora: "Perdonen las molestias". Todo un lema para sus campañas.

El consuelo a tanta desazón me vino el otro día, mientras caminaba por Gran Vía y comprobé cómo, en pleno Callao, la estrechez de las calles nos apilaba a todos hasta el punto de no poder avanzar por culpa de... otra obra. En ese momento, entre los apretujones, la prevención por los carteristas y el agobio del atasco peatonal -una nueva y extraña modalidad alentada por nuestras autoridades-, descubrí, en mitad del frío, calor. Calor humano. Inmediatamente comprendí: lo hacen para que todos nos sintamos más unidos.

Es alta política, me dije: son soluciones de miras ambiciosas que apuestan por la integración social, racial y vecinal. Porque en el gran atasco de esta ciudad, peatonal o por carretera, todos somos, nos sentimos y nos reconocemos cada día, ya sea en el corte de O'Donnell o en los vericuetos alternativos a Princesa, más iguales. En todos esos puntos en reconstrucción de la ciudad nos damos cuenta de que nuestros gobernantes han contribuido además como nadie a cambiar hasta el lenguaje y marcar toda una era con ello. De manera sutil nos han impuesto en el habla sustitutos de aquellos términos obsoletos de los años ochenta -beautiful people, movida, canuto, pelotazo- por unos modos de expresión más modernos y evolucionados en los que sobresalen palabras como wellness, botellón, Sanchinarro, tuneladora...

A veces, he llegado a pensar que esa gran ratonera -ay, se me ha escapado ese calificativo un tanto despectivo, con el buen rollo navideño que me invade- que nos han preparado Esperanza y Alberto, la presidenta y el alcalde, a quienes siento tan cercanos en estas fechas, era una triquiñuela para aumentar nuestra fe. Porque, por más barreras que nos ponen en el camino, entran ganas de rezar y encomendarse a todos los santos hasta al más ateo. Hemos aprendido con la humildad de las Siervas de María que siempre llegaremos a tiempo a los sitios, eso sí, saliendo hora y media antes de lo habitual.

Pero no podemos reducir todo este plan simplemente a una campaña pía. No, se trata de una estrategia que intenta amparar los ámbitos más pequeños, como objetivo inicial, para después dirigirse a los colectivos más amplios. La familia, en primer lugar. Pero la de peras con peras, eh, que diría Ana.

Por ejemplo, el otro día. Me sorprendí en un atasco en la M-30 -mis preferidos sin duda, los que más juego dan desde las siete de la mañana en adelante y en los que con suerte te da tiempo a escucharte un Rigoletto- que resultó ser el caos perfecto. Había una carrera ciclista o no sé qué líos y nuestras autoridades cortaron todo el barrio y pusieron agentes bien informados en cada salida que no sabían indicarnos el camino para regresar a nuestras casas, aunque estuvieran a 100 metros.

Oye, que eran las dos de la tarde y que pasamos un día la mar de divertido aunque no pudiéramos volver. Ya lo dice Antonio Gamero: "Como fuera de casa, en ningún sitio". Dejamos el coche donde pudimos y nos fuimos a comer y al cine hasta que acabara el pedaleo. Ahora que lo recuerdo sin esa ceguera instintiva y animal que a veces te sobreviene in situ, me digo: qué unido me sentí a los míos, qué poco rencor guardo a los responsables ahora que lo veo todo más nítido y qué equivocada está mi hija cuando pide, en su carta a los Reyes Magos, "otro alcalde que no haga ponerse a mi padre como un Orco de los de El señor de los anillos".

Con este nuevo espíritu navideño he comprendido hasta el nuevo paisaje de la ciudad e incluso estoy dispuesto a apostar qué pedían Alberto y Esperanza a los magos de Oriente. Por nuestro skyline plagado de grúas, vallas y máquinas, diría que al alcalde, de pequeño, le gustaban los mecanos y que ahora de mayor ha colmado sus sueños con unos cuantos de verdad. ¿Y Esperanza? Pues me juego lo que sea a que lo que le pirraba era jugar a los médicos y que ya ella se encargaba de reducir las listas de espera entre sus amigas del colegio y suspender en el servicio a quien le daba la gana. ¿O no?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de diciembre de 2005