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Columna
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¿Qué hacías tú aquel día de 1980?

Diego A. Manrique

Estaba sonando Loquillo, entonando aquella fantasía de Sabino Méndez: "Invertiré mucha pasta', me dice mi productor / con el objeto de hacerme estrella de rock and roll; / me dice 'yo te haré rico, tú sólo has de cantar bien, / si no te pegan diez tiros en la puerta de un hotel". Me chirriaba el último verso: en 1980 ya nadie concebía que un astro del rock pudiera considerarse tan subversivo o tan detestable como para ser tiroteado. Ni Dylan, que frustró a su generación con sus volantazos musicales y su rechazo al papel de símbolo contracultural. Los Stones se enfrentaron al chantaje de los perversos Hell's Angels y sobrevivieron. Hasta los Sex Pistols, convertidos en los ingleses más odiados tras editar su abrasivo God save the Queen en pleno Jubileo de Isabel II, superaron varias tanganas callejeras.

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Matar a Lennon... no tenía ni pies ni cabeza. Aunque pacifista, había ejercido de rockero revolucionario en los primeros setenta y, consecuentemente, sufrió los "trucos sucios" de la Administración de Nixon, pero aquel ex presidente pasó a la infamia y Lennon fue invitado a la toma de posesión de Jimmy Carter, tras lograr la "tarjeta verde" que le permitía residir en Estados Unidos. Entre 1975 y 1980 desapareció, y mentiríamos si aseguráramos que se le echaba desesperadamente de menos: Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr sacaban discos y, aparte de Band on the run, no eran de escucha obligada. Además, durante esos cinco años brotaron movimientos tan excitantes como el punk rock, la new wave, el techno pop. Lo que sabíamos de su vida privada en el Dakota -y sólo era una fracción de aquella rara existencia pactada con Yoko Ono- le retrataba como un millonario excéntrico. Resultaba irritante, pero John nos había dado demasiado como para exigirle una militancia perpetua. Era el "tío John", bocazas tolerado, propenso a irse a los extremos, pero finalmente uno de los nuestros: compraba piratas de los Beatles, trataba con algunos periodistas y radiofonistas, firmaba autógrafos si le reconocían en la calle.

Según se revelaban detalles del asesino, incredulidad total. Aquel imbécil lo explicaba como un castigo a la disonancia entre lo que Lennon predicó y su actual estilo de vida. Más absurdo: Mark Chapman había transferido su devoción a Todd Rundgren, músico talentoso, pero sin vocación de liderazgo social, que en 1974 había tenido una gresca epistolar con Lennon en el semanario Melody Maker, tras lanzarle acusaciones similares. Además, ¿qué tenía que ver allí El guardián entre el centeno? Y entonces lo entendimos, muy a nuestro pesar. Que la pasión por el rock también produce monstruos. Que en este mundo nada nos garantiza justicia o lógica. Como avisaron los Stones en Gime shelter, el horror nos aguarda a la vuelta de la esquina: "La violación, el asesinato, están a un tiro de distancia". En realidad, aquel día de 1980 fueron cinco.

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