Columna
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Ficciones

Miércoles, 19 de octubre de 2005. Desde una habitación del centro psiquiátrico OberHausen de Dusseldorf, Liselotte Norman, una mujer rubia y delgada, de no más de sesenta años, mira con vaguedad la lluvia, el paisaje que se extiende verde y suave ante sus ojos. La trajeron esa misma mañana. Tras un lento peregrinaje por el hospital psiquiátrico de Santa Brígida y el Hospital Insular de Gran Canaria, su demencia la devolvía de nuevo a su país, al lugar de donde había salido diez años antes con el propósito de encontrar una vida mejor. Sin embargo, la vida tampoco estaba allí, junto a la Playa del Inglés, en el completo turístico Los Porches, en San Bartolomé de Tirajana, al sur de la isla. Liselotte regentó durante aquellos años un bar de la zona, desparramó su soledad por el chalet que tenía alquilado, el bungaló número 9 de la parcela H, y paseó diariamente a su perro por las calles cercanas. Hasta el día en que los vecinos descubrieron en ella aquel principio de locura, su sospechosa relación con Rocher Dimitri, el inquilino de la parcela aledaña, su afición al alcohol y, sobre todo, sus obsesivas visiones, su insistencia en los muertos, su lacerante modo de contar que el jardín de su casa estaba lleno de cadáveres, de restos humanos.

Jueves, 20 de octubre de 2005. Tres operarios municipales de San Bartolomé de Tirajana realizan una canalización para el riego automático en el bungaló número 9. Trazan una zanja desde la zona del contador en dirección a la casa. Al llegar a la puerta, se detienen. Encuentran algo. Cavan con más intensidad y hallan fragmentos humanos repartidos en dos bolsas, una con huesos y otra con parte de un cráneo. Pocas horas después, dos agentes de la Policía Científica, custodiados por hombres del Cuerpo Nacional de Policía, acordonan la zona.

Jueves, 27 de octubre de 2005. Mientras usted lee esta columna, una pala excavadora remueve la tierra del jardín del chalet de Los Porches, al sur de Gran Canaria. Desde una ventana del psiquiátrico OberHausen, ella mira el paisaje. El argumento está servido. La realidad desplaza a la ficción. La vida es pura novela.

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