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BARCELONA MUSEO SECRETO

'Il cupolone'

Una de mis canciones preferidas es una perezosa salmodia, o por decirlo con términos más positivos, una deliciosa balada jazzy, con buen ritmo y melodía reiterativa, que dura casi 17 minutos y se me hace corta. Highlands. Cuando la iban a grabar para el disco Time out of mind, el productor le preguntó al autor, Bob Dylan: "¿No tienes una versión más corta?". Dylan le respondió: "Ésta es la versión corta". Y da toda la impresión de que aún podría haberle añadido 100 o 200 versos más; es un artista bendecido con el don de la facilidad.

Escribió Highlands hace unos pocos años, en vísperas de someterse a una operación quirúrgica muy delicada, y la canción rezuma la angustia y la amargura de quien teme despedirse del mundo, un mundo, por otra parte, cada día más incomprensible y más feo.

A Dylan le gustaría escaparse a las Highlands, las Tierras Altas escocesas; asegura que no hay otro sitio en el mundo que valga la pena, y que piensa ir en cuanto se reponga. De hecho, repite el estribillo, su corazón ya está allí. Las primeras estrofas describen las bellezas de esa región escocesa, el lago del Cisne Negro, el transparente río Aberdeen fluyendo; continúa contando que en realidad él está en Boston y entra en una cafetería a comer algo, quizá unos huevos duros, aunque, la verdad, no tiene apetito, y la camarera le dice que, ¡ay!, no le quedan huevos duros... Las estrofas alternan escenas triviales con lapidarias sentencias de hastío existencial. Un humor incongruente, tipo Groucho Marx, atraviesa toda la cantinela, que concluye así: "Mi corazón está en Highlands/ lejos, más allá de las montañas, al amanecer/. Hay un camino que lleva allí,/ un día u otro me apañaré para encontrarlo./ Pero, mentalmente, ya estoy allí,/ y por ahora, con eso me vale". ("In my mind I'm already there/ And that's good enough for now").

Recuerdo estas y otras evasiones a sitios amenos y remotos, pero que no son más que constructos de la imaginación, fugas automáticas a estados mentales armoniosos y placenteros, cuando subo Balmes por el tramo que va de la plaza de Molina a la Ronda del General Mitre, ya sea en moto, en coche o a pie; y soy todo expectativa, hasta que sobre la esquina de la acera derecha en el cruce con Mitre aparece la pequeña pero rotunda, visibilísima cúpula que tan armoniosamente corona el edificio de Balmes 368.

Se trata, por lo demás, de una casa de rentas sin mucha historia; construida a finales de los años cuarenta o, como muy tarde, a principios de los cincuenta; fachada con paramentos de ladrillo visto, sótano, cuatro tiendas en la planta baja, ocho pisos, y en el terrado, ese salón cúpula que tantos automovilistas detenidos ante el semáforo observan con la boca abierta, hasta que el tipo del coche de detrás toca la bocina porque el semáforo está en verde.

Enfrente, donde las oficinas de venta de pisos, había un supermercado de las Mantequerías Leonesas. Algunos de los clientes de aquel supermercado, irritados por el hilo musical que sonaba siempre, y no sonaba precisamente Highlands, pegaban la nariz a los grandes ventanales, contemplaban la airosa cúpula dominando el vomitorium de coches, y alguno, ipso facto relajado, canturreaba: "In my mind I'm already there/ And that's good enough for now".

¿Y dónde estabas, neng? ¿En las Highlands? ¡Quita, hombre, quita! ¡Estaba en Florencia, en pleno siglo XV, asistiendo al origen del Renacimiento! ¡A mí los Uffizi, los jardines de Boboli! Adiós, medievo. Hola, Leonardo, Miguel Ángel, Donatello, Rafael e tutti quanti...

Porque esa cúpula de Mitre-Balmes, con sus moderadas dimensiones, y su cobertura de tejas negras y su doméstica funcionalidad, es un homenaje, todo lo neurótico, apretado y pigmeo y hasta filisteo que se quiera, pero homenaje evidente, conspicuo y yo diría que intencionado, a "il cupolone", como llaman con afectuoso aumentativo los florentinos a la cúpula de Brunelleschi, aquel prodigio formal y alarde técnico que corona la catedral de Santa Maria del Fiore y que vino a arrumbar siglos de estilo gótico al baúl de los recuerdos.

"El animal", como la llamó Lloyd Wright. "La aparición", como la llaman también los florentinos, porque, en efecto, su convexa masa roja, que marca el perfil de la ciudad desde las colinas, te sale al paso al fondo de cualquier callejón del casco antiguo, como una montaña roja o un descomunal globo cautivo, resume Florencia en el momento en que sus artistas se propusieron emular y superar a los maestros de la antigua Grecia y la antigua Roma. Ves la cúpula coronando majestuosamente el cruce de Balmes-Mitre y te aerotransportas en un nanosegundo a la divina ciudad del Arno.

Aunque hoy día se levantan cúpulas infinitamente más complejas, en nuestras escuelas de arquitectura se sigue estudiando aquella forma, toda ella equilibrio, precisión, grandeza y ligereza. Por eso se vende como churros el ensayo monográfico de Giovanni Fanelli y Michele Fanelli La cúpula de Brunelleschi (Editorial la Mandrágora). En sus páginas profusamente ilustradas hemos visto una reproducción de la máscara mortuoria del genial arquitecto (que, por cierto, físicamente se parecía bastante al conocido político local Duran i Lleida). Incluso en esa efigie dramática y postrera el arquitecto exhibe una sonrisa pícara y una red de arruguillas en torno a las comisuras de ojos y boca, las arrugas que imprime en el rostro el hábito de reír.

Una aguda ironía era, en efecto, uno de los rasgos más destacados de su carácter, según cuenta Vasari en su famoso libro (Editorial Cátedra). Parece que era también un hombre obstinado, tenaz, de carácter "terrible", y que era asombrosa su capacidad para resolver intuitivamente los más complejos principios abstractos. Tenía el don de la facilidad. Su cúpula, con todas sus maravillosas impregnaciones artísticas, figura en lugar destacado en el secreto museo de reproducciones de Barcelona.

museosecreto@hotmail.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de octubre de 2005